Karlos Navarro
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Durante casi todo el siglo XX, aunque con distintos matices ideológicos, la vida política de Nicaragua ha estado dominada por el signo del autoritarismo. La fusión de lo privado con lo público, el poder omnímodo, férreo, rígido, incapaz de procesar los conflictos sociales y políticos, ha sido su principal característica. La respuesta para resolver los problemas sociales ha sido la represión, el chantaje y la manipulación burda.

La posibilidad de administrar el conflicto y conducir el cambio socioeconómico de manera gradual y responsable ha quedado anulada, debido entre otras causas a que ha sido una práctica el desactivar los núcleos de violencia a través de la corrupción, es decir: favorecer a la oposición con regalías, con favoritismos.

La modernidad de las sociedades desarrolladas comenzó con la abolición de los privilegios, las prerrogativas y franquicias heredadas del sistema feudal. La revolución francesa, en uno de sus primeros actos, realizó la división de poderes con la finalidad de evitar abusos y arbitrariedades del poder personal y construir de esa forma un control institucional que frenara “los desbordes del poder”.

Aunque en las primeras constituciones de nuestra nación ya se contemplaba la división de poderes, en la realidad estas han servido solamente para favorecer los derechos de grupos de poder y no para ayudar a modernizar y dinamizar nuestra sociedad.

Para verdaderamente cambiar a la sociedad nicaragüense se necesita transformaciones en la cultura, es decir, alteraciones en los valores, en las creencias de los individuos. Ortega y Gassett pensaba que la sustancia de la historia, su meollo, no son las ideas sino lo que está debajo de ellas: las creencias. Por tal razón repetía en sus discursos que un hombre se define más por lo que cree que por lo que piensa.

Octavio Paz le dio la razón al filósofo español al analizar la estructura de la sociedad mexicana. En su ensayo “Nueva España: Orfandad y legitimidad”, afirma que los mitos mexicanos aparecen y en apariencia desaparecen en los distintos períodos históricos, sin embargo, al final el mexicano cree en la Virgen de Guadalupe.

La identidad cultural proviene entonces de una conciencia de alteridad, compartida por los integrantes de la sociedad, en cuanto a poseer rasgos afines que los distingan de otras sociedades, pero más que eso la determina la actitud que tiene ante el futuro y frente al pasado. Este precepto supone que en el seno de la sociedad existen ciertas permanencias síquicas, que a través de los diversos cambios históricos permanece en una identificación de sí mismo como sujeto histórico en el tiempo.

Octavio Paz le llamó a este fenómeno superposiciones. Me explico: cada negación contiene a la sociedad negada; y la contiene, casi siempre, como presencia enmascarada, recubierta. Es decir, hay continuidad, aun dentro de la ruptura, ya que esta última no niega una prolongación secreta, persistente.

La revolución sandinista negó al régimen somocista, y a su vez trató de crear estructuras, un sistema económico, social y político que fuera diametralmente opuesto, diferente al derrocado. Sin embargo, muchos de los elementos constitutivos del régimen somocista reaparecen con un matiz ideológico diferente durante casi diez años.

Estos vicios o antivalores, igualmente se repiten durante los gobiernos de Alemán y Bolaños: subieron al poder negando al pasado sandinista, según sus palabras por ser totalitario, corrupto y vertical, pero al mismo tiempo, por paradójico que parezca, lo emularon en la práctica.

Nuestra sociedad, en su vida republicana, ha vivido entre el mito y la negación; el engaño y la ilusión: consagramos ciertos períodos históricos, olvidamos otros. Cada grupo tiene su propia versión de los hechos; hay dos imágenes de la historia, y desde luego que ambas están deformadas y obedecen, en la mayoría de los casos, a intereses mezquinos de grupos de poder político-económico. Por tal razón debemos concebir nuestra historia como una yuxtaposición de sociedades distintas que buscan una síntesis, un sincretismo cultural.

¿Cómo lograrlo? A través del diálogo y el consenso, por medio de la participación política de la sociedad y sobre todo aprender a negociar los conflictos legítimos a través de la discusión, y respetar la pluralidad de intereses divergentes que existe en nuestra sociedad.

La historia ha demostrado que detrás de la aparente apatía de los nicaragüenses en los asuntos públicos se esconde un conflicto latente que desemboca tarde o temprano en una insurrección popular que trae nuevamente el caos, la anarquía y el llanto a la población nicaragüense. Por lo tanto, para evitar conflictos y violencia hay que promover el diálogo y el consenso.

 

* Abogado e historiador.