Jorge Eduardo Arellano
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A Nicaragua no hay que explicarle los estragos de la violencia, sobre todo cuando esa violencia es gestionada desde intereses del poder político, y al final, las personas que la ejecutan ponen la carne y la sangre, y después nada, mientras otros se llevan la ganancia de esa nada.

A Nicaragua no hay que decirle el tiempo que cuesta recuperarse de la memoria propia convertida en herida abierta cuando es un hijo tuyo o una hija la víctima de esa violencia, y entonces se te olvida todito por lo que era su lucha o te cegás para no caer en la tentación de decirte que murió por nada. A Nicaragua no hay que advertirle lo que cuesta recuperarse de la memoria del dolor, porque nunca se recupera del todo.

A Nicaragua no hay que describirle lo que se siente al perder la paz, lo que significa estar y no estar, vivir y no vivir, a causa del miedo atroz que siempre está del lado de las noches, de la inquietud del si volverán o no volverán, de la pregunta sobre de dónde vendrá la primera piedra.

A Nicaragua no hay que recordarle la discusión de la primera piedra, porque cuando el inocente caiga muerto, nunca nadie se pondrá de acuerdo sobre quién la lanzó después del tumulto, y aunque se sepa, ahí están los jueces para que no le toquen.

A Nicaragua no hay que señalarle a un niño cuando llora por la misma brutalidad de la violencia que ve en las pantallas de televisión o en directo, en su misma calle, en su misma casa. A Nicaragua le asusta el grito, y el ruido incomparable de la violencia le inunda los ojos como a un niño.

A Nicaragua no es necesario anunciarle lo fácil que corre la pólvora de las palabras; lo fácil que es concebir la historia para que odiés a tu vecino a muerte, y lanzarte a la calle con la excusa de cualquier ideología abaratada por intereses de otro tipo, ya fuera financiero o caudillista, mesiánico o comercial, a derecha y a izquierda que nunca, nunca, nunca arrojaron algo bueno y perdurable.

A Nicaragua no hay que enseñarle que la lucha de clases no existe, porque no ha existido nunca, porque de lo que se trata en el fondo es de una lucha de poder, y ese invento de políticos y filósofos trasnochados es una asquerosa mentira para justificar una violencia que al final se convierte mayoritariamente en la de pobres contra pobres.

A Nicaragua no hay que leerle las palabras de la concordia, porque la paz y la reconciliación ya existían antes de que las pusieran en pancartas.

A Nicaragua no hace falta hacerle saber quiénes son los que están detrás de todos estos asuntos. Él, ella, el otro, la otra, aquél también. Esos que siempre han estado detrás y seguirán estando, con una idea de Nicaragua que siempre se da de bruces con la realidad que vive nuestra gente, la que no cambia. Dichosa y desafortunada Nicaragua que no cambia.

Pero a Nicaragua no hay que compadecerla, diciéndole que sufre de la misma pobreza. Quien sufre no necesita que venga nadie a decírselo, ni un consultor que le explique los múltiples factores que intervienen en su pobreza. Ni alguien que le venga con promesas y prebendas a cambio de un voto.

A Nicaragua no hay que prenderle fuego. Ya está encendida. Nicaragua, yo no lo sé, ellos tampoco, pero es otra cosa. No hay que tratarla con tanta violencia, ya dio muestras de su vocación por la paz. Que se lo pregunten a las madres.

A Nicaragua no hay que recordarle su propia historia, pues la lleva en la herida de sus calles, en el espíritu de las cosas que existieron, aquellas que nos guían aún por la ciudad. Nicaragua sabe bien que “de donde fue la guerra” hay que caminar mil cuadras hacia la paz. A Nicaragua no hay que recordarle la sonrisa de un día precioso en que uno por fin se siente libre.

franciscosancho@hotmail.com