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Al doctor Edmundo Jarquín, fiel lector

de esta columna

 

Aquellos bisontes, caballos y ciervos pintados o grabados que observé en las paredes milenarias (datados entre 35000 y 13000 años a. C.) cuando visité por primera vez con mi esposa la cueva de Altamira en Santillana del Mar (Santander, España) me hicieron recordar mientras recorría los casi trescientos metros subterráneos la relación del hombre con los animales desde los primeros estadios de la humanidad. Una relación mágico-religiosa de carácter universal, porque los animales satisfacen las necesidades humanas básicas (comida, vestido, etc.) y acompañan al hombre en cada momento de su vida, desde que nace hasta que muere, y hasta llegan a atribuirle en ciertas culturas un alma y un valor cultural. Por eso están presentes en los mitos, los ritos y los cultos como personajes con vida propia y propiedades mágicas, ajenas a su condición biológica. “Cuando el güis canta —dice nuestro pueblo— anuncia carta o visita”, y “Cuando canta la cocoroca anuncia muerte”.

Esa mentalidad supersticiosa de nuestros antepasados indígenas nos la recuerda el doctor Ernesto Miranda Garay con los agüizotes: un gato extraño trae fortuna, el aullido de un perro pronostica una enfermedad, el monótono canto de una lechuza trae mala o buena suerte según el lugar y el tiempo en que lo hace, el canto de un guas en palo seco o quemado anuncia sequía y lluvias abundantes si lo hace en árbol frondoso, el mugido de un buey tirando de la carreta o el canto de la gallina a media noche presagia la muerte de un vecino y el canto del gallo en la madrugada aleja los espantos y brujerías al instante. Es el imaginario colectivo en cuyo interior subyace todavía un cierto o pretendido temor a lo desconocido que se ha ido alimentando a lo largo de siglos de elementos supersticiosos, un substrato de profundas raíces en la humanidad. El nica lo refleja claramente en este fraseologismo: “Andar como el cadejo”.

Las artes, las ciencias, la literatura —la expresión cultural de la historia de la humanidad en sus múltiples manifestaciones— han expresado las distintas facetas del ser humano en su relación con los animales y hasta con las plantas (véase “El ruiseñor y la rosa”, de Óscar Wilde). Un vistazo al mundo de las religiones, las mitologías, la literatura, el cine, los teatros, los circos, los cómics, los juegos interactivos, los cuentos infantiles, nos muestra —como afirma el filólogo cubano Fernando Antonio Ruano Faxas— “las transformaciones físicas y sicológicas de seres humanos en animales y plantas, y de animales y plantas en seres humanos”.

(Resulta oportuno recordar aquel memorable pasaje de la Divina comedia de Dante, en el canto vigésimo quinto, cuando en la séptima fosa del Infierno un condenado y una serpiente logran “cambiarse y metamorfosearse” sus naturalezas respectivas). Por eso se habla metafóricamente de “lengua viperina” o “serpentina” (característica atribuida a ese reptil) para referirse a una ‘persona mordaz, murmuradora y maldiciente’; y por eso se dice también de una persona leal (virtud propia del ser humano) que tiene la “fidelidad del perro”.

A través de esa relación ancestral hombre-animal el pueblo llega a fundir (o confundir) modos de ser de ambas naturalezas y a establecer comparaciones referidas a la parte externa del cuerpo o sus rasgos físicos: “Tiene ojos de vaca loca” (saltones), “Estar como chancho de engorde” (obeso), “Estar como la nariz del perro” (helado), “Ser pico (o nariz) de lora” (tener la nariz encorvada), etc.

Más importantes todavía son los atributos “espirituales” que el hombre ha observado en los animales: virtudes y defectos, acciones nobles y repudiables, conductas ejemplares y abyectas, codicias y entregas desinteresadas. Una auténtica variedad de esencias que, personificadas en los animales, desde siempre han teñido la conducta humana, como las que aluden a la disposición del ánimo: “Estar como loras en guayabal” (platicar haciendo gran alboroto). Al carácter: “Estar como gallina comprada” (inhibido), “como picado de alacrán” (iracundo), “como pato en el agua” (en confianza). A las debilidades: “Ser araña” (marrullero), “como el camaleón” (acomodaticio), “carne de lora” (tacaño). En fin, son expresiones pintorescas y expresivas a veces insustituibles, como cuando uno se siente incómodo con las manos sucias: “Estar como mono lleno de cuita”.

 

* Escritor y lingüista.

rmatuslazo@hotmail.com