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Desde hace pocos años la quema del Año Viejo trata de convertirse en tradición que debemos aceptar para que no digan que nos curaron la mollera con sebo serenado, o que somos “cabeza de carcamal” y otras lindezas con que los chavos se dirigen a los miembros de la tercera, cuarta y quinta edad.

La chamusquina del Año Viejo pretende imitar el suicidio de Judas, el apóstol de Jesús que después de traicionarlo se ahorcó desde un frondoso árbol procurando que el sol no le maltratara su delicado cutis. En Nicaragua era tradición colgar a Judas y después leer su testamento, que con cínico humorismo denunciaba unas cuantas verdades sobre los personajes populares de otros tiempos.

Con la fobia que muchos nicas mantienen contra los árboles, el menosprecio a las costumbres viejas y la escasez de buenos humoristas, lo de Judas casi se ha extinguido. Ahora se chamusca al inocuo Año Viejo, que no ha traicionado a nadie, pues cada quien hace de su trasero un barrilete.

La quema del Año Viejo es a las doce de la noche del 31 de Diciembre. Se incinera un muñeco de buen tamaño, vestido de saco y corbata, calcetines rayados y zapatos desguapados, si es del gusto se le pone un sombrero y se le mete un puro en la boca. Algunos le agregan bastón o paraguas, se le sienta en una plegadiza o se le acuesta sobre un catre destartalado. Se completa el asunto metiéndole en la barriga varias ristras de triquitraques y cohetillos chifladores.

Bueno, aquel chueco muñeco está destinado a ser incinerado por alegres imitadores de Torquemada, que sin hacerle previo juicio ni auto de fe, festejan su destrucción tomando guaro, bailando, dando rienda suelta a la gula y devorando, los palmados, nacatamales de chancho.

Pero ese muñeco para la chamusca no es la representación legítima del Año Viejo, porque desde hace tiempo los medios de comunicación y la publicidad nos lo han mostrado como un anciano flaco, encorvado, con calvicie de cuatro pelos, cara de mango chupado, cubierto con un simple sudario y cargando un largo bastón del cual pende un saco lleno de cualquier cosa, aunque en otros “escenarios” en lugar de bastón lleva una larga guadaña.

Este Año Viejo de ahora más parece un jefe narco, un cubano de Miami, o un nuevo rico mengalo. Nada que ver con la enclenque figura del viejo tembleque del que hicimos referencia. En cualquiera caso es notorio el regocijo popular que ocasiona ver arder y estallar a ese muñeco que podría desempeñar muy bien el trabajo de espantapájaros.

Pero, me pregunto, ¿por qué solo queman a un viejo existiendo también tantas viejas? ¿La igualdad de género en que quedó? ¿No es que así como existe una “boletina” pareja del “boletín”, también existe la “Aña nueva ” pareja del “Año nuevo?

Es urgente que el nuevo lenguaje sexista, o de equidad de género, adquiera responsabilidades ¿No tiene que tener el adminiculo como pareja a la adminicula? ¿Cómo es posible que exista el cuque sin su equivalente la cuca? ¿O el ano sin su ana? No es posible un galillo sin su galilla o un motete sin su moteta.

En materia de igualdad estamos en pañales, a la letra le falta su letro, al avión le falta su aviona, al bozal su bozala, a la carpeta su carpeto, al apóstol su apóstola, a la bala su balo, a la paila su pailo, al fraile su fraila, a la letrina su letrino, a la amiba su amibo, a la imprenta su imprento, al curul su curula… Y aquí me planto porque es la de nunca acabar.

De manera que es acertado quemar al Año y a la Aña sin que nos quede remordimiento alguno y aunque sepamos que la piromanía supone la supervivencia del santo oficio, que se llevó a la chamusca a miles sin tomar en cuenta reclamos sexistas.

Pensemos, sí, cómo resolver otras intríngulis de la misma laya, démosle a la misa su miso, al pulpo su pulpa, al cardenal su cardenala, a la cacerola su cacerolo, a la rueda su ruedo, a la foto su fota, al aborto su aborta, al cine su cina, al ajo su aja, al pino su pina, al cacho su cacha, etc. Reclamos que son plenamente cabales y justos.

* Catedrático de periodismo.