Jorge Eduardo Arellano
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La campaña para las elecciones municipales del 9 de noviembre próximo está llena de singularidades, lo cual no las hace mejores. Y, por lo tanto, tampoco son dignas de elogio, pues es imposible elogiarlas si ya están siendo observadas como las peores elecciones que han sido en nuestro país después de que el doctor Mariano Fiallos Oyanguren dejara de presidir el Consejo Supremo Electoral. El actual CSE sigue huérfano de crédito.

La primera singularidad la introdujo el danielismo, cuando obligó a sus candidatos a no comunicarse personalmente con el público por medio de entrevistas en televisión, periódicos, participación en foros y mesas redondas, etcétera. Un contrasentido, algo inverosímil en cualquier parte del mundo, porque en estos tiempos un candidato no se hace conocido ni aceptado por el público elector, si no es a través de los medios de comunicación. Es como si no existiera.

El danielismo impuso la singularidad de participar en las elecciones municipales con figuras mudas. Como para hacer más obvio que en nuestro país gobierna una familia, cuya visión política comienza y termina en las puertas de su casa que, a la vez, es su hogar, su secretaría política partidaria y su despacho presidencial. La pareja ve sus intereses como el fin único de las elecciones, cree que los individuos escogidos por ella como candidatos no necesitan tener criterio propio, y los condena al silencio. Para eso está su criterio, en el cual se resume el criterio de todos ellos. Es lo que les han hecho creer, y ellos, lo hacen efectivo en la práctica.

La contraparte de esta realidad del silencio candidatural –o el contrasentido del contrasentido—, es una masiva, multicolor, ruidosa y extravagante (por ridícula) propaganda en la cual los candidatos no tienen voz, porque es hecha con las propias voces de la pareja presidencial: el patriarca lo hace en sus discursos; la matrona en cuñas radiales, artículos, editoriales, crónicas, columnas y demás géneros del periodismo en un medio de prensa que ella misma dirige. Éste es un régimen patriarcal que no sólo controla los poderes del Estado y la comunicación oficial, sino también el pensamiento y la voz de sus partidarios. Además, tiene la pretensión de centrar en ella, la pareja, el pensamiento y la voz de toda la sociedad.

De ahí nace su disposición de que en las calles no puede manifestarse más gente que la suya ni se escuchen más voces que las que traducen las consignas que les dan a corear a sus partidarios durante las sesiones de garrotes a que someten a los ciudadanos que osan ocupar las calles para manifestar su inconformidad y reclamar respeto para sus derechos. Consignas, ofensas en pancartas y garrotes son los instrumentos básicos para la acción de sus partidarios, incluidos los propios candidatos, cuyo modelo es Manuel Calderón.

El silencio de sus candidatos lo sustituyen con ruidosas y violentas manifestaciones. Los candidatos tienen limitada su acción a repartir títulos de propiedad, beneficios vecinales y “otras babosadas municipales”. Los candidatos nunca están solos en los eventos oficiales; siempre están bajo el padrinazgo del alcalde orteguista de su municipio, o del presidente Ortega, a quien corresponden las orientaciones, ataca verbalmente a sus adversarios, responde a las críticas y hace las promesas. Junto a la repartición, sus candidatos hacen lo clásico: mantener congelada la sonrisa, chinear y besar niños, levantar los brazos junto a los que presiden los actos. Después, parecen “santos patronos” en procesión parroquial: van hacia donde los lleven y silenciosos en medio del bullicio.

Otra singularidad: este montaje no lo es todo para la elección municipal, sino también para la proyección del presidente Ortega como futuro candidato a la reelección. El protagonista de esta campaña es Ortega, los candidatos a las alcaldías son ninguneados comparsas, instrumentos necesarios para la proyección del jefe.

Los efectos de esta campaña del danielismo no durarían el tiempo que marca el calendario electoral si no fueran los recursos estatales que aportan sus funcionarios desde sus respectivos cargos. Los del CSE interponen los obstáculos para los opositores; los de la Fiscalía, abandonan su función habitual para disponer de tiempo y ocuparse de la persecución de personas y organizaciones críticas del gobierno; la Fiscal Electoral, desempeña con perfección dramática el papel de ciega frente a la utilización de los recursos públicos en la campaña de los candidatos oficialistas.

Con la convicción de que con esta maquinaria en marcha no habrá triunfo que se les escape, la pareja patriarcal ha hecho perder valor humano a sus candidatos. Les asimila al interés de la maquinaria electoral y ésta, a su vez, funciona en pro del interés de la pareja y su familia, que incluye a sus más cercanos incondicionales. Entre éstos no caben quienes dan una mínima muestra de independencia de criterio. Todo y a todos los puede triturar la maquinaria oficial, si se sospecha de que su fidelidad a la familia, ya no es tan absoluta como antes. Cree, la pareja, que no hay individuos –mujeres y hombres— cuya capacidad profesional, nivel de inteligencia o prestigio que les impida ser triturables.

Una dama costarricense, especializada en asuntos electorales, se asombraba del interés que despierta en Nicaragua una elección municipal, como ella no ha visto en el resto de la región. Quizá ella no haya podido percatarse de las singularidades señaladas. Pero el interés que han despertado en los nicaragüenses estas elecciones municipales es por el peligro que para sus derechos democráticos representaría un triunfo de los candidatos del orteguismo, porque le facilitaría al caudillo proseguir su marcha tras el cumplimiento de su sueño totalitario.

Claro, el interés por estas elecciones es de unos y de otros. Del danielismo porque si le surtiera efecto el mecanismo utilizado, lograría el triunfo municipal de noviembre, y éste le resultaría clave a Daniel para proseguir con su proyecto de ser candidato en las elecciones de 2011. Por esta razón es que a esta campaña el danielismo le ha dado un carácter perversamente singular. Y también porque los ardides utilizados en esta campaña le servirían de modelo a repetir –y “mejorar”— en esas elecciones generales de 2011.

De los opositores del danielismo, de todos los matices, porque es su oportunidad de expulsar por un momento –sólo en el instante de votar al menos— la tradición sectaria, los personalismos y el fanatismo ideológico, para poder derrotar el proyecto antidemocrático del danielismo. Y si prefirieran hacerlo con el menor “costo ideológico”, les bastaría pensar en que ninguna persona se hace ni más ni menos revolucionaria –o ni más ni menos “democrática”— por el simple hecho de votar en una casilla a la cual no está acostumbrada.