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En el transcurso de la historia siempre han existido seres sensibles que han soñado con el advenimiento de una época ideal, en la cual los hombres poseerán una capacidad infinita de amar y valorar a sus semejantes y, por consiguiente, al entorno natural que influye y determina la existencia misma de la humanidad.

En este venturoso paraíso los hombres serán generosos, sabios, veraces, fraternos, solidarios, sensitivos y amorosos. Serán buenos sin que medie en sus conductas amenazas infernales ni promesas celestiales. Serán —como pensaba Rousseau— fraternos por su misma naturaleza.

Sin embargo, la propuesta de notables filósofos y pensadores de construir una “Utopía” humanizada y feliz siempre ha tenido como contraparte la mala levadura que descubrió en los hombres el Lobo de Gubia de Rubén, levadura que los ha conducido a vivir maquinando formas de dominación que llegan al extremo egoísta de planear, en aras de sus nefastos intereses, la destrucción de la Tierra y de cuantos la habitan.

Ya don Quijote, en su diálogo con los cabreros, situaba la Utopía no en el futuro sino en el pasado. “Dichosa edad y siglos dichosos aquellos —decía— a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa edad sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío”. Según don Alonso Quijano, en aquella santa edad todas las cosas eran comunes. Todo era paz, amistad, amor y concordia. No había juez, “porque no había qué juzgar, ni quién fuese juzgado”.

Los cabreros, embobados y suspensos, estuvieron escuchando aquel inútil razonamiento del Caballero de la Triste Figura, del que, por cierto, nada entendieron.

La edad de oro moral siempre ha sido preocupación de notables filósofos y humanistas. Platón, cuatro siglos antes de Cristo, soñaba que su cívitas ideal derivaba del gobierno de los hombres más sabios, ecuánimes y libres de prejuicios.

Catón El Viejo proponía una moral para el pueblo romano y como censor condenaba cualquier vestigio de mentira, dolo y maldad en los que aspiraban a ser ciudadanos de Roma, pensando que así lograría expulsar la corrupción que imperaba en ese tiempo.

“O temporat o mores” (¡Qué tiempos… Qué costumbres!), se lamentaba Cicerón cien años antes de Cristo al ver la perversidad de sus contemporáneos y la vida licenciosa que llevaban. Como vemos, la moda de venerar los antivalores no es exclusiva de aquella época, el Becerro de Oro también es el dios más adorado en nuestro tiempo.

Ya en la Edad Media y Moderna varones notables como Tomás Moro, Erasmo de Rotterdam, Juan Jacobo Rousseau, Charles Fourier, Claude Saint Simon, Carlos Marx, Lenin y otros, propusieron bajo diversos enfoques la construcción de una comunidad perfecta, pero la realidad parece señalar que el destino del hombre está signado por el egoísmo, la envidia, el crimen y la muerte.

No obstante, tú, hermano Bayardo, y muchos de nosotros, seguimos soñando con terquedad en un país azul donde pueda cantarse con plena felicidad el Himno de la Alegría de Beethoven, ese canto alegre del que espera el nuevo día. Nuestra Utopía es azul porque el azul es el color de la paz y la esperanza. Nuestra Utopía es azul porque, como cantó nuestro patriarca poeta Alfonso Cortés, “un trozo de azul tiene mayor intensidad que todo el cielo”. Y, como él, sentimos que ahí, en ese trozo azul, habita toda la dicha de nuestro anhelo.

Si lo pensamos más hondo, podríamos descubrir, como lo hicieron los niños Tylil y Mytil, héroes del cuento “El pájaro azul” de Maeterlink, que la felicidad no está en otro tiempo, ni en otro lugar, ni en otros mundos; es un tesoro que todos tenemos en el corazón y en nuestra conciencia.

Si nos descubrimos felices es porque también ansiamos la felicidad de toda la humanidad.

 

*Catedrático de periodismo.