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2013 quedó marcado por desastres atmosféricos: megatifones, calores infernales e intensas tormentas de nieve a veces interpretada como una señal que existe una fuerza sobrenatural intentando advertirnos nuestro desprecio por el medioambiente. Al final del año, asomó una alerta sobre otro temor climático: la escasez de agua, clave para el desarrollo sostenible, salud, seguridad alimentaria y progreso económico.

Nuestras sociedades no pueden prosperar sin agua dulce limpia. La ONU previene que para 2030 casi la mitad de la población global afrontará falta de agua y la demanda sobrepasará la oferta en un 40%. Este líquido vital, cristalino y abundante que nos acerca a algo trascendente desde que flotamos en el útero materno, experimentando esa fluida sensación de pureza que nos recuerda el bautismo con agua -lavado de pecados para nacer de nuevo- ahora parece un símbolo del desprecio divino manifestado en severas sequías que vislumbran un futuro desértico.

Durante la Cumbre Mundial del Agua en Budapest -Octubre 2013- Ban Ki Moon se refirió al valor del agua en tres áreas críticas: seguridad alimentaria, cambio climático y “sanitización”. En primer lugar instó a reconciliar con urgencia el mayor uso agrícola con las necesidades domésticas e industriales, sobre todo producción de energía. Segundo, señaló el riesgo de reservas acuíferas disminuidas en gran parte del planeta que no deben ser manejadas como generador de conflictos en comunidades y países -guerras del agua- sino como catalizadores de cooperación.

Concluyó haciendo hincapié en la sanidad: el 80% del agua utilizada en asentamientos humanos se descarta sin tratamiento ni reciclaje. Casi un tercio de la población mundial bebe agua que pone en peligro su salud. János Martonyi, ministro húngaro, lo resumió en esta frase: “El agua debe unir y no separar, debe ser una fuente de la fuente de la prosperidad y no de la miseria.” Un derecho humano. No político.

Como corolario de esta reunión, 2013 culminó con un agradable hallazgo científico que rejuvenece la esperanza de miles de millones de seres humanos: el océano esconde grandes reservas de agua dulce. La información proviene de un artículo reciente de Vincent Post -hidrogeólogo de Flinders University, Australia- publicado en Nature. Según este estudio, unos 500,000 kilómetros cuadrados cúbicos de agua dulce se encuentran guardados en el fondo marino, en un volumen mayor que toda el agua extraída de las fuentes subterráneas del planeta desde 1900.

¿Cómo se depositó tanta agua? Post lo explica así: “ocurrió en todo el mundo, cuando el nivel del mar promedio era mucho más bajo que el actual, y la línea costera era muy lejana. El agua se filtraba en el suelo y llenaba áreas que ahora están bajo el mar protegidas por capas de arcilla y sedimentos”. Las investigaciones revelan que su nivel de salinidad es tan bajo como para convertirla en apta para el consumo humano.

Ante un desalentador horizonte climático y un deficiente sistema de recolección y tratamiento de aguas residuales en América Latina y el tercer mundo, estos hallazgos permiten contar con la posibilidad de dar de beber a varias generaciones, ya que existen 32 puntos planetarios con esta importante riqueza acuífera desde Groenlandia, Perú, Yakarta hasta Tanzania y el Delta del Níger, solo que una vez agotados por su habitual desperdicio y contaminación serán el ¿último respiro global?

 

* Médico cirujano.