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Los cristianos celebramos la Navidad como festividad religiosa. Significa nacimiento, el nacimiento de Jesús: Dios mismo, en la persona del Hijo, que existiendo desde la eternidad decidió hacerse hombre naciendo de la Virgen María para años después morir en la Cruz y pagar por los pecados de la humanidad, salvándonos de la muerte eterna que merecemos por nuestras culpas. ¡Dios que por amor se hace hombre para salvarnos!

A través del tiempo se han agregado diversas costumbres a la celebración de la Navidad. El materialismo nos dirige a lo superficial y mundano. Durante la Navidad se reportan ventas récords de licor, el uso de drogas aumenta y hay personas concentradas solamente en la diversión. Sin embargo, los cristianos continuamos reuniéndonos en nuestros templos para celebrar el nacimiento del Señor. Pero el materialismo que nos rodea es desenfrenado y tiende a arroyarnos.

No sabemos la fecha exacta del nacimiento de Jesús. Los primeros cristianos observaron días diferentes. En el año 354 el papa Liberio mandó celebrar el nacimiento de Cristo el 25 de diciembre porque muchos ya lo celebraban como festivo dedicado a Saturno. La explicación fue que había escogido ese día para contrarrestar la celebración pagana y cristianizar la fecha. Celebrar el nacimiento de Cristo ese día no es malo en absoluto. Es el día escogido para recordar su nacimiento. Lo importante es celebrar “que Jesús nació” y no “cuándo nació”.

En Navidad adoptamos varias costumbres que provienen de culturas europeas y norteamericanas. Algunas son nocivas, otras resultan bonitas. No debemos caer en extremos. El árbol de Navidad tiene un origen pagano, pues en algunas culturas antiguas lo adoraban. Pero si engalanamos un árbol para mostrar nuestra alegría por el nacimiento de Jesús, no tiene nada de malo, igual como ponemos otros adornos. Es el propósito con el que lo hagamos lo que determina si es aceptable ante Dios.

Santa Claus no debería formar parte de nuestra tradición navideña. Los sabios de Oriente sí son bíblicos, pero Santa Claus es una creación comercial que contrarresta a los “reyes magos” (en realidad, sabios) que trajeron regalos al niño Jesús; y lo triste y dañino es que pareciera que en Navidad celebramos a Santa Claus y no al Niño Dios. Aunque, para no ser extremistas y como algunos dicen que representa a San Nicolás, un obispo generoso que llevaba regalos a los pobres, toleremos a Santa Claus, pero sin que sustituya como personaje principal de la Navidad al Niño Jesús, y cuidemos de explicar a nuestros niños que celebramos el nacimiento de Jesús.

Además, tenemos nuestras bellas tradiciones hispanoamericanas: la novena al Niño Dios con alegres sones de pascua, posadas y pastorelas. El mejor símbolo navideño es el pesebre, ideado por San Francisco. Es educativo, inspirador, actualiza visualmente el nacimiento de Jesús y nos mueve a reverenciarlo. La nieve viene de que en diciembre nieva en Europa y EE.UU., pero aquí no tiene sentido. No causa daño, solo que resulta un poco ridículo representarla en nuestros nacimientos.

La cena es una bonita reunión familiar para celebrar el cumpleaños de Jesús y recordar a la familia de Belén. Los regalos nos recuerdan los obsequios que los sabios de Oriente le llevaron al niño. Solo que, además de un regalito a nuestros familiares y amigos, debemos darle regalos al Niño Dios, sobre todo nuestro amor, nuestra veneración, convertirlo en el centro de nuestra fiesta navideña; pero especialmente acordándonos de las imágenes vivas de Jesús, los pobres, principalmente los niños pobres. ¡La Navidad es una fiesta de amor!

 

*Abogado, periodista y escritor.

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