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MOSCÚ
El gobierno de Rusia está sentado sobre una pila gigante de efectivo que planea invertir en activos extranjeros. La semana anterior se pudo ver un atisbo de su músculo económico cuando el primer ministro de Islandia anunció que Rusia puede llegar con unos 5.000 millones de dólares para salvar su economía en problemas. ¿Quién podría haber pensado que, dado el caos que vivía Rusia en los años 1990, sólo diez años después estaría en condiciones de rescatar a un país desarrollado? Aún más sorprendente es el hecho de que la mano solidaria con Islandia aparece en un momento en que el mercado bursátil interno está en caída libre y las operaciones en la bolsa de Moscú se suspenden como cosa de todos los días.

El Kremlin piensa que ahora es el momento de comprar activos baratos y de utilizar la actual crisis financiera para surgir como un poderoso actor económico global. Como observó el primer ministro Vladimir Putin en un encuentro reciente con el CEO del banco estatal VTB, “¿Quizá deberíamos comprar algo (en el extranjero)? ¿Algo que esté disponible?” Según Arkady Dvorkovich, un colaborador económico del presidente Dmitry Medvedev, el gobierno respaldará -tanto diplomática como financieramente- la expansión de las empresas rusas en el exterior.

Después de la guerra entre Rusia y Georgia, Occidente tiene miedo de que el gobierno de Rusia utilice su efectivo no sólo con fines económicos, sino como la herramienta de una política exterior agresiva. ¿Occidente acaso debería considerar seriamente bloquear las inversiones rusas en el exterior como una manera de ejercer influencia sobre Rusia?
Intentar erigir una Cortina de Hierro en torno a los fondos y las empresas rusos resultará contraproducente. De hecho, una “invasión” de gran escala de empresas rusas sería un desarrollo positivo, porque fomentaría la interdependencia económica. Esto es válido incluso si la expansión económica está encabezada por compañías estatales y por fondos de riqueza soberanos rusos. Al invertir en activos norteamericanos y europeos, el gobierno y las elites empresariales de Rusia están comprando una participación en la economía global. Esto debería generar un mejor entendimiento mutuo y una política exterior más racional y responsable.

Paradójicamente, a pesar de los recientes embates sufridos por la bolsa rusa, Rusia sigue inundada de efectivo. El gobierno de Rusia acaba de anunciar un plan de salvataje de 130.000 millones de dólares para el sistema bancario del país; como porcentaje del PBI, esta cifra sería equivalente a aproximadamente 1,3 billón de dólares en Estados Unidos -casi el doble del plan de Paulson-. Sin embargo, incluso este paquete no ha cercenado significativamente los fondos de riqueza soberanos de Rusia ni sus reservas monetarias, que son las terceras en importancia en el mundo.

El Fondo de Reserva del gobierno, creado para proteger a la economía de una caída de los precios del petróleo, representa 140.000 millones de dólares, y el Fondo de Bienestar Nacional, cuya principal intención es la de solucionar la inminente crisis de pensiones, cuenta con otros 130.000 millones de dólares. Este último, aunque todavía no es oficialmente un “fondo de riqueza soberano”, ya está entre los 10 fondos más importantes de este tipo, compitiendo con la Agencia de Inversión de Brunei.

Un Fondo de Riqueza Soberano ruso combinado (que excluya el medio billón de dólares en reservas de moneda extranjera) rivalizaría con Temasek Holdings de Singapur (actualmente sexto en el mundo) y se ubicaría apenas detrás de China Investment Corporation. Por diseño, estos fondos están destinados a ser invertidos fuera de Rusia. Como la crisis financiera actual hizo que muchos activos occidentales resultaran baratos, hoy están al alcance del gobierno de Rusia y de las principales empresas rusas.

Las compañías estatales y privadas rusas ya han invertido profusamente en el exterior, muchas veces comprando participaciones en compañías extranjeras de envergadura. En total, las 25 empresas rusas más importantes son poseedoras de 59.000 millones de dólares en activos extranjeros y son los terceros inversores en importancia en economías emergentes, detrás de Hong Kong y Brasil. Aunque la crisis financiera haya azotado la bolsa rusa, algunas de las empresas mejor administradas se ven menos afectadas que sus contrapartes occidentales y, por lo tanto, el año próximo saldrán de compras en el mercado global.

Las inversiones extranjeras de las corporaciones rusas ya han generado un debate acalorado tanto en Estados Unidos como en Europa -incluso cuando la inversión esté en manos de una empresa privada-. La mayor controversia giró en torno de una fusión que SeverStal, el gigante del acero ruso, pretendía concretar con Arcelor, con sede en Luxemburgo. SeverStal fue rechazada en favor de Mittal Steel, y algunos analistas decían que la decisión fue tomada con argumentos políticos. Pero ninguna inversión por parte de una empresa privada rusa, hasta el momento, ha sido vetada por los gobiernos occidentales.

Sin embargo, la hostilidad hacia la inversión por parte del gobierno (y de compañías gubernamentales) de Rusia ha sido casi universal hasta hace poco. Los estrategas políticos de Estados Unidos y Europa no confían en que los gobiernos extranjeros (y sus fondos de riqueza soberanos) inviertan únicamente por motivos comerciales.

Pero la crisis financiera hace que Occidente se ponga feliz de encontrar “amigos con efectivo”. Durante su visita a Rusia en junio, el secretario del Tesoro de Estados Unidos, Henry Paulson, enfatizó en que Estados Unidos está interesado en acoger la inversión rusa, incluso la inversión de fondos de riqueza soberanos de Rusia.

Claro que el gobierno de Rusia todavía necesita establecer una estructura transparente y responsable para manejar su riqueza soberana. Si lo hace, ayudará a convencer a otros países de que la agenda del gobierno es económica, no política.

Las autoridades rusas pueden avanzar hacia ese objetivo si toman medidas iniciales para mejorar la gobernancia corporativa en las empresas estatales. En una medida sin precedentes, el gobierno reemplazó a una gran cantidad de burócratas en las juntas de estas empresas por directores independientes (incluso, entre ellos, un par de extranjeros). Si bien es improbable que los fondos de riqueza soberanos y las empresas estatales de Rusia cambien de la noche a la mañana, seguramente se volverán más transparentes y eficientes en el futuro cercano.

El beneficio clave de la inversión extranjera rusa no es económico, sino que ayuda a Rusia a convertirse en un ciudadano global. Consideremos a las elites rusas, que compran casas en Londres, esquían en los Alpes y educan a sus hijos en Suiza. Tienen demasiado que perder en un clima político enrarecido entre Rusia y Occidente. Es hora de permitir que las grandes empresas de Rusia -y su gobierno- sean accionistas en la economía mundial.

Sergei Guriev es rector de la New Economic School en Moscú. Aleh Tsyvinski es profesor de Economía en la Universidad de Yale.

Copyright: Project Syndicate, 2008.

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Traducción de Claudia Martínez