• Managua, Nicaragua |
  • |
  • |
  • elnuevodiario.com.ni

No es tan fácil tener en custodia de compromiso una casa prestada. Es algo así como que le confíen a uno una vida y sus secretos. Pero es también asumir un patrimonio de reflexión social. Los años pasan, pero la complicidad de buen rostro (por todo lo que uno sabe) es un referente obligado.

Una casa prestada es similar a una orquesta: hay estridencias, fiestas y disfraces, gente que habita y duerme en mundos diversos; locos de pacotilla que escriben sobre las aceras del ruido; cosas, hechos o recuerdos desagradables; afirmaciones rotundas, huellas de pasión; así igual corren días felices, más felices, y se orillan contiendas infelices en la boca del lobo que todo lo repite.

En esas escenas naturales o de chisporroteo, son amenazas el surgimiento de pequeños y grandes matices, que se convierten con gran despliegue elástico en rumor de rumores. También hay momentos inesperados como la pesadumbre o la admiración cautiva por los dueños de la casa prestada.

Desde mi infancia, confieso que una casa prestada (como ancla de familia) fue siempre para mí un nicho de palabras también prestadas, que iban y regresaban de todas partes, en tono bajo o expectante, y sé que algunas a veces huían con cristales alucinantes en medio de la noche o montadas en el filoso cuchillo del aire sucio, y que yo con mis ojos invisibles sabía reconocerlas con la exactitud del primer amor y el nacimiento de la primera nostalgia.

En la casa prestada arribaron igual en su marcha lenta mis primeras dudas del quehacer de la belleza y el amargor de la rutina donde todo se parece a nada y la existencia tiene otro modo de amar la pesadilla de la muerte. La casa prestada de Masaya es la que más recuerdo con mis dientes de leche; tomando pozol en las mañanas y tibio por la noche, fiel a la costumbre de mi abuela (mamita) Mercedes.

Es la casa prestada de mis primeros libros forrados con el orgullo de la ilusión y los sueños conmovidos por un mundo que apenas conocía y que por esos días me parecía transparente, amistoso, invencible, misterioso, y nunca de mala factura en contra de la humanidad.

Yo miraba el mundo con la puesta del sol de mis pantalones cortos y mis camisas a cuadros. Empezaba a volar buscando mi paraíso. Tenía a mis padres y a mis hermanos. Un patio frondoso y abierto, con muros derrumbados, me servía de estadio de béisbol, donde siempre yo era el mánager del equipo y el mejor pelotero. También el dueño del utillaje.

Recuerdo a Marcelino, un hombre muy alto, de cuerpo atlético, inmensa barba y manos largas (un adelantado de la higiene, pues se las lavaba obstinadamente), y el único lustrador de los pueblos blancos que daba brillo a los zapatos, vestido con impecable traje azul y pantalón brinca-charcos. Se distinguía por regañar a sus clientes por el mal trato que daban a sus calzados.

En la casa prestada nunca pusimos sobre la balanza del riesgo o la marginación, la virtud familiar de servir al vecino, sin esperar recompensa. No pensábamos (en esos días inolvidables) en el agujero negro de la modernidad, ni en sus escollos. Tal vez éramos muy ingenuos, y excéntricamente muy costumbristas. La economía rodaba por otras aceras y el tiempo no nos atrasaba para elegir, volar y soñar.

* Poeta y periodista.