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En diciembre, el ambiente cambia… las Purísimas, la Navidad, el fin del año… son festividades especiales que reviven en nosotros sentimientos religiosos, alegres o quizá nostálgicos. Las casas, las calles, las ciudades se adornan, se iluminan; se escuchan cantos tradicionales, villancicos, esa música vieja que siempre se actualiza; nos volvemos más amables, nos unimos más, buscamos estar más cerca de la familia, nos volvemos más humanos… Nos enviamos saludos de paz, de amor, buenos deseos para el Año Nuevo; abrazos, esperanza, regalos, la Misa de Navidad, la cena, la fiesta... y de pronto ya estamos en enero frente a otra realidad. Como si saliéramos de un mundo de ensueño a otro diferente.

La mayoría festejamos en diciembre con la familia, los amigos, los compañeros de trabajo, con el vecino y con todo aquel que quiera festejar la Purísima, la Navidad y el año que termina y desearnos un año mejor. Tenemos el sentimiento de que las cosas van a cambiar y serán mejores; que se cumplirán todos nuestros deseos de salud, abundancia, paz y amor. Pero pocos, muy pocos, lo logran… ¿Por qué será que todo vuelve a obscurecerse? ¿Por qué las luces del amor y la esperanza se apagan? ¿Por qué nuestros buenos propósitos e intenciones van desapareciendo conforme pasan los meses? Hasta que llegamos otra vez a diciembre, a veces con las manos vacías, y el ciclo se repite...

Simplemente como humano diría que nuestros propósitos no son lo suficiente firmes para durarnos, que no hacemos las cosas necesarias para cumplirlos, que no nos empeñamos en ser lo mejor que nos propusimos. Que “el espíritu de Navidad” es ahogado por “el espíritu de la mundanalidad” y que los deseos de paz y amor los olvidamos por la feroz competencia y el egoísmo. Que afloran los rencores, revive la envidia y volvemos a desenvainar las espadas en la lucha por la sobrevivencia cotidiana.

Pero como cristiano diría que en Navidad recordamos el nacimiento de Jesús, sin embargo Jesús no nace realmente en nuestros corazones. Lo celebramos… y lo olvidamos. No permanece con nosotros, y ese vacío de Cristo en nuestras vidas se convierte cada año en un torbellino que se lleva la paz, el amor, la esperanza…

Todos queremos ser mejores, pero no lo logramos. Vemos los planes presentes, los futuros, lo errores cometidos, las áreas que hay que mejorar, los problemas por resolver, las barreras por derrumbar, las decepciones, el intentarlo de nuevo, ser mejor padre, mejor hijo, mejor esposo, mejor amigo, mejor en el estudio, mejor en el trabajo, mejor ser humano, mejor cristiano… ¡Todos nos proponemos cada año ser un hombre nuevo y volvemos a ser el mismo hombre viejo! Es verdad. Yo no puedo, usted no puede, nadie puede solo, por sí mismo, cambiar ni resolver sus problemas. Nuestras fuerzas, intelecto, tiempo, capacidades no son suficientes. ¡Dependemos de Dios para lograrlo!

Si en Navidad, al llegar al final del año, Jesús naciera realmente en nuestros corazones podríamos lograr ser hombres y mujeres nuevos, y con la fuerza que Dios nos da a través del Espíritu Santo alcanzaríamos nuestras metas, resolveríamos muchos problemas, poco a poco, paso a paso, sin desesperarnos. ¡Únicamente así lo lograríamos! Cuando reconocemos que solos no somos capaces, cuando nos despojamos del orgullo, de la soberbia, de la autosuficiencia, de la vanidad, de creernos capaces de todo, y postrados ante Dios reconocemos humildemente nuestra impotencia y ponemos nuestra confianza en Él… entonces sí podemos hacerlo todo, porque con Él nada es imposible.

 

* Abogado, periodista y escritor.

www.adolfomirandasáenz.blogspot.com