Augusto Zamora R.*
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No hay Constitución en el mundo que no recoja derechos que, tras siglos de lucha, han ganado individuos y sociedades. El derecho a la vida, libertad, dignidad, etc. están recogidos in extenso en múltiples tratados internacionales.

No obstante, la vida cotidiana nos enseña el divorcio entre leyes y realidad. La existencia de humanos de primera y humanos de tercera y hasta humanos de octava.

Cuando la criminal invasión de Iraq por EE.UU. y sus incondicionales, centenares de miles de iraquíes fueron asesinados. Nadie pagó por ello. EE.UU. ‘indemnizaba’ con 2,500 dólares por iraquí muerto. Cada soldado suyo fallecido costaba 400,000.

Es decir, un soldado estadounidense valía 160 veces más que cualquier civil iraquí.

En todo el mundo, la desigualdad económica determina la desigualdad legal. Los ricos raramente terminan en la cárcel, reservadas para los pobres de la Tierra.

La mayoría de muertos en carreteras son pobres que viajan en precarias condiciones, en vehículos en mal estado o sobrecargados. Pobres son, también, la vasta mayoría de víctimas de la violencia social.

A mayor desigualdad económica, mayores niveles de desigualdad y desamparo legal. Ya pueden llenarse los países de leyes que, para los pobres, serán letra muerta.

Además de derechos fundamentales, hay otros menores en rango, no en importancia. Así el derecho a vivir sin ruidos indecentes, moverse en vehículos seguros o caminar sobre aceras despejadas.

Derechos y democracia económica son caras de una misma moneda: la igualdad. Acuñada en poderosos sistemas educativos.

 

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