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Corre el tiempo nuevo y el tiempo viejo queda, pero aún no aprendemos a conocernos. Nos gusta congraciarnos en el día a día, creemos mantener las cosas interiores muy bien, como que no pasa nada, y lo mejor (con la voz de nuestros intereses) a buen resguardo, por ello no necesitamos examinarnos. Qué va. Lo cierto es que, una parte de la verdad (que nos cuesta declarar) es que convivimos con todos los miedos de un perdedor, y para guardar las apariencias nos comportamos como si nada nos importara.

Así, con esa actitud simple y ramplona, ocupamos el espacio en el que habitamos. Poco a poco, arrastrados por el mundo artificial, vamos por la calle y por el mundo buscando la etiqueta que mejor nos calza y antoja. Es que nos encanta lo fácil, y no lo que nos produce satisfacción emocional.

Es tal nuestra confusión que conocer a una persona en su dimensión humana es un evento que rechazamos. Estamos acostumbrados a observar a las personas como simples objetos porque se impone o imponemos de inmediato la etiqueta. Es decir, no respondemos a las personas, las miramos como objetos. Solo, nos interesan las reacciones y crear la dependencia.

La etiqueta surge en cualquier momento y en esta época de Navidad es más propicia. Hablamos de paz, amor y fe. Para quedar bien, y con el rostro limpio, somos todo oídos a la intimidad. ¿y por qué en la intimidad no nos escuchamos? No existe suerte que valga, es que no nos relacionamos con la familia ni con el otro, el semejante, nuestro prójimo. Aún no descubrimos ni aceptamos que la familia es hoy, la verdadera esencia de nuestra intimidad.

Cada día somos más vulnerables a convivir en intimidad. Y aunque nos dominen otras ideas y otros prejuicios, el abandono es un factor nada propositivo porque no tenemos responsabilidad colectiva. Nos cuesta aceptar que somos responsables de los problemas nuestros y de los problemas que aquejan al mundo. Peor aún si no creemos que la existencia de esos problemas nos ayudan a madurar.

Saltando de entre todas las interioridades, nos hace falta el ojo observador y perspicaz, que nos señala que si nosotros cambiamos, también cambia el mundo. De igual manera comprometamos a promover la paz que está en nosotros mismos. Qué difícil creerlo. Pongamos en cada observación esa realidad que nos invita a vivir en presente, y no cargados del pasado, que nos lastiman las viejas heridas de la vergüenza, el miedo, la ira, la impaciencia.

No continuemos sumergidos en la razón que es objeto material. Aunque parezca un contrasentido, la razón es la que nos mantiene casi siempre enfrentados y algunas veces en condición de muertos. No juzguemos, valorémonos y aceptémonos tal como somos, con toda la imperfección que emana del ocio y sus relevos. Todo lo aprendimos después del nacimiento: la envidia, la ira, la tristeza, la gula, el odio, o sea: no teníamos emociones básicas.

Cuando nacimos no teníamos pensamiento. La dependencia solo sirve en la superficialidad, en las cosas exteriores donde somos más vulnerables. Hagamos un esfuerzo por gozar y encontrar el placer, pero al relacionarnos no evadamos el dolor del otro, mi semejante, mi prójimo.

 

* Poeta y periodista.