Jorge Eduardo Arellano
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Nicaragua es un país sorprendente: hechos y acontecimientos políticos, no tienen lógica; y, si las encuentra, solamente se da en la esfera intelectual. Asimismo, las palabras tienden a pervertirse, a transfigurarse, a adquirir otro significado, a veces contrario al de su habitual concepto: la izquierda es derecha, los revolucionarios son conservadores; y los holgazanes los que dirigen el país. Por eso se dice popularmente, para explicar esta falta de raciocinio, que el plomo flota y que el corcho se hunde.

Y, aunque ha producido intelectuales y artistas de talla mundial, uno queda pasmado al ver tanta venalidad e incompetencia de sus políticos.

Al tratar de buscar una hipótesis que explique tanta calamidad, entre las ideas y los hechos, entre lo que soñamos y lo que vivimos, entre la clase intelectual y los políticos, sólo se me ocurre una: el sentimiento de víctima, que se busca en el exterior todas las causas de nuestros males.

Se le atribuye al Fondo Monetario Internacional o al imperialismo yanqui casi todas nuestras desgracias. Miramos la paja en el ojo ajeno y no la viga del propio. Los verdaderos problemas se deben a que tenemos gobernantes ineptos y rapaces, y a un electorado desorientado, y aun peor, fanatizado.

Los gobernantes utilizan el señuelo exterior para distraer al público de su ineptitud y latrocinio. En Alemania Hitler culpó a los judíos; en Italia Mussolini a las naciones plutocráticas; en España, Franco al comunismo y la conspiración judeo-masónica; en Cuba, Fidel al imperialismo yanqui; Somoza, a los sandinista; los sandinista, a la derecha vende patria, aliada del imperialismo.

Este razonamiento enfermo sólo puede conducir a proposiciones delirantes. Y por increíble que parezca, esta reflexión es aceptada pasivamente por muchos ciudadanos. Sin embargo, según el aforismo que se atribuye a Lincoln, “no se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo”. El día de hoy hay muchos nicaragüenses desengañados de tanta falacia y mentira, y buscan las causas de nuestras desgracias, adentro, y no afuera de nuestro país.

Recuerdo que en los años noventa se publicaron una serie de libros que trataban de escudriñar el origen de nuestros infortunios, y llegaban a la conclusión, todos los autores, que hasta en la actualidad existen y persisten una serie de malestares que son origen y causa de males que, generaciones tras generaciones, gobierno tras gobierno, mantiene sumido al país en el caos y la pobreza.

¿Cuáles han sido esos males?: la re-elección presidencial, el clientelismo político, la elección de los diputados dentro de los partidos por actitudes serviles y no por la capacidad de servicio a la comunidad, la no-modernización de los partidos políticos, el personalismo, el caudillismo, el desprecio a la ley, la politización de las instituciones del Estado, etc.; es lo que ha tenido a nuestro país soterrado en la desdicha y en la ignorancia. O sea que la culpa, o gran parte de la culpa, la hemos tenido los nicaragüenses, y especialmente la clase política ignorante y parasitaria, porque no ha querido o podido modernizar a la sociedad nicaragüense; y no los organismos internaciones y el imperialismo yanqui.

Por ejemplo, ¿por qué no se ha aprobado una ley de patrimonio del Estado, de bienes del Estado, la reforma a la Ley de lo Contencioso-Administrativo, la ley de procedimiento administrativo común, etc.?, solamente por mencionar algunas leyes que podrían modernizar la Administración Pública de Nicaragua.

Simplemente, porque no es prioridad para los políticos darle a la ciudadanía derechos para poder impugnar los actos arbitrarios de la administración.

Hace algunos años el doctor Danilo Aguirre escribió en su libro la “Institucionalidad democrática”: “La causa de nuestro atraso y pobreza radica en que a lo largo de nuestra historia, a los personajes públicos y la clase política en general que nos han gobernado, le han estorbado las Instituciones Democráticas para ejercer el poder con autoritarismo y discrecionalidad, o no han creído en ellas y han tratado de sustituirlas por decisiones y regulaciones mesiánicas. Apuntamos a evidenciar que las convulsiones políticas y las guerras, igual que el subdesarrollo, son efecto o consecuencia de la ausencia de esas Instituciones Democráticas”.

Tenemos, los nicaragüenses, muy arraigado ese sentimiento victimista que busca en el exterior la causa de los problemas propios, tendencia muy humana pero muy peligrosa, contra la que Casio advierte en el Julio César de Shakespeare: “La culpa de nuestra subordinación, querido Bruto, no está en nuestras estrellas, sino en nosotros mismos”. Sentencia muy válida para los nicaragüenses.