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A la memoria de Pedro Cuadra Morales.

 

Hay un lugar desde donde, dicen, se puede tocar el cielo con la punta de los dedos. Es un lugar pequeño y rural de la antigua República Socialista de Yugoslavia, donde en el verano de 1981 la “Bienaventurada Virgen María” se les apareció por primera vez a seis jóvenes entre 10 y 17 años de edad. Ese lugar, llamado Medjugorje y ubicado en la empobrecida Herzegovina, ha sido desde entonces destino de miles de peregrinos de todas partes del mundo, de diversas razas, religiones y clases sociales, que buscan la respuesta que el mundo no puede dar.

El viaje no es precisamente cómodo, ni es Medjugorje una aldea próspera o turísticamente atractiva, pero su oferta es tan seductora que bien valen las incomodidades del viaje por tierra y aire y durante la estadía. Cuentan que el fenómeno se empezó a gestar años antes de las apariciones propiamente dichas, cuando en 1969 se erigió la parroquia católica del pueblo, cuya capacidad para albergar a un millar de fieles resultó fuera de proporción con el tamaño de la población de 400 habitantes. Los franciscanos y los pobladores le reclamaron al arquitecto por el tamaño monumental de la iglesia, pero este siempre afirmó que había visto en sueños cómo algún día el edificio resultaría pequeño.

Once años más tarde, los sueños de este arquitecto se empezaron a hacer realidad. En este país comunista y marcadamente musulmán empezó a acontecer el fenómeno mariano que continúa al día de hoy. Los seis jóvenes –Vicka, Mirjana, Ivanka, Marija, Ivan y Jakov–, todos ahora casados y con hijos, empezaron a vivir lo que muchos han denominado la continuación de una serie de apariciones marianas como las de Fátima y Garabandal, una muestra más de la irrupción de la dimensión divina en el mundo material crecientemente frívolo, lleno de injusticias y alejado de Dios.

Las apariciones diarias de la Virgen María a estos jóvenes y sus éxtasis ante la presencia de un creciente número de personas, provenientes en un inicio de pueblos vecinos y más tarde de lugares cada vez más lejanos, se traducen en mensajes de reflexión para el hombre, para el reconocimiento de su debilidad, su conversión hacia Dios y a los valores realmente cristianos.

No son pocos los críticos y detractores que ven en este fenómeno una forma de locura, histeria colectiva, fraude o, incluso, apostasía. El hecho que haya ocurrido en un país comunista expuso a los seis protagonistas a cientos de análisis siquiátricos y multidisciplinarios realizados por el gobierno y, posteriormente, también por profesionales de varios países. Las pruebas hechas durante las apariciones, su insensibilidad al calor y a otros estímulos y los estudios clínicos dan fe de la sanidad mental de los videntes y de la veracidad de los éxtasis que experimentan simultáneamente durante las apariciones.

La Iglesia católica lleva años analizando el fenómeno y los milagros de toda índole que se han suscitado en el lugar, sin aún haberse pronunciado definitivamente al respecto. Lo creamos o no, el fenómeno sigue allí, como esas experiencias bíblicas sucediendo en tiempos modernos. Y como ha ocurrido a través de la historia, Dios nos da libertad de aceptarlos o desecharlos. La ventaja de quienes creen en el fenómeno y sus mensajes es que en ellos pueden encontrar la base para una verdadera transformación. Dicen que no es necesario viajar hasta Medjugorje, ya que los mensajes llegan a todas partes del mundo, pero en lo personal me encantaría hacer ese peregrinaje.

 

* Comunicadora.