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Yo sé que hay mucha gente, incluso ministros religiosos, que se burlan de la idea del infierno bíblico, pero el burlarse, negarlo y ridiculizarlo no lo suprime. El infierno del cual nos cuenta la Biblia es un lugar real donde gente real pasará la eternidad.

El más grande predicador que ha hablado del infierno fue Jesucristo: “Por tanto, si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno” (Mat 5:29). “Y no temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno” (Mat 10.28). “¡Serpientes, generación de víboras! ¿Cómo escaparéis de la condenación del infierno?” (Mat 23.33).

Estas son tan solo tres citas en las que amonesta acerca del infierno bíblico. La Biblia señala dos grupos: salvos y perdidos. Jesucristo no quería ni podría mentirnos y la información veraz respecto al estado de los impíos después de la muerte nos viene de sus labios en la parábola del rico y Lázaro (Lucas 16:19-31).

Algunos opinan que contiene un relato de la vida real, otros una parábola, y que debe ser considerada tan solo figuradamente. Sea o no una parábola, enseña la realidad del cielo, del infierno y el castigo y la recompensa eterna. Según la parábola, al morir el salvo y el perdido, su condición eterna ya ha sido irrevocablemente determinada. Es decir, nada ni nadie puede cambiar la situación: ni misas, ni misa de cuerpo presente, ni triduos de misa, NADA (¡cómo debe de reírse el diablo al oír algunos sermones funerarios!).

Esto indica con toda claridad la urgencia de 2.ª Corintios 26:24: “Hoy es el día de salvación”. No hay oportunidades más allá de la muerte. Al rico en el Hades se le dijo que su condición era fija en un lugar de sufrimiento y no podía ser cambiada, ya no tuvo oportunidad de redención. Algunos piden, incluso en las iglesias evangélicas: “Pastor, no nos predique del infierno. Un Dios de amor no puede enviar a nadie a un lugar así”.

Dios envió a su Hijo para morir por nosotros e impedir que el ser humano se vaya al infierno. Nos ruega que no rechacemos a Cristo. No manda a nadie al infierno; uno se manda a sí mismo al rechazarlo. Uno se manda a sí mismo al seguir pecando. Por orgullo muchos rechazan la invitación y no aceptan la Gracia de Dios. Solamente aquellos que se humillan a sí mismos y se acercan a Cristo con fe como la de un niño tendrán vida eterna.

No sé si serán ciertas las palabras de don Francisco, que dice que la Iglesia ya no cree en un infierno literal, y muchas cosas más que dicen que dijo; pero rechazar o desmentir el mensaje de la Biblia o dudar de su veracidad acusando de impostores a los hombres utilizados por Dios para escribirla, es no creer a Dios.

“El que no cree a Dios le ha hecho mentiroso” (1.ª Juan 5:10). La realidad es que Dios es veraz y todo hombre, mentiroso (Romanos 3: 4). Ante las palabras de Jesucristo tengo dos opciones: “creo o no creo”. Yo sí le creo a Jesucristo y no a don Francisco o al argentino don Jorge Mario Bergoglio.

*Laico bautista.

ocalero@ gmail.com