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A Eunice Shade, escritora auténtica y original nicaragüense


¿Por qué leer? Aunque parezca una pregunta fácil de responder, entraña más bien intrínsecas y contradictorias dificultades, porque la lectura es un acto de dialécticas contradicciones, en donde se enlazan imágenes y signos; realidad y sueño; creación y pasión; y es al final una conjunción personal de emociones. Además, en las diferentes etapas de la vida la lectura tiene diversos sentidos y perspectivas. Cuando era niño, por ejemplo, la lectura iba asociada a la fantasía; en la adolescencia, me producía el extraño placer de descubrir, entender a través del otro; reforzaba mi rebeldía.

En esa época escondía los libros, no compartía lo que había aprendido con el propósito egoísta de ser y sentirme único. Leía frenéticamente todo lo que caía en mis manos, sin un plan o una guía. Pasaba días y noches enteras en éxtasis. Franz Kafka escribió: “jamás le haremos entender a un muchacho, que por la noche está metido en una historia cautivadora, que debe interrumpir su lectura y acostarse”.

Cuando el peso del tiempo cae, redescubrimos los misterios que han tenido los signos del lenguaje para nuestra vida, cómo han influido esos diversos autores para moldear nuestra vida. Emerson dijo que los libros “nos llevan a la convicción de que la naturaleza que los escribió es la misma que aquella que los lee”.

Esta rotación de perspectivas que tiene la vida, a fin de cuentas, está guiada por el azar y, al igual que el placer, tiene mil formas de hacernos sentir, de llegar a lo sublime. La buena literatura tiene el valor de trasladar al lector las emociones de la vida en toda su complejidad. Es como un milagro que se repite con singular frecuencia, y, por fortuna, no depende de la ideología, de la filosofía o de la estética o ética del autor, sino de su talento, de su capacidad de transformar esa realidad en un mundo estático, inalcanzable pero comprensible. Es un caleidoscopio de interpretaciones.

Pero en el sustrato de esa admiración hacia una buena novela, una obra de teatro o un poema, está la capacidad de transcender la muerte del autor. La inmortalidad no es otra cosa que permanecer en la memoria, en nuestra memoria; trasmutarse en una mentalidad colectiva sin perder su identidad.

Los buenos libros se distinguen de los otros porque soportan con éxito la lectura; el estilo se une a la gracia de la narración; pero sobre todo son capaces de mostrarnos la vida con una intensidad desmesurada, llena de connotaciones espirituales; además es un diálogo permanente con nuestro interior, para descubir que somos más profundos y extraños de lo que creíamos. Machado confesó: “converso con el hombre que siempre va conmigo”.

Aunque el leer consiste siempre en preferir, el día de hoy nuestros gustos están moldeados o influidos por el mercado. Y, muchas veces engañados por la publicidad, leemos obras que han sido escritas sin la espontaneidad, el cultivo y cuidado que el creador ha de poner siempre en su hacer. Estoy convencido de que la principal culpa de este fraude la tiene el escritor.

A través de mi vida he conocido a toda clase de escritores, desde el que es rebelde, con causa o sin ella, y que después cuando madura un poco y encuentra un empleo estable se vuelve conformista, hasta el que sin tener un talento (un don, lo llaman algunos) insiste en escribir y publicar con el único y desporporcionado deseo de ser famoso, conocido; ser entrevistado y salir de manera amañada en la lista de los libros más vendidos.

Algunos de ellos, para alcanzar este objetivo, realizan toda clase de trucos: desde escándalos hasta denuncias de censura o marginación, para llamar la atención. Al final en el mercado todo vale. Sin embargo, en este reino de trivialidades y sandeces no cabe la verdadera literatura, que sigue siendo una culminación, un homenaje a la palabra, al ser humano; una manifestación a la espontánea libertad y creatividad; al sentimiento, a la verdad, al sufrimiento.

La verdadera literatura es sobre todo un homenaje a la lengua, por eso Pablo Neruda, en su libro “Confieso que he vivido”, dice: “Qué buen idioma el mío, qué buena lengua heredamos de los conquistadores torvos... Salimos perdiendo... Salimos ganando... Se llevaron el oro y nos dejaron el oro... Se lo llevaron todo y nos dejaron todo... Nos dejaron las palabras”.

Y a través de ellas nuevamente hemos construido nuestro mundo, el otro mundo; para saber que no estamos solos, para pensar, para conocer a los otros, a nosotros mismos; para reír y llorar a través de una buena literatura.

 

* Historiador.

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