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Leí atentamente la entrevista que el periodista mexicano Jorge Ramos le hizo al Presidente uruguayo José Mujica, y me impresionó por la franca rebeldía del extupamaro, que observa la sociedad de su país con el talento de las ideas de sus sueños.

Y la exhortación es válida y propicia porque él, a sus 78 años, no teme a la muerte, ni al ridículo, ni a la carcajada despreciable de sus enemigos, ni se enreda en confusiones dramáticas con los adversarios que intentan detenerlo en sus prioridades sociales.

“Soy un enfermo de sueños”, le confió a Ramos. Lo que equivaldría en mi apreciación personal y antojadiza, a convertirse en un impertinente necesario de este tiempo, que le ve presente realizable a todo lo que observa, debate y analiza; y la legalización de la marihuana es uno de sus más recientes filtros polémicos, que hoy sacude a todo el Uruguay, como si fuese el cascarón de una nueva pandemia.

Según Ramos, Mujica no lo tiene todo a su favor. Sus vecinos se muestran escépticos, pero él no se desmoraliza, sabe lo que hace y sabe lo que le pertenece. En sus palabras: “no le importa”. Es peor el flanco del narcotráfico, señala con agudeza y responsabilidad.

Mujica no abandona sus ambientes, donde vivió y creció; la gente y sus dificultades; lo tangible y susceptible; las traiciones y los vuelcos del destierro en una prisión, así como conoce los tumores y lo intransitable de la justicia; todos esos entornos los vive en la realidad de manera desmesurada, sin que nada ni nadie se lo impida.

Según Heráclito, la desmesura es un incendio. Es un presidente que baja a la calle sin temores, y es intransigente con los aplausos. No tiene el eco dormido de la soberbia. Igual, no justifica las masivas manifestaciones por inciertas y por no llevar la palabra al verdadero compromiso. Lo ha dicho muchas veces, y resiente a sus amigos.

Volviendo al tema de la legalización de la marihuana, no cree en la aparición del narco-turismo en Uruguay. Los turistas no podrán comprar marihuana, enfatiza como si fuese la descarga de un silencio ágil.

Pese a tanto ruido, su alma no parece estar inquieta. Lo cierto es que, para muchos no es una gran hazaña ni es una gran obra. Pero el Uruguay cambiará de vida y de alma en la historia escrita por las nostalgias.

Mujica sabe cuidarse el hígado, porque es un presidente objetivo, que no se toma como objeto el aporte que ofrece a la sociedad para que avance. El primer ciudadano de Uruguay está convencido que con la legalización de la marihuana impulsa una tarea que no tiene fin, pero hay que seguirla. Es que tiene conciencia de su destino, y por ello, no lo negocia.

Hasta hace poco la marihuana era una cuerda que estaba floja, como una rosa rechazada y a la vez paciente en la obstinación. Mujica subió al andamio y desafió el equilibrio. Eso es tan rotundo como cierto.

 

* Poeta y periodista.