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Los bancos son entidades cuyos gerentes y ejecutivos principales cuentan con privilegios excepcionales: tienen grandes sueldos, reciben jugosas bonificaciones y gozan de generosas prestaciones que se registran como gasto de las organizaciones para las cuales trabajan, para que al final puedan prestarnos, con las más altas tasas de interés permisibles, el dinero que nosotros mismos les depositamos.

Ello es posible gracias al mecanismo de reserva fraccionaria (conocido en Nicaragua como encaje legal), que es la médula del sistema bancario internacional. Ese mecanismo le permite a los bancos crear dinero bancario mediante un simple asiento contable como contrapartida de los préstamos que otorgan a sus clientes con el dinero no sujeto a encaje legal.

Se calcula que a nivel mundial el dinero en efectivo es un 10%, en tanto que el 90% restante son asientos contables en los libros de los bancos privados y bancos centrales de cada región o país.

Aunque es ampliamente sabido que los bancos trabajan con dinero ajeno (confiado por sus depositantes), los banqueros casi siempre son reacios a aceptar cualquier fortalecimiento de las políticas de regulación y supervisión bancaria impulsadas por las autoridades económicas de los países o regiones, que buscan proteger a los ahorrantes y evitar crisis financieras como las generadas por las mismas entidades bancarias y financieras, cuyas consecuencias en el plano económico han sido recesiones y depresiones económicas, y en el plano personal han significado, en numerosos casos, la pérdida parcial y hasta total de los depósitos de muchas familias.

Las quiebras bancarias masivas y el crash de la Bolsa de Nueva York el 29 de octubre 1929, ocurrieron porque la desregulación existente en el sistema bancario y el mercado de valores permitió una desenfrenada especulación en esos mercados.

Ambos eventos son algunas de las causas que explican la Gran Depresión, cuyos efectos desbastadores para los depositantes e inversionistas en Estados Unidos condujeron en 1933 a la aprobación de la Ley Glass-Steagall (Ley GS), que creó la Corporación Federal de Seguro de Depósitos (FDIC) e introdujo reformas bancarias para controlar la especulación, tal como la separación entre banca de depósito y banca de inversión. La Ley GS fue promulgada por la Administración Franklin D. Roosevelt para evitar que se volviera a producir una crisis como la de 1929.

Pero como la memoria es corta, los intereses empresariales, enfocados en la promoción de los nuevos esquemas neoliberales, criticaron fuertemente la Ley GS desde mediados de los años 70 logrando que fuese revocada en noviembre de 1999 por la Financial Services Modernization Act, más conocida como Ley Gramm-Leach-Bliley (Ley GLB) , aprobación que algunos, maliciosamente, señalaron: muy a tiempo para permitir la constitución de Citigroup, uno de los más grandes conglomerados bancarios contemporáneos.

La desregulación del sector financiero promovida con la Ley GLB dio lugar a la creación de enormes conglomerados bancarios, financieros y de seguros, y a muchas operaciones especulativas masivas en los mercados bancarios y de valores, utilizando instrumentos muy sofisticados entre ellos los vehículos de inversión estructurada y las hipotecas subprime, hasta que finalmente las burbujas explotaron y se generó la crisis financiera (2008) que en el plano económico desembocó en la recesión mundial conocida como la Gran Recesión, situación que en EE.UU. condujo en 2010 a la aprobación de la Ley Dobb-Frank (Ley DF), que supone la transformación más profunda del sistema financiero de ese país.

La administración Obama promulgó la Ley DF para evitar otra crisis como la del 2008. Esperemos que esta vez el objetivo de la ley perviva en la memoria colectiva estadounidense.

 

* Economista, MBA.