Ernesto Aburto
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Premonición de un cura y aprietos de una facturadora

 

El 16 de febrero de 1962, ante un auditorio de alumnos y padres de familia apretujados en el patio cuadrado del colegio “Dulce Nombre de Jesús” de la ciudad de León, rodeados por las cuatro alas de la casona de dos pisos y un palomar-dormitorio en el ala frontal, el director y dueño del centro de estudios, reverendo Canónigo Agustín Hernández Fornos, quien si viviera tendría 112 años de edad, despidió a nuestra promoción de sexto grado de primaria con un discurso que habría de ser premonitorio, y perfectamente aplicable a la muchacha facturadora de una tienda de Managua que, 54 años después, me atrasó más de 20 minutos al fallarle la calculadora con que debía sacar la cuenta de unos regalitos que compré allí durante la última Navidad.

Más que discurso, fue una dramática arenga del cura a los padres de familia. Vienen tiempos cercanos –advirtió- en que todos tendrán maquinitas calculadoras hasta para las cuentas más sencillas, y las tareas escolares. Pero ustedes muchachos, ustedes padres, no deben permitir semejante robotización. Hagan que los muchachos saquen sus cuentas a mano, con lápiz y papel, mediante el uso de sus cabezas, porque de lo contrario van a perder la capacidad de razonar, y nunca van a saber cuál es el verdadero origen de un cociente, de un interés compuesto o de una raíz cuadrada, y entonces, si faltan las maquinitas calculadoras, toda actividad humana correría peligro de paralizarse, concluyó.

Daba pesar el engorro de la joven facturadora. Su maquinita calculadora estaba mala, y sus otras tres compañeras que hacían el mismo menester estaban atareadas facturando. Para colmo, no había aparato de repuesto, según decía la cajera que miraba de reojo los apuros de la muchacha.

Para mí, la cuenta era sencilla, y se la quise dictar a la joven para que llenara su factura. Cuatro baratijas de dólar y medio cada una sumaban seis dólares, y con otras tres de dólar cada una hacían un total de nueve dólares. Como la cotización oficial de la tienda era de C$25.50 por dólar, y no estaban cobrando el IVA, pues solamente había que multiplicar –yo lo hice al aire- el número de dólares por la tasa cambiaria de la tienda, y la cuenta total salía de C$ 229.50.

No hubo manera de que la muchacha me creyera, y mucho menos de que tomara un papel y un lápiz para sumar y multiplicar. (Dicen que ahora miles y miles de muchachos y muchachas incluso se bachilleran sin saber las tablas de multiplicar que Pitágoras se tomó la molestia de escribir para beneficio de la humanidad, porque se la pasan sacando cuentas y hasta escribiendo exámenes a golpes de calculadora).

La muchacha se frotaba las manos, y solo atinaba a sonreír nerviosamente: “Tenga calma señor, que ya mandaron a buscar una calculadora”. Efectivamente, de pronto apareció uno de los dependientes con la maquinita que el supervisor había mandado a comprar en una tienda vecina.

Claro, ella no tuvo profesores como el maestro Quiñónez que yo tuve en tercer grado de primaria (1958), o como el profesor Félix Esteban Carranza (1959 y 1960), indígena de Nandasmo, en cuarto y quinto grados, ambos en la escuela Monseñor Lezcano, anexa al Pedagógico, que funcionó donde ahora es el estacionamiento del Olof Palme. Ella tampoco recibió enseñanzas del profesor y luego médico ya fallecido, el acoyapino José Dolores Hernández Sequeira, en el Colegio Dulce Nombre de Jesús en León, a donde por mi naturaleza cimarrona me enviaron mis padres a estudiar interno el sexto grado de primaria.

Eran traumáticos aquellos ejercicios de cálculo mental, pues recibías un reglazo en la nalga si en cinco segundos como máximo no contestabas “32” cuando el profesor te gritaba: “Cinco por ocho menos diez más dos”, y así por el estilo.

Recientemente leí que en alguna isla del Pacífico sur, un vuelo doméstico casi se estrella porque se estropeó el control informático del aparato, y los jóvenes pilotos ya tenían algunas lagunas de conocimiento con respecto a los controles manuales.

Es una terrible imprevisión depender solamente de las computadoras. No es que me oponga al uso de calculadoras, sino a su absolutización. Como que si haciendo uso de ellas ya no necesitamos saber ninguna otra cosa más. Debemos entender que las máquinas aligeran y hacen más productivo nuestro trabajo.

Porque si no, yo hubiera escrito este artículo con plumilla y tintero sobre un papel pergamino. Pero debemos entender cuál es el origen racional de todas las operaciones de un aparato, no solo para poder controlarlo y usarlo mejor, sino también para tener una vía alternativa de hacer las cosas.

Recordemos que cuando reviente la batalla final en la colina Armagedón de Jerusalén, y todos los irresponsables que almacenan armamento nuclear empiecen simultáneamente a presionar los botones, las pocas cucarachas que logremos emerger con vida de los escondrijos tendremos que reconstruir la civilización con lo que haya quedado en nuestras memorias, y haciendo cuentas aritméticas sobre las cenizas del suelo con ramitas chamuscadas.

 

* El autor fue periodista, editor y cofundador de El Nuevo Diario.