Jorge Eduardo Arellano
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Ella tiene ochenta y siete años, y pese a tener un cuerpo menudo y frágil, como el de una niña que ha envejecido precozmente, su corazón es fuerte como una roca y tiene muchas ganas de vivir. Nunca se enferma, y a medida que pasa el tiempo su figura se asemeja a la de Madre Teresa de Calcuta. Es su vivo retrato. Su modelo a seguir. Se llama Francisca Calderón, es mi suegra, pero desde que la conozco la he querido secretamente como una abuela, aunque nunca se lo he dicho.

Tengo veinte años de convivir con mi suegra, un récord que pocos envidian. Y, aunque no lo crean, me he acostumbrado a vivir con ella, a aguantarle su carácter, a gozar de sus ocurrencias, a aprender de su sabiduría, forjada en una taciturna soledad rural, pero sobre todo, a aprender sus lecciones de vida. Ahora más que nunca me he dado cuenta de que tener una abuela en casa es un tesoro al que hay que amar, cuidar y proteger. El que no tiene una abuela, no sabe lo que se está perdiendo. Las abuelas son como esas gitanas que leen las cartas desde lejos, pues sus ojos cansados de tanto vivir descifran las entrañas del corazón humano, y quizás por esta razón algunas sean tristes y malhumoradas, otras alegres y compasivas, pues adivinan el futuro y se resignan a los designios de lo humano y lo divino. ¿Cómo hacen? Sólo ellas saben.

Así conocí a Doña Francisca. Arisca, de férreo carácter, desconfiada, malhumorada, caprichosa, como todas las abuelas, aunque detrás de esa máscara de hierro, protectora, logré descubrir que se escondía una señora extraordinaria llena de muchos misterios. Confieso que fue difícil romper el témpano de hielo que nos separaba. Eran muros de incomprensión los que nos distanciaban. Siglos de cultura y de luz. Al comienzo, nos rechazábamos mutuamente. Cuando yo llegaba a la casa ella ya estaba dormida. Sólo coincidíamos en pequeños momentos, en algunos lugares de la casa, accidentalmente. Evitábamos las miradas directas. Las chifletas abundaban. Ella, una católica, apostólica y romana probada. Prácticamente un inventario del Vaticano. Hija de María, dama del Santísimo y otros cargos honoríficos que se me escapan. Yo, un ateo, marxista, irreverente y sin futuro, con un pie en su casa y otra en el infierno. Con una mano en el bolsillo y otra en el cuerpo de su hija. No había temas en común. El único era su tesoro más preciado: su hija. Ella no concebía cómo un joven periodista, bohemio y sin dinero pudiera arrancarle casi de sus entrañas a su hija, una hermosa y brava mujer que había sido criada en las más ortodoxas doctrinas del catolicismo. No creía que un joven tan irresponsable como yo cambiara la vida de una mujer que había sido educada en los colegios de monjas, donde la religión era el pan de cada día.

Recuerdo que en una ocasión, cuando apenas comenzaba a frecuentar su casa, ella me lanzó una de esas miradas censuradoras, mientras decía: “Hija, con este hombre no vas a ninguna parte”. En el momento que lo dijo, tuvo razón. Ella creyó que esa amenaza sería suficiente para que abandonara mis pretensiones de conquistar a su hija. Pero se equivocó. Su hija y yo nos casamos casi en secreto en Jinotepe, con la complicidad de mi cuñado y su esposa, su nuera. Fue una recepción clandestina. Ella soportó con estoicismo religioso esa decisión y nos encomendó a Dios y todos los santos que existen en el almanaque. Aunque muy dentro de su alma hubiera querido impedir aquel matrimonio. Sin embargo, no pudo evitarlo. Dios escribe los destinos de nosotros con trazos torcidos. Y ella, pese a sus esfuerzos de santidad, no podía violar los designios divinos.

Cuando llegaron los hijos, y la bohemia bajó su intensidad, doña Francisca usó una estrategia perfecta. Se acercó a mí con las armas de la religión, que es como pretender tocar al diablo con guantes de seda, y fue conociendo esa otra faceta mía. Y a través de observar su devoción y su gran religiosidad, fui conociendo esa otra faceta de mujer de inquebrantable fe y dueña de una inteligencia natural. Puedo decir que doña Francisca, y no es porque sea mi suegra, es una mujer de mucha intuición. Pese a haber aprendido con mucha dificultad a leer y escribir, es una devoradora de diarios y de cualquier libro o folleto que cae en sus manos. Claro, si es religioso, mucho mejor. Sólo le hacen falta los hábitos de monja para que tengamos a una Sor entre nosotros. Desde muy de mañana, antes que el alba asome en su ventana, ya está bañada, vestida, esperando los diarios y rezando en sus libros de oraciones para conectarse con Dios, él único que por ahora le puede quitar el sueño. Luego, se va a la iglesia y visita a sus amigas en el barrio. Ella siempre está pendiente del enfermo o del fallecido. Es una Madre Teresa de Calcuta, visitando enfermos, llevándoles sopas o caramelos, y un mensaje de esperanza.

Ahora que está a punto de dar la vuelta a los noventa, doña Francisca ha sentido una molestia en la vesícula. Un dolor leve que no la ha postrado. Todo lo contrario, desde que supo que tenía problemas biliares, reza más seguido, lee con más fruición, vive la vida con más ligereza, aunque me pregunto: ¿cuántas vidas vividas lleva? Son incontables. Mientras tanto, creo que ha comenzado a soñar con aquellos frondosos cafetales de su infancia, en la que jugaba con sus hermanos mientras su madre los llamaba para tomar el tibio de la tarde y soportar el frío de Jinotepe, su ciudad natal. Sin embargo, para nuestra fortuna, en el sueño, Dios todavía no está allí, lo que significa que tendremos a doña Francisca por muchos años más, hasta que su lección de vida y sabiduría nos seduzca para siempre.

felixnavarrete_23@yahoo.com