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Nunca en la vida sentí más miedo. Llamé al estudio del programa de radio en el que colaboraba para decir que me había quedado sin voz. Ustedes se preguntaran cómo se puede decir que uno se ha quedado sin voz, pero al final logré hacerme entender entre sollozos, sorbiendo las lágrimas. Estaba ahogado de puro miedo a la soledad. Fue el día en que ella se fue. Cuando vi despegar su avión. Era la primera amiga y novia que realmente había querido y que al irse me dejaba como sin mí.

Fue entonces cuando leí por primera vez El viejo y el mar. A ella le gustaba Hemingway, y quise leerlo también para retenerla un poco más conmigo. Pero descubrí una aventura en la que me embarqué sin esperarlo: “Era un viejo que pescaba solo en un bote en el Gulf Stream y hacía ochenta y cuatro días que no cogía un pez. En los primeros cuarenta días había tenido consigo a un muchacho. Pero después de cuarenta días sin haber pescado los padres del muchacho le habían dicho que el viejo estaba definitiva y rematadamente salao, lo cual era la peor forma de la mala suerte”.

Las coincidencias, esos milagros que la literatura y el acto de pensar hacen posible, han querido que durante estos días haya releído El viejo y el mar, y al mismo tiempo haya descubierto la valentía de Hannah Arendt mediante un recorrido por su vida a través del documental Pensar apasionadamente, que se puede encontrar en Youtube: http://www.youtube.com/watch?v=p9dmyXdnyhk

¿Qué tienen en común un viejo pescador cubano de ficción que estaba “salao” con una intelectual judía, superviviente de un campo de concentración? Aparentemente nada, salvo precisamente la valentía de descubrirse, conocerse y atreverse a amarse en la más pura soledad. No se trata de egoísmo. No. Sino de la única manera de derrotar la cobardía que hasta nos puede dejar sin voz.

La mujer judía sencillamente se puso a pensar. No se dejó llevar por el horror causado por los nazis y que sufrió en carne propia, ni por la empatía hacia su pueblo. Descubrió que el mal es mucho más banal de lo que imaginamos, precisamente porque suele ser más fácil culpar al demonio que a un hombre tan corriente como el nazi Adolf Eichmann, por ejemplo, a quien juzgaron en Jerusalén en 1961 después de atraparlo en Argentina, un caso que Arendt siguió de cerca. Muchos judíos nunca le perdonaron que optase por el análisis riguroso antes que la militancia o la repetición del pensamiento único imperante de las víctimas que, a veces, se parece tanto al de los verdugos.

Hace poco alguien me dijo que estar solo y pensar lo ponía triste. Y entonces recordé que Hannah Arendt superaba la melancolía cuando pensaba y estudiaba apasionada y profundamente. Por el miedo a la soledad, se cometen demasiadas estupideces. Pero un día te levantas, subes a la barca y piensas que esa vez irás más adentro, donde nunca antes. Algunos seres valientes de la ficción y la realidad se aparecen en forma literaria para decirnos que, a veces, la soledad (no la falta de compañía, sino la profunda sensación de lo que nos hace únicos) se convierte en un arma eficaz donde se forja un ser humano, sin la cual no sabríamos lo que podemos ser ni lo que somos, capaces de convertir el mayor de los temores en una aventura que nadie vivirá por nosotros.

 

sanchomas@gmail.com