Jorge Eduardo Arellano
  •   Managua, Nicaragua  |
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Pidió que la cremasen. Mi abuela era una bromista auténtica, y también una mujer muy presumida y no quería que su cadáver fuese expuesto a la vista de nadie. Además pidió que una parte de sus cenizas se arrojaran a una laguna y otra parte en la desembocadura de un río, lugares que tenían una relación muy especial con su vida.

El día que íbamos a arrojar sus cenizas a la laguna, la carretera estaba cortada por un aguacero. Mi mamá propuso arrojarlas por entero al río, en una playa que todos conocíamos muy bien, porque allí se habían enterrado o arrojado algunos parientes lejanos. Allí se hizo la ceremonia y en el instante en que una prima abrió la urna, un viento macabro y bromista vino desde el río hacia nosotros y nos embadurnó a todos por igual con las cenizas de la abuela. No nos quedó más que reírnos.

De ello me acordé hace poco en una plática en medio de una vela, y también de algo más. En esa misma playa, durante la Segunda Guerra Mundial, un pescador encontró el cadáver de un soldado inglés, ahogado aparentemente, que llevaba un maletín encadenado a la muñeca con unos documentos secretos. Se trataba de información precisa sobre una gran invasión aliada que iba a tener lugar en las costas de Grecia. Dichos papeles eran parte de una red de engaños para distraer a las tropas alemanas y ocultar los lugares verdaderos donde se producirían los dos grandes desembarcos de la guerra: por Italia y por Francia.

El cuerpo que apareció en esa playa ni siquiera era el de un soldado, sino el de un vagabundo muerto por neumonía. Lo disfrazaron, le crearon una identidad falsa, y lo llevaron en un submarino hasta las costas remotas del sur de Andalucía.

Cuando las autoridades españolas examinaron el cadáver, enviaron los documentos a los nazis. Un plan con poco margen de éxito, pero que salió a la perfección. A ello se añadieron otras artimañas de distracción, como la de filtrar al enemigo órdenes y pedidos masivos de provisiones, lo que acabó por convencer a las tropas alemanas de que la invasión sería por Grecia.

“El hombre que nunca existió”, como se le llamó a ese cadáver que apareció en las playas andaluzas, no era un simple vagabundo. De su nombre verdadero no se tuvo noticia hasta no hace muchos años, nombre que se grabó en la lápida que cubre su tumba en el cementerio de Huelva, la localidad donde arribó el cadáver.

Para mí, esa playa del hombre que nunca existió, posee un embrujo especial, no solo por la última broma de mi abuela materna, sino porque allí, el cadáver de un hombre, cuya vida pasó sin pena ni gloria, sirvió para darle la vuelta a la guerra y desencadenar su final, atestiguando que pase lo que pase, lo más importante muchas veces ocurre cuando uno ya no está. No me digan que esto no es materia para una buena novela, o para un baño de humildad como con agua helada. Pase lo que pase la he empezado a escribir esta mañana, al evocar esa playa donde alguna vez, una parte de mí, acabará también.

 

sanchomas@gmail.com