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El matrimonio no es, para un cristiano, una simple institución social, ni mucho menos un remedio para las debilidades humanas. “Es una auténtica vocación sobrenatural; sacramento grande en Cristo y la Iglesia”, dice San Pablo, y a la vez e inseparablemente, contrato que un hombre y una mujer hacen para siempre. Signo sagrado que santifica, acción de Jesús que invita a seguirle.

Los casados están llamados a santificar su matrimonio y a santificarse en esa unión; al margen de su hogar. La vida familiar, las relaciones conyugales, el cuido y la educación de los hijos; el esfuerzo por sacar económicamente adelante a la familia, asegurarla y mejorarla. Son situaciones humanas que constituyen una comunidad social.

No se puede hablar del matrimonio sin pensar en la familia: madre, padre, hijos, abuelos, parientes… Vivimos una aguda crisis de la familia en la presente generación.

Existen matrimonios sin sólido compromiso de amor; jóvenes que toman a la ligera el amor y la entrega. Juegan con la propia felicidad; divorcios que se precipitan al primer choque con la realidad; hombres que reparten su energía y dinero en hogares dispersos; madres que encaran solas su destino porque el hombre que amaron se cansó o se marchó con otra; hijos que no crecen normales, huérfanos de padres vivos, en quienes la ausencia de cariño hace nacer resentimiento y odio contra la sociedad, de la que se vengaran más tarde en rebeldía sin causa.

Un aire de insatisfacción e inseguridad circula como corriente helada por los cuerpos y las almas de muchas parejas: ven derrumbarse la ilusión de la felicidad que unió un día sus vidas; han dejado de creer en el amor.

En este mundo que nos ha tocado vivir, tenemos el derecho y la obligación de defender el amor, y con el amor la estabilidad del hogar, que es fundamental. El papa Francisco ha pedido que este año sea el año de la familia, quiere que las familias en el mundo vivan unidas, permanezcan unidas, con el esplendor de la verdad.

El Evangelio es un mensaje para la familia de hoy. No está empolvado como los libros viejos, sino que tiene palabras y hechos para los problemas de hoy. El evangelio enseña que la base de todo es el amor.

La civilización de hoy ofrece en vano sustitutos al amor: televisión, automóviles, comodidades, viajes, entretenimientos, dinero; pero si detrás de todo esto no hay calor humano y comprensión, estas cosas no son una respuesta a los problemas de la familia ni traen felicidad.

Hay que hacer la diferencia. Un matrimonio no puede perdurar sin el esfuerzo diario de un encuentro espiritual del uno con el otro. Lo que hace falta hoy, lo que es necesario para escapar al divorcio de los corazones, es la decisión, tanto del hombre como de la mujer, de construir cada día el amor.

Los padres, tienen la responsabilidad de formar y educar a los hijos para que sean personas de paz: los padres de familia deben ser los primeros constructores de la paz. En nuestros días es cada vez más necesaria una pastoral vigorosa sobre estos temas, que llegue a impactar el corazón de cada cristiano y, en especial, de quien se prepara a formar una familia o apenas la está iniciando. Los hijos han de ser “redescubiertos” como verdadero don de Dios en el matrimonio, como criaturas que Dios confía a sus padres para que los acojan y los hagan crecer amándolos como personas.

 

* Licenciado en Comunicación Social, UCA.

alvaroruiz25@yahoo.es

 

 

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