Jorge Eduardo Arellano
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El doctor Emilio Álvarez Lejarza (25 de octubre, 1886-15 de octubre, 1969) contribuyó en mucho a consolidar mis intereses intelectuales. En 1965, cuando él tenía 79 años y yo 19, se inició nuestra amistad traducida en largas conversaciones y obsequios de impresos: libros y folletos. Yo le visitaba en su casa de la Calle Corral, donde vivía —ya dos veces viudo— con sus hermanas.

Álvarez Lejarza conocía a fondo las genealogías de las principales familias de Granada y fue el primero de los nicaragüenses en facturar la primera: sobre los Chamorro, editada en 1951 (no en vano su segunda esposa se llamó Josefa Margarita Chamorro Zelaya). Al mismo tiempo, contaba numerosas anécdotas de los personajes que admiraba, como don Fruto Chamorro, don Fernando Chamorro y el propio Emiliano, a quien había servido de consejero. O anécdotas que le habían trasmitido.

Era, pues, un autorizado representante de la tradición oral; pero había sido muchísimo más: uno de los más genuinos ideólogos del conservatismo nicaragüense, un político fogueado al servicio de su partido (reiteraba su participación en el Pacto de los Generales de 1950), un notable funcionario (sobre todo cuando dirigió nuestra Instrucción Pública) y un estudioso del Derecho (sistematizó la historia constitucional del país, elaboró una Historia del Derecho en dos tomos y dictó un Código de moral profesional para los abogados). En suma, un verdadero intelectual.

A él le apasionaba la historiografía patria y centroamericana (dedicó dos ensayos al caso de Belice), el sustrato náhuatl de nuestra habla y sus vocablos característicos, la situación actual del indio amenazado por los ladinos (me regaló autografiado su folleto sobre esta temática), la obra de teatro colonial El Güegüense (había emprendido su primera versión al español y descubierto en Catarina su manuscrito más antiguo), la economía política y, entre otros aspectos, la relación jurídica de la Iglesia en Nicaragua con el Estado.

Por algo era —como su padre Emilio Álvarez Zelaya— sumiso hijo de la Iglesia; sustentaba la compatibilidad entre la ciencia y la fe; y veía en la misma Iglesia un fundamento formidable del orden, de la justicia y la paz social. En esa línea, consideraba grandes errores del siglo XIX al liberalismo y a la filosofía positivista. También lamentaba, en algunos presidentes de los Treinta Años, la ausencia de su arraigada e ilustrada convicción católica. Pero no era adicto a la práctica de la liturgia como su hermana Pacífica Álvarez, famosa en el vecindario de la iglesia de San Francisco.

Don Emilio —como yo le llamaba— me refirió su paso por la subsecretaría de Instrucción Pública y, especialmente, su logro más relevante: la creación legal de la Jura de la Bandera a partir del 14 de septiembre de 1917. Me hablaba de José León Sandoval, uno de los gobernantes patriotas anterior a la guerra nacional antifilibustera, dueño de una hacienda de añil en Tepetate, donde en 1919 sería inaugurado el edificio del Colegio Centroamérica; de sus actuaciones en el conflicto territorial con Honduras y en el reconocimiento del gobierno de Nicaragua al de Francisco Franco, recién iniciada la guerra civil española; de sus responsabilidades en las academias de la Lengua y de Geografía e Historia.

En otra ocasión, después de acompañarle en una de sus periódicas asistencias al cine Karawala, me espetó este consejo:

—No tengás querida ni hijos fuera de matrimonio.

También don Emilio se preocupó de mis lecturas:

—No hay que devorar todo. Se corre el peligro de intoxicarse. Debes elegir aquellos autores que te enriquezcan espiritualmente e incrementen tu capacidad mental.

El 12 de enero de 1966 asistió al Salón Azul del Instituto Nacional de Oriente para escuchar mi primer recital poemático, organizado por mi entonces novia Esperanza Ramírez Parodi.

En sus últimos años conseguí que Franco Cerutti y Noel Lacayo Barreto le adquiriesen muchos títulos de su biblioteca. Cuando el doctor Álvarez Lejarza se enfermó gravemente, fui a visitarle en su habitación del hospital San Juan de Dios.

—La vida la tenemos prestada —me dijo, resignado cristianamente.

Cinco días después de su muerte escribí el obituario que me correspondía como el joven más aprovechado de su sabia y serena ancianidad. “Emilio Álvarez Lejarza: hijo de sus obras” era su título y se publicó en La Prensa el 4 de noviembre de 1969.

 

* Escritor e historiador.