Francisco Javier Bautista Lara
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“Muchos se han condenado en los claustros”, escribió Darío en su novela autobiográfica El oro de Mallorca (1914), en donde divaga sobre su vida y creencias; “sus preocupaciones religiosas no le habían abandonado”, y “lo más terrible para él era que a medida que el tiempo pasaba iba sintiendo una flojedad de fe que le inquietaba”. Cita a Riciotto Canudo: “la religión es siempre la estética de una época, o serie de épocas”, “es siempre una manifestación del Arte…”

“Religión” es distinta a “fe”. La religión asume la formalidad con dogmas y ritos, es un sistema de creencias y prácticas. Fe y espiritualidad son distintas. La fe del creyente se perfila comúnmente en una religión que le incluye (necesidad de pertenencia), pero también fuera de ella. El ser humano, aunque no sea creyente, es espiritual. ¿Es posible una espiritualidad sin Dios y sin Religión? La espiritualidad es íntima, puede alimentarse de la fe, trasciende, es sensibilidad. Las religiones son organizaciones, y como tales, expresiones del poder distribuido en su estructura.

El pensamiento religioso predominante en un entorno y época, condiciona la vida colectiva y personal, la organización social y la cultura. Lo que se cree y los ritos que se practican son inseparables de la herencia cultural. Determinan nuestra manera de comprendernos y percibir el entorno, el pasado, el presente y el futuro; de interpretar el mundo y el universo. ¿Por qué aquí la mayoría somos cristianos y no budistas o musulmanes? Simplemente porque han predominado en la historia esas y no otras religiones; han influenciado las festividades locales y nacionales; impregnan educación, legislación y cultura con la ineludible influencia global contemporánea.

Desde la doctrina cristiana la fe no es racional, es razonable, no es ilusa, no se basa en supersticiones ni ritos fantásticos, no se alimenta del espectáculo; está más allá de la razón, más allá de lo que se ve y se toca; no es posible probar. La fe eleva a la razón que no puede comprenderlo todo, sin embargo, solo la fe y la razón juntas son capaces de aproximarte a Dios.

El filósofo francés André Comte-Sponville (1952) afirma que el dogmatismo acaba convirtiéndose en oscurantismo, integrismo y fanatismo, y que no se trata de combatir la religión, sino de reivindicar la tolerancia y la libertad de creer o no creer. Reconoce que “cree que Dios no existe” porque no puede afirmar que “sabe que Dios no existe”. En “El alma del ateísmo” (2006), escribe: “Si encontráis a alguien que os diga: Yo sé que Dios no existe, no se trata de un ateo, sino de un imbécil”, y si alguien dice: “Yo sé que Dios existe”, es un imbécil que confunde su fe con el saber”. El primero es un ateo ignorante y el segundo un creyente ignorante, ni el primero puede demostrar la no existencia de Dios ni el segundo su existencia, es un asunto de fe.

El miembro de la Academia de la Lengua Francesa André Frossard (1915-1995), hijo del secretario general del Partido Comunista Francés, educado en el ateísmo, a la edad de veinte años entró a una capilla mientras esperaba a un amigo y unos minutos después, observando las luces del altar, sin comprenderlo, salió sorprendentemente como creyente católico. Su ateísmo y repentina conversión, sin influencia religiosa del entorno, fue contada en “Dios existe, yo me lo encontré” (1970).

Lo virtuoso no se suscribe a una religión exclusiva. Según Dalai Lama, “la mejor religión es la que te hace mejor persona”. Se puede ser mejor sin ninguna religión o estando en cualquiera. Hay personas ejemplares que no son creyentes y creyentes que causan grandes daños. Lo que se cree no se ve, se ve lo que hace o deja de hacer; los actos visibles y sus consecuencias demuestran la veracidad, consistencia y certeza de las creencias. El dilema no es “creer o no creer” si no ser consecuente con lo que se cree: ser y hacer.

Al terminar un año y comenzar otro, evaluamos lo andado y planteamos propósitos. Invito a ver la naturaleza de nuestras creencias, revisar su sustento, identificar lo esencial de sus manifestaciones. La fe tiene sentido cuando se expresa en hechos de caridad y compasión que nos cambian y ayudan a otros.

 

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