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Entre las venerables testas locales de Granada, la primera en acogerme fue don Enriquito Guzmán Bermúdez, con quien me sentaba en la acera de su casa, junto a la puerta, en la Calle Real Jalteva. Don Enriquito publicaba entonces El Monitor, un periódico pleno de noticias y referencias granadinas tanto actuales como pretéritas. Él era quizás el más consumado granadinista de su tiempo. Cuando accedió a la Presidencia de la República el doctor Lorenzo Guerrero, en sustitución interina del doctor René Schick, don Enriquito comentaba, no sin orgullo, a sus vecinos: —Granada está gobernando ¡y desde la Calle Atravesada! (Guerrero tenía su casa de habitación en esa célebre calle).

Don Enriquito era el hijo menor de su homónimo Enrique Guzmán (1843-1911), otro granadino localista y antileonés visceral. Había nacido en 1882, de acuerdo con su obituario de La Prensa el 2 de marzo de 1973; de manera que comencé a tratarlo cuando él frisaba casi en los 80 años, edad que no le impedía el fácil correr de su pluma y el despliegue de su humor, incluso en ocasionales versos festivos. De hecho, se le tenía por uno de los cronistas de la ciudad —el otro, con mayor producción, era Alejandro Barberena Pérez— y por un personaje emblemático. ¡Todo el mundo lo conocía!

A mí me hablaba mucho de su padre —cuyo Diario íntimo dio a luz, con oportunas anotaciones, en Revista Conservadora—; del primer esposo de su madre —Juan Iribarren, poeta de la guerra nacional antifilibustera—; de su tío Gustavo Guzmán, el primer novelista de Nicaragua, cronológicamente hablando; de las festividades religiosas y folclóricas de Granada; del primer obispo de la diócesis; de la catedral y de su proceso de construcción, entre otros temas. Pero, sobre todo, me ilustró acerca de la familia Arellano, muy cercana a la suya.

—Cuando di mi primera comunión —me dijo una vez— don Faustino, tu bisabuelo, me regaló un cartucho lleno de moneditas de plata.

El testamento y algunos manuscritos en verso de Iribarren terminaron en mis manos, obsequiados por don Enriquito, quien también entregó —por sugerencia mía— todos los recortes de periódicos que conservaba de su padre al investigador italiano Franco Cerutti. Pero él era conservador de cepa y se expresaba mal de Augusto C. Sandino; opinión que transcribí en este pequeño poema combativo de 1973, residiendo en Madrid: “Era un chiquitín petulante / que venía a vender frijoles / en el mercado” —me dijo.

En fin, a don Enrique Guzmán Bermúdez —de minúsculo rostro, unos seis pies de alto, huesudo y desgarbado— debo el fortalecimiento de mi amor a Granada y a sus grandes figuras históricas, entre ellas la de mi tía bisabuela Elena Arellano Chamorro. Mis frecuentes visitas a su modesta casa —donde vivía con su hermana Elvira, toda una elegante ancianita color de porcelana, siete años mayor— él las convertía en amenas e instructivas evocaciones.

En cuanto al espíritu de burla, característico de todo granadino auténtico, nada mejor que traer a colación una anécdota suya rescatada por su tocayo Enrique Alvarado Martínez. A raíz del magnicidio de Anastasio Somoza García, perpetrado por Rigoberto López Pérez, el obispo de Granada pidió un minuto de silencio por aquel, su pariente, al inicio de una reunión de Acción Católica.

—Quiero recordar en este día no al político, ni al militar —dijo monseñor Marco Antonio García y Suárez—, sino simplemente al hombre. El general, al margen de las simpatías o antipatías, era un hombre y merece respeto. Por eso pido a todos ponerse de pie para tributarle un minuto de silencio.

Los concurrentes le hicieron caso. Pero Guzmán Bermúdez, cuando todos se volvieron a sentar, levantó la mano y todo humildito, con su voz cascada y quejumbrosa, expresó:

—Monseñor: hace un momento hemos recordado a un hombre. Como usted dijo, no hemos recordado ni al militar ni al político; hemos recordado al hombre. Yo quisiera en esta ocasión sumar mi voz y pedir que se pongan de pie —e hizo señas con la mano para que se levantaran de nuevo y monseñor comenzó a levantarse, creyendo que se iba a pedir otro minuto de silencio por Somoza.

Entonces, cuando todos están de pie, el bandido de don Enriquito prosiguió: —Quiero pedir un minuto de silencio no por el político —y monseñor complacido—, ni por el patriota, ¡sino por el hombre que fue Rigoberto López Pérez!

Al obispo casi le dio un infarto y lo único que se le ocurrió decir fue: —Se cierra la sesión.

 

* Escritor e historiador.