Carlos Pérez Llana
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La derrota de Hugo Chavez en el plebiscito está destinada a iniciar cambios importantes en América Latina.

Hasta el domingo pasado, cuando los venezolanos rechazaron la posibilidad de que Chavez fuera gobernante vitalicio, Sudamérica se dividía en tres bloques:

*El bloque populista, en su versión petro-gasífera (Venezuela, Bolivia y Ecuador), acompañado por modelos marxistas dependientes de los petrodólares (Nicaragua y Cuba);
*El bloque social demócrata (Brasil, Uruguay, Chile y Perú) y
*El bloque intermedio (Colombia, Paraguay y Argentina); los dos primeros son pro-americanos y en Buenos Aires anida una simpatía por Chávez.

Luego del triunfo del No contra Chávez, el bloque que él lidera se verá forzado a pasar a la defensiva y ya no podrá marcar su impronta en la agenda sudamericana.

En Venezuela Chávez luchará hasta el final para retener su poder; muy probablemente redoblará la apuesta, tratando de aglutinar su frente interno, fracturado a la hora de buscar el reeleccionismo perpetuo. La lectura de ricos versus pobres es insatisfactoria: no hay tantos ricos en Venezuela, en cambio sí existen muchos pobres democráticos que con dignidad rechazaron la dictadura. Ahora la gran tarea de la oposición consistirá en armar un frente democrático plural que, levantando banderas sociales, rescate la preeminencia de la ley y el equilibrio de poderes.

En Bolivia es donde más se hará sentir la derrota del chavismo. Evo Morales ensaya un indigenismo revanchista cuya lógica interna condena al país a la fractura. A Morales lo sorprende la derrota de su aliado en plena empresa reeleccionista, buscando reformar la Constitución ilegalmente. Una Bolivia aislada, enemistada con el mundo y distanciada del Brasil -su comprador natural de gas-, soñaba explotar sus riquezas con la “ayuda” de Caracas.

Además, venezolanos y cubanos le proveen a Morales la logística del poder: comunicación, custodia y asistencia militar, desplazamientos e inteligencia. Por esa razón en La Paz es donde más repercutirá el No. Si Evo Morales no razona, e insiste en su apuesta autoritaria, convertirá la fractura social del país en geográfica, consolidando las tendencias secesionistas de las regiones gasíferas y agrícolas. En ese caso el fantasma de la guerra civil puede ser algo más que una hipótesis.

En Ecuador el Presidente Correa también se encuentra abocado a la reforma constitucional. Para comprender este empeño viene al caso recordar que el populismo petrogasífero se caracteriza por el desconocimiento de las instituciones y por el reeleccionismo de sus líderes.

El apoyo de Chávez a Correa se remonta a la campaña electoral. Ecuador adoptó el modelo del “socialismo del siglo XXI” que pregona Chávez; pero Correa es más pragmático y más formado que Morales, de manera que difícilmente arriesgue su futuro en la agenda de Caracas. Cuenta con una ventaja: Ecuador puede exportar petróleo a través de sus puertos -cosa que no ocurre en la mediterránea Bolivia- ; posee una burguesía empresarial y no tiene un indigenismo fundamentalista ni una “izquierda jurásica” como la que habita en el altiplano boliviano. Por eso, es posible prever un giro al realismo en Quito y un lento distanciamiento de Chávez.

En Nicaragua y Cuba las cosas son distintas. En verdad allí gobiernan regímenes “ideológico-intensivos”, que debido a limitantes externos están ensayando una curiosa transición: del marxismo al nacionalismo-populista.

En el caso de Ortega su retorno al poder en Managua se hace por la vía democrática con una exigua mayoría y en Cuba la transición está asociada a circunstancias subjetivas: el retiro de Castro sustituído por su hermano con una base más militar que partidaria.

En ambos regímenes el apoyo de Chávez resulta vital: las divisas que en plena guerra fría Managua y sobre todo La Habana recibían de Moscú ahora provienen de los petrodólares. También, en ambos casos, la alianza triangular que ensayan con Venezuela se inscribe en un marco diplomático más complejo: la formación de una alianza antiamericana de naturaleza planetaria que suma al régimen iraní.

El bloque social demócrata tendrá su agenda más aliviada. Para Chávez y sus aliados este bloque es su enemigo natural.

El venezolano ha mantenido sonadas discrepancias con el peruano Alan García y con Michele Bachelet de Chile. Ha ventilado deliberadamente conflictos limítrofes, como el de Bolivia con Chile y el de Ecuador con Perú y ha intervenido en los asuntos internos de Santiago y Lima, por ejemplo con motivo del apoyo de Chile a la candidatura de Venezuela al Consejo de Seguridad, y en la campaña electoral peruana impulsando un candidato que compitió con Alan García.

Por último, en lo que hace al Brasil ya no será necesario el empeño de Lula para “contener” a Chávez manteniéndolo cerca, la excusa que justificaba el ingreso de Venezuela al MERCOSUR. Ahora se impone una correcta lectura para evitar la agonía final del bloque y para ello hace falta no caer en una trampa ideológica. Decididamente el chavismo no prefigura el futuro, es una proyección del pasado.

Carlos Pérez Llana, ex embajador de la Argentina en Francia, es Vicepresidente para Asuntos Internacionales de la Universidad del Siglo Veintiuno de Córdoba (Argentina) y profesor en la Universidad Torcuato Di Tella de Buenos Aires.  

Copyright: Project Syndicate, 2007.
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