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Este nuevo año que comienza, debe apreciarse como un regalo más del Dios Omnipotente, de Él, que a pesar de distintas y múltiples fallas, con magnanimidad y para que busquemos el camino del bien, nos prolonga la existencia. La voluntad de Dios es el bien y es el patrimonio que a los humanos da, incluso toda su creación, poniéndola al servicio humano, haciéndonos a imagen y semejanza Suya; y por tal privilegio con amor compartir el beneficio exclusivo de su patrimonio.

En el bien, que es sinónimo de la porción del amor que con Su semejanza nos da, es en lo que todas sus predilectas criaturas, de una u otra manera, en mayor o menor cuantía, quizá con raras excepciones, está y ha estado la mayor falla que los humanos en nuestra existencia tenemos; pues el amor verdadero, que en el Supremo Creador se concretiza y Él da sin medida a todas y cada una de sus criaturas al nacer y casi todos al sentirlo, quedándonos con él, nos cuesta compartirlo.

La magnanimidad de Dios es absoluta, Su amor sin medida lo da por igual a sus criaturas, y las que por algunas deficiencias físicas han nacido como personas especiales, siendo también Suyas, por determinado tiempo las deja seguir viviendo como angelitos, para que con nuestra porción de amor en ellos y en todos, vayamos desarrollándonos en el mismo sentimiento, para saberlo dar y para que, librándonos de la egolatría, parte de nuestro patrimonio lo sigamos compartiendo.

De esa falla mayúscula en la vida que Dios nos ha dado, de la que buena parte todos hemos tenido, en esta nueva oportunidad que se nos da a todos, generalmente para nuestro bien, es como una voluntad del Altísimo darnos este aprovechable donativo, para poder acercarnos a Él, y ajustar nuestro comportamiento a la práctica efectiva de su primer mandamiento que es: Amar a Dios sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo.

Para practicarlo como Él ha querido, el Magisterio de La Iglesia ha denominado este año 2Ol4 como Año de la Familia, en el que, haciendo vida dicho mandamiento desde la familiaridad hogareña, podamos hacerlo extensivo a cada prójimo y a toda la colectividad y nacionalidad, trascendiendo hasta donde El Señor nos permita y nos quiera llevar, y con el amor que nos da, que es el donativo del benéfico patrimonio.

Este año nuevo, sabiendo que por su inmenso amor, siempre con nosotros está, pidamos al Señor la debida consistencia para que con decisión y humildad, siguiendo sus pasos, unidos y fortalecidos, enmarcar nuestra existencia y que al vivir todos en su amor, con su ayuda extirpar la violencia, la injusticia y la arbitrariedad, sin que tampoco haya cupo para la miseria y la maldad, porque donde Dios está, el mal nunca prevalecerá.

Nuestro Señor Jesucristo, por su inmenso amor, al ver nuestros desvíos, quiso redimirnos y venir a enseñarnos el camino, para que aquí, viviendo a plenitud, un determinado día trascendamos con Él a la eternidad. Por lo que, hermanos, vale la pena aprovechar esta nueva oportunidad. Sí, vale la pena intentarlo y conquistar así la auténtica felicidad.

Sinceramente es mi deseo para todos este Año Nuevo.

 

* Miembro de Ciudad de DIOS y Redemptor Hominis.

migdonioblandon@msn.com

 

 

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