Lesli Nicaragua
  •   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • elnuevodiario.com.ni

Aquella magnífica crónica del maestro Horacio Ruiz, Ensayo del juicio final, comienza con una afirmación tan categórica como bíblica: “No hubo un ángel que le avisara a nadie”. Publicada meses después del terremoto, en ella salta a la vista un febril uso del lenguaje emotivo y un manejo de datos y percepciones muy certero. Pero el periodista no tenía todas las razones de su lado.

En realidad, sí hubo un ángel que avisó la tragedia. Se llamaba Carlos Santos Berroterán, un hombre con una aguzada inteligencia y capacidad en temas de construcción, y, a juicio de muchos que lo conocieron, el mejor ingeniero del país. Así lo atestiguan sus obras verticales que no sucumbieron a las mecidas infernales del sismo.

Berroterán había nacido en Chontales en 1923. Se graduó con honores en 1948 y, exiliado, estudió una maestría en Estados Unidos. Luego de trabajar en varios países del istmo y Sudamérica, regresó al país, y se forjó un nombre sólido y una admiración enorme por sus trabajos bien edificados, con toda la amplitud de la frase.

Físicamente era un tipo alto y corpóreo. Cara angulosa y nariz grande y bien formada, y unos ojillos oscuros, pero sondeables y chicos. Amistoso en su trato, según me contó un periodista viejo que lo conoció, pero serio en su profesión. Estudioso de la geología, se preocupó mucho por la de Managua, porque sabía, con datos científicos en mano, que el ciclo de ocurrencia sísmica para la capital marcaba su fin entre 1970 y 1972.

El microterremoto ocurrido en Mateare en enero de 1971 le dio mayor certeza de que Managua pronto se vería sacudida irremediablemente por la ira de la tierra. Así que buscó datos con mayor fervor, y para mediados de 1972, Berroterán ya había colectado informes de sequía y clima en Managua, y concluyó que después de una inusual aridez y un aumento de la temperatura, se produjeron seísmos de gran envergadura en la capital.

Muchos no le creyeron. Pero aun así no se cansó de advertir a los capitalinos que pronto ocurriría un terremoto. Los aires fríos y los cánticos, juntos a la juguetona luminosidad de diciembre, se tragaron con su estrépito los avisos de calamidad. Pocos le tomaron la palabra, y la duermevela de sus noches las acompañaron con mecanismos de avisos y alacenas llenas.

Otros tomaron la premonición con cierta cautela, pero sin una concreta seguridad. Entre ellos el periodista Pedro Joaquín Chamorro, quien le prometió publicar en su diario los análisis de las estadísticas de sequía y temperatura. Pero el movimiento de 6.2 grados Richter que detuvo para siempre el reloj de la catedral a las 12:27 no le dio tiempo, ni se lo daría después. La capital desaparecería bajo esa vibración terráquea destructora por siempre jamás. Hoy lo que hay es un espejismo, un pueblo que sigue postrado cuarenta años después.

Aunque ahí no termina la historia del ángel avisador. En 2001, poco antes de morir, en un acto oficiado en la UNI en el cual se le concedió el Doctorado Honoris Causa, el ingeniero Berroterán explicó que pronto ocurriría un terremoto más considerable que el de 1972. “Será la madre de todos los terremotos y ojalá esté vivo para verlo. Podría ocurrir dentro de unos diez años debido a que los periodos de retorno para este tipo de desastres en Managua está entre 40 y 42 años”, dijo esa vez.

Lamentablemente murió el 8 de septiembre de 2001. Y con él, la gran esperanza de que alguien pueda ver aquella rojiza aura sísmica que precede a un terremoto. Entonces sí, no habrá un ángel que avise la desgracia por venir, como sí lo tuvieron los managuas aquel funesto, incipiente y eterno 23 diciembre de 1972.

 

* Periodista y escritor.