Augusto Zamora R.*
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Casi desde el principio de las culturas, clanes, tribus, pueblos y civilizaciones han incluido tributos, ofrendas y sacrificios en las celebraciones de sus dioses principales.

En un inicio, con sacrificios humanos (niños, doncellas, prisioneros). Luego sustituyendo las víctimas por animales (vacuno, caprino, ovino, porcino, cazado), que luego destazaban y comían, regadas generosamente de bebidas espirituosas.

Algunas civilizaciones —como la romana— acompañaron luego las festividades religiosas con espectáculos, convirtiendo los arcanos ritos en grandes jolgorios y bacanales.

El nacimiento de las grandes religiones modernas introdujo cambios sustantivos, pero los pueblos, pasados siglos de oscuridad, volvían poco a poco, sin saberlo, a las raíces.

No obstante, ninguna religión como la cristiana ha sido tan propicia a esos retornos.

Cada año, de un confín a otro del mundo, los cristianos, como los antiguos romanos, rinden, durante las fiestas navideñas, dolorosos tributos a los hábitos arcanos.

Al día siguiente de las festividades, los medios de comunicación nos llenan de rojo y luto. Accidentes de tráfico entre prisas y estupefacientes. Intoxicaciones por ingestas excesivas. Muertos en discotecas o calles, casi siempre con el omnipresente alcohol de por medio...

Si cambiamos de tiempo y geografía, podemos situarnos en las festividades de Ishtar o Marduk, en Mesopotamia. O en las del Sol Invicto. Quizás entre las bacantes de la antigua Grecia.

Puede que sea parte intrínseca de la naturaleza humana. Pagar tributos antes que renunciar a las fiestas germinales. Reducirlas a lo estricto religioso.

Da igual. Feliz Navidad.

 

augusto.zamora@yahoo.es