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Si de una nota luctuosa, común y corriente, se tratara, poca atención llamaría el anuncio de la muerte de Víctor Manuel Urbina Sevilla, acaecida la madrugada del pasado 10 de enero. Tal vez sería objeto de curiosidad saber que nació en Kuskawás, departamento de Matagalpa, el 10 de marzo de 1952.

Víctor Manuel se llamaba, aunque en la cédula aparecía como Víctor Cipriano. En realidad fueron sus nombres menos conocidos. Como bien me lo explicó él, los guerrilleros no tenían en todos los lugares el mismo seudónimo; había que cambiarlos de una comarca a otra. Quien le puso “Juancito” fue el escritor de origen nicaragüense, Chuchú Martínez, en Panamá. Cuando estaba en el Frente Sur, Edén Pastora le comenzó a llamar “el humilde campesino”.

Vivía en Kuskawás con su familia, cuando a finales de 1970 llegaron los primeros guerrilleros, guiados por el campesino Jacinto Hernández, “Arnoldo”; le acompañaban Edgard Munguía Álvarez, “Ventura”; Filemón Rivera Quintero, “Macario”; Víctor Tirado López, “Ezequiel”; el jovencito Francisco Rivera Quintero, “Rubén”; Francisco Ramírez, “Eulalio”. La integración de la familia tuvo un alto costo. El régimen somocista asesinó a su padre Lázaro Urbina Orozco, a sus hermanos Pedro y Aquiles; a su sobrino Fabio Urbina Herrera.

La presencia guerrillera del FSLN se fue expandiendo en las montañas de Kuskawás, El Corozo, Los Chiles, Yaoska, Waslala, Las Vallas. También fue el inicio de la represión militar somocista, con su secuela de muertos, desaparecidos, mujeres violadas, tierra arrasada, ranchos quemados. A los 17 años, Víctor Manuel se integra para siempre a la guerrilla y se le conoce con diferentes seudónimos.

Supo del hambre, el frío y el cansancio. El constante peligro y el asedio de la guardia somocista. Participó en combates en diferentes sitios. Compartió con compañeros y compañeras que al triunfo revolucionario de 1979 se convirtieron en Comandantes de la Revolución y Comandantes Guerrilleros, en altos jefes militares del Ejército Popular Sandinista y del Ministerio del Interior; hasta un Presidente de la República: el comandante Daniel Ortega Saavedra, quien nunca lo desconoció.

A mediados de 1976, “Juancito” se encontraba en el campamento de Las Vallas, bajo la responsabilidad de Francisco Rivera Quintero, “Rubén” o “El Zorro”. Le comunicó que se encontrarían “con un señor de edad, y hay que cuidarlo”. Así conoció a Carlos Fonseca Amador, “Agatón”. Lo recuerda cuando instruyó a Claudia Chamorro, “Luisa”, para que le enseñara a leer y escribir.

Tenía presente a Carlos por su conducta fraterna, disciplinada, humilde, crítica y autocrítica. Cómo en medio de las limitaciones por sus problemas en la vista, nunca pidió privilegios. Sabía valorar al baquiano en la montaña. Decía Carlos, contaba Víctor Manuel, que era el más importante para guiarlos. Fue así que anduvo de baquiano de Carlos hasta un día antes que lo mataran, el 8 de noviembre de 1976. Él había sido enviado a una misión, en compañía de Inés Hernández, “Pedrito”.

“Juancito” viajó por diferentes países. Se incorporó al Frente Sur. Fue fundador del Ejército Popular Sandinista, alcanzó el grado de Mayor, pasó a retiro en 1990. Desde entonces sobrevivió con una modesta comidería, atendida por su familia; él mismo hacía frecuentemente de mesero. Cuántos comensales le conocieron, ignorando de quién se trataba. Fue siempre un compañero apreciado y respetado.

Ejemplo de militante sandinista, nunca se expresó con resentimientos, ni quejas, aun con la problemática de legalizar la casa donde vivía, en la que también funcionaba el pequeño restaurante. Fue uno de aquellos heroicos campesinos, de los que sobreviven, entre otros, Carlos Modesto Suárez, “Guandique”; hermano de Nelson, el legendario baquiano; Juan Ramón Ramos, “El Indio Emilio”; Estanislao García, también conocido como “El humilde campesino”; los Aguilar, no todos parientes: Sabino, Porfirio y Julio; Inés Hernández, “Pedrito”. Y campesinas como Victoria López Dávila, “Norita”.

Los últimos días de su vida, la vela y el funeral fueron una impresionante muestra de sentimientos alrededor del campesino originario de Kuskawás. En medio del duelo, “Juancito” se hubiera sentido contento, tal vez habría expresado algún comentario, con ese humor que le caracterizaba. Estuvo rodeado por los viejos compañeros del FSLN, ahora con más canas y libras, pero siempre fortalecidos en los principios del sandinismo histórico. Firmes, disciplinados, fraternos, leales, sin condicionar puestos ni prebendas, lejos del oportunismo, el servilismo y la adulación.

“Juancito” decía que el campesino se acostumbraba en el campo a la oscuridad, por eso se orientaba bien en la noche, lo que fue vital para la sobrevivencia de la guerrilla en la montaña. “Juancito, el humilde campesino”, murió en la madrugada, cuando es más oscura la noche. Sin duda no tuvo problemas para encontrar el camino a la eternidad, donde Carlos ya lo esperaba.

 

* Periodista-Historiador.

 

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