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El Presidente Obama quiere reunirse con el papa Francisco. Ambos son Jefes de Estado: el uno es guía de la Nación más poderosa del mundo, en términos materiales, económicos y militares; el otro, aunque sea Estadista, no tiene Nación, sino 1.2 billones de cristianos seguidores repartidos en el mundo.

¿Qué puede interesarle a Obama del Estado más pequeño del orbe? No creo que el presidente Obama, bautista practicante, desee convertirse en oveja del líder católico. Más bien, su viaje respondería a una crisis de su liderazgo global. Las cosas no andan bien en cuanto a la credibilidad de la política exterior de Estados Unidos.

En términos políticos, el Papa es un moralista conservador inclinado hacia la justicia social. Obama practica una moral liberal y la justicia social. Pero Francisco denuncia a los seguidores de la codicia, el egoísmo, el materialismo, el consumismo, la opresión, y el dinero. No es un anticapitalista. Es un reformista ético de los valores occidentales.

Obama tiene un poder político colosal: dispone de cientos de miles de soldados, tanques, cohetes, misiles, barcos, estacionados en unos 15 países del mundo. El Papa, un poder espiritual grandioso que tiene bajo su jurisdicción unos 40 mil religiosos ---entre cardenales, obispos, sacerdotes y monjas--- en unos 194 países del planeta.

Política y diplomáticamente, la Iglesia católica ha sido, por 20 siglos, actor, mediador y testigo de grandes acontecimientos de la humanidad. Ha acumulado mucha sabiduría y prudencia; aunque también yerros y vergüenzas. Pero hoy luce como un Estado juicioso, respetado. Es una superpotencia, por su influencia; a pesar de su pequeñez territorial.

Las agendas de Washington y El Vaticano no son convergentes, pero ambas, estratégicamente, apuntan al triunfo de la paz y la libertad en el mundo. Y aunque Francisco y Barack profesen el cristianismo desde ángulos diferentes, esta doctrina religiosa es fundamental en la defensa de los valores occidentales para frenar las guerras en el mundo, el surgimiento colosal de una China atea, o la intimidante mano gélida de la diplomacia rusa en conflictos recientes. Acá, Estados Unidos, últimamente, ha lucido precipitado, irresoluto, deslegitimado, solitario, desoído.

Es probable que Obama quiera escuchar opiniones del Papa, que conoce las diferentes crisis políticas, económicas y morales, y que parecen insolubles solo con dinero, armas o tecnología.

Desde Benedicto XV, Pío XII, Juan XXIII, Pablo VI, y Juan Pablo II, todos ellos, respectivamente, se involucraron en tres eventos políticos impactantes: 1) las guerras mundiales; 2) la guerra fría, y; 3) la desintegración de la URSS.

Juan Pablo II, junto a Lech Walesa y Mikhail Gorbachov fueron los arietes ideológicos en el derrumbamiento del comunismo. Así, cuando tomó el poder Ronald Reagan en 1980, el otrora asesor para asuntos de seguridad Zbiniew Brzezinski le dijo al oído: “Fíjese en Karol Wojtyla; él puede ser un aliado importante para luchar contra los comunistas de Europa del Este”.

¿Detrás del supuesto viaje de Obama estará el católico John Kerry, que va y viene al Medio Oriente para conciliar a judíos y palestinos, después de tantos titubeos de Benjamín Netanyahu y las debilidades de Mahmud Abás?

Tal vez, como Francisco es un personaje impone-modas, y ya lo han visitado Putin, Merkel, próximamente el embrollado Hollande, y muchos presidentes latinoamericanos, Obama también busque posar con Francisco. Eso distrae, disipa críticas, lava errores.

Tanto la Casa Blanca como el Capitolio no se ponen de acuerdo en cómo enrumbar mejor su política exterior. No hay alegrías en el Pentágono ni en el Departamento de Estado con el avance chino en casi todos los campos; el abanderamiento ruso de ciertos temas de política exterior de Medio Oriente y el Sur asiático; la desconfianza europea por el espionaje a sus líderes; lo rezagado del programa espacial estadounidense; los desafíos nucleares de Irán; la Venezuela pos Chávez; la caótica Iraq; la inestable Libia; el frágil y reversible Egipto; el Paquistán infiltrado de Talibanes; la Corea del Norte amenazante; las retóricas naciones del Alba. Paradójicamente, la que menos problemas causa es Cuba.

Pero si Francisco recibiera a Obama, en los renacentistas palacios vaticanos, el Pontífice lo escucharía con suma atención. Y con mucha prudencia, le preguntaría acerca de las reformas liberales domésticas de su país. No le daría consejos. Le diría que él no es líder político.

Eso sería todo. No habría concordatos. Solo fotos y videos. Dos hombres poderosos: uno blanco del Sur liderando un Estado pequeñísimo; el otro mulato del Norte, liderando la mayor potencia global. Así es la Diplomacia de Cumbres.

elsufigalileo@yahoo.com