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Tuvo dos grandes amores: las mujeres y los libros. Loco enamorado, adquirió toda la producción floral de la ciudad para adornar el camino entre la casa de una niña deslumbrante —que desdeñaba sus caballerosas elegías— y la iglesia de la Merced. Ella se llamaba Elena Cuadra Downing y, a los quince años, se casó con él; había nacido en Granada el 12 de noviembre de 1893.

Enciclopedia viviente, mi abuelo disertaba horas —sin dejar de mantener el interés— sobre incontables temas de Geografía Universal. Viviendo en Barcelona, fue uno de los redactores de los temas hispanoamericanos de la enciclopedia Espasa-Calpe. Allí se especializó en heráldica medieval y sus derivados hispanoamericanos. Pero su debilidad, como todo viejo Arellano, era la literatura religiosa. Ernesto Cardenal le ha dedicado copiosas páginas en sus memorias.

Nació el 25 de abril de 1883 y sus nombres de pilas fueron Felipe María Francisco en homenaje a los jesuitas de la familia: Cardella y Crispolti, expulsados de Nicaragua dos años antes.

Mi abuelo estudió tanto en el Colegio de la Señora Francisca Berta Rivas como en el Instituto Nacional de Oriente, cuando lo dirigía don Gustavo Guzmán, y uno de sus maestros se llamaba Belisario Porras, colombiano, que sería presidente de Panamá. Luego se graduó de High School, en California. Así lo indica el sello —en tinta morada— con su nombre y dirección (1616 6th Street, Sacramento, 6, CA) estampado en uno de sus libros en inglés: The First Book in Latin. Otro, en español, era El Tártaro en los clásicos comparado con el Infierno del Dante, escrito por su lejanísimo pariente: el dominico español Manuel Arellano Raimundo.

Seis de las mujeres que lo amaron, a quienes alcancé a conocer, describían la galanura silenciosa de su porte alto y fornido. —Qué linda cara de hombre —me dijo la Evita Real en Chinandega, recordando que, sentada en butacón negro, le introducía los pies en agua caliente. La de Jinotepe me informó que siempre se aparecía caminando desde Granada, con un vaso de perfume Polvo Tres Flores. La de Nandaime, una menuda anciana morena que conservaba alguna de sus gracias, me reveló que era muy alegre y durante los paseos a la hacienda Cutirre, en las faldas del Mombacho, se erguía sobre los estribos de su mula a tocar guitarra, habilidad que le había trasmitido Alejandro Vega Matus en Masaya. La de Rivas me detalló el menú de su almuerzo: una punta de costilla, una tanela —tortilla envuelta en huevo y cuajada— y un chocolate de panecillo, agregándome que consumía un puro diario. Y la señora de Managua me indicó que tuvo una venta de libros —que importaba de España— en la Calle Candelaria. Josefana Doña se llamaba.

Realmente, ese negocio lo iniciaría en su natal Granada, según El País, periódico de la ciudad que el 14 de julio de 1922 anunciaba que su establecimiento poseía en venta obras de Creveux, Dante Alighieri, Dubin, Enseñat, Schiller, Heine, Camoens. En algo, pues, contribuyó mi abuelo a la cultura de su patria, alejado por voluntad propia —y quizá por consejos paternos— de nuestra política artera.

La de Granada, casi mi vecina, evocaba su figura con devoción inalterable. —Tenía una tienda de granos frente al mercado, junto a Sandino Bone —me informó, añadiendo: —Siempre hablaba de Historia Patria.

¿Trataría entonces —me interrogué— con un Sandino de Niquinohomo, un chico serio y de carácter que venía de Niquinohomo a vender frijoles? Es muy probable, dada nuestra pequeñez provinciana. Y tal vez le comunicaría sus experiencias colombianas (muchos Sandino se arraigaron en el valle del Cauca) y le hablaría de su amistad con poetas y personalidades de ese país, como Guillermo Valencia.

Porque la época más esplendorosa de mi abuelo fue la de Bogotá, donde fundó la Gran Librería del Mundo. Al menos, eso me contaban sus amigos que le sobrevivieron y me proporcionaron una lista de obras que distribuía, entre las cuales se hallaban la Enciclopedia Espasa y la Historia Universal por 22 profesores alemanes.

De todos esos ejemplares, apenas conservo uno como oro en paño y con anotaciones suyas: la breve historia de Estados Unidos que estudió de adolescente. Esta pequeña muestra de su formación fue la única, accidental herencia que tuve de mi abuelo, el librero.

Felipe M. Arellano Sequeira murió el 28 de octubre de 1935 en el familiar refugio solariego de Santa Rosa, casi a orillas del Gran Lago de Nicaragua. Y su última oración fue: —¡Alabado sea Jesucristo!