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Algunos reducen la Navidad a una simple fiesta de cumpleaños o a la celebración de la infancia de Jesús. No obstante, la Navidad encierra una significación más profunda, porque supone la entrada de Dios en nuestra historia; es “Dios con nosotros”. En este sentido, la Navidad no es solo recuerdo de un pasado, sino “presencia” de Dios en Jesucristo que ha habitado entre y con nosotros. Es la buena nueva de Dios.

Que esté entre y con nosotros solo puede significar que Dios ha tomado nuestra condición de fragilidad, debilidad y carencias. Así, el relato bíblico sitúa el nacimiento en un establo, que expresa las condiciones mínimas en las que Dios decide habitar asumiendo la dependencia a los procesos biológicos y al cuido de una mujer.

Dios habitando entre nosotros no es precisamente para mostrarse todopoderoso avasallando nuestro propio vivir; más bien es su gran preocupación de amor y compasión por la recuperación de la humanidad.

Estamos puestos en este mundo para realizarnos como seres humano, pero hemos comprendido mal nuestra realización, pues la hemos asumido desde la figura del poder dominante, absolutizador y de la autosuficiencia. Rechazamos nuestra condición de humanos queriendo ser dioses, lo que nos ha llevado por los caminos de la deshumanización.

Si Dios ha descendido y puesto su tienda entre nosotros (Jn. 1:14), es porque quiere mostrarnos el camino de la auténtica y plena humanización. Para ello, él mismo se convirtió en nuestro pedagogo, es decir, descendió para enseñarnos nuevamente el camino de lo totalmente humano.

El camino de Dios es el camino de Jesús. Este nos enseña en qué consiste el verdadero camino a seguir según el deseo de Dios. Jesús nace para la misión de mostrarnos a través del amor y la compasión ese caminar auténtico de nuestra humanización.

Jesús en palabras y hechos nos manifiesta el propósito de Dios; no una voluntad aplastante, sino la voluntad restauradora e integradora de todos los débiles y frágiles a quienes ha sido negada su posibilidad de realización como seres humanos (Luc. 4:16-21). Es la voluntad de Dios de visibilizar a los pequeños, a los olvidados e ignorados o rechazados en la configuración social.

La Navidad nos hace pensar que se puede vivir de otra manera, que podemos transformar las prácticas del odio, la destrucción y la vida falsa, en una práctica de afirmación de la vida, la dignidad, la solidaridad y la compasión. La Navidad interpela nuestro vivir actual, las formas de relaciones que hemos construido con los demás.

Nos invita a tomar en serio la posibilidad de vivir conforme al deseo de Dios. Deseo que no consiste en la obediencia ciega de reglas, normas o leyes religiosas, sino el deseo de que volvamos a caminar como auténticos humanos en el camino de la paz, del amor, del reconocimiento del otro y la otra; caminar sintiéndonos una comunidad de humanos que se reconocen en sus diferencias y diversidades, que respeta las identidades y procura siempre la salud de todos y todas.

La Navidad como evangelio humanizador solo podrá ser “feliz Navidad” cuando la hagamos concreta para con los que tenemos más próximos en nuestra cotidianidad. ¡Feliz Navidad!

 

*Miembro de la Sociedad Protestante Soli Deo Gloria.

sociedadprotestante@gmail.com