Bayardo Altamirano
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Por fortuna, la sociedad confía en la ciencia y en los científicos. Ocupa el primer puesto de aceptación entre las instituciones. Sin embargo, la población solo valora positivamente aquellas opiniones científicas que reafirman sus convicciones. Escucha lo que quiere oír o se va para otros lares.

Antes de buscar culpables hay que entender por qué la población tiende a elevar creencias inciertas a la categoría de hechos irrefutables. Algunos culpan esto a la falta de educación científica en la escuela. Es parte del problema. La ciencia que explica los grandes temas de actualidad es cada vez más especializada. Requiere conocimientos que superan mucho lo que se aprende en primaria y secundaria. Pruebe con la teoría de la relatividad.

Pero aspiramos a la exactitud y sabemos que la ciencia es un camino fiable para alcanzarla. Sin embargo, esta aspiración choca con intereses, convicciones y otras motivaciones inconscientes. Las personas que conciben la naturaleza como algo intocable y sagrado perciben la modificación genética como moralmente inaceptable, sea cual sea su utilidad. Otras creencias están enraizadas en emociones incontrolables. El anuncio de una pandemia que podría causar la muerte de muchos inocentes provoca temores que se suman a la táctica del avestruz y llevan a menospreciar las advertencias de peligro y a tildar de improbable su ocurrencia.

Para reconciliar nuestras motivaciones racionales e irracionales a la hora de creer en algo, nos autoengañamos. Tratamos de encontrar razones que apoyen nuestras creencias. Si estas chocan con el consenso científico, siempre encontramos disidencias. Nos justificamos diciendo que la cuestión no está resuelta. Que es objeto de controversia. El tema del origen antropogénico del cambio climático, o de la seguridad de las vacunas, resultan buenos ejemplos.

Si la gente supiera que existen otras razones que comprometen la certeza de sus creencias, sería más prudente a la hora de defenderlas a capa y espada. No es realista pedir a los profesores de ciencias que transmitan los conocimientos adecuados para que la población entienda todos los aspectos en debate. Lo que podríamos pedirles es que logren mejorar la apreciación de los alumnos de lo que significa la noción de exactitud del conocimiento científico. El estudio de la historia de la ciencia es de gran ayuda en ese sentido, permite a los estudiantes comprender mejor las motivaciones que subyacen a sus creencias, como el método utilizado por la ciencia en la búsqueda del conocimiento.

Si logra entender cómo la visión medieval del mundo hacía que la teoría geocéntrica del sistema solar pareciera correcta, habrá dado un paso adelante para comprender que él mismo puede estar experimentando creencias falsas. Tambien la historia de la ciencia puede ayudarnos a comprender por qué el conocimiento científico se hace cada vez más exacto al paso del tiempo. Es fácil para un observador ajeno al mundo de la ciencia descalificar una conclusión que no le satisface, calificándola de discutible porque los científicos cambian de opinión.

Pero si alguien comprende que nuevas observaciones o nuevos datos pueden llevar a revisar importantes teorías, concluirá que la ciencia, no busca leyes inmutables, sino explicaciones provisionales que se revisan cuando se encuentran datos mejores. De Newton a Einstein. Entenderá que la disponibilidad de los científicos a cambiar sus creencias para adecuarlas con los nuevos datos no es debilidad sino una gran fortaleza. La ciencia no trabaja por la verdad definitiva, sino reduciendo gradualmente la incertidumbre.

Esta aproximación crítica, no es la única manera de entender nuestras relaciones con el mundo que nos rodea, pero constituye una vía más precisa que la que propone la religión y el fundamentalismo político.

 

* Docente, UNAN-Managua.