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El año pasado reuní bastantes fotos de acosadores, como para crear una galería andante. Este año sigo registrando sus caras y las placas de sus vehículos. Los cuerpos que se operativizan en femenino son percibidos en el espacio público como un mosaico de formas-siluetas-movimientos, y quienes acosan y registro siempre tienen algo que decir sobre los cuerpos de las mujeres.

A nivel corporal mi lucha por recuperar y adueñarme de los espacios ha significado cambios de actitud/postura; son cambios trans-formaciones, que han ido fluyendo con los procesos internos-corporales que se atraviesan y se direccionan hacia la autodefensa y la reconfiguración del propio poder como lucha.

Esto quiebra el ambiente de normalidad que se ha ido reforzando históricamente sobre el acoso sexual callejero, y más precisamente alrededor del derecho que se han asignado muchos hombres, y que la sociedad aprueba, de tener siempre algo que decir sobre el cuerpo de las mujeres y, lo que es más peligroso aún, de creerse con poder/autoridad sobre esos cuerpos de nosotras.

El acoso sexual callejero no es nuevo. Lo que es diferente es que se nombre y que al nombrarlo sea etiquetado como un problema, precisamente porque es algo que amerita soluciones y cambios, transformaciones. Se trata de un fenómeno que se alimenta de la dimensión simbólica de una cultura: cómo se configuran los cuerpos, el deseo, la sexualidad, las relaciones de género, la ciudadanía. Es una cuestión de derechos; por ejemplo, el de caminar libremente.

La libre movilización es un asunto sobre el que no se piensa mucho. Pensamos en la libertad de movilización cuando pasa algo que quiebra eso, un asalto, por ejemplo, y se toma conciencia de la inseguridad o de la necesidad de estar más pendientes.

Pues, bueno, imaginen cómo es tener esa conciencia de riesgo cada día, sobre todo cuando tus acosadores se manejan en la pulpería de tu calle, en la esquina de tu escuela, camino a tu universidad o tu trabajo. Imaginen que el acosador es el CPF de tu colegio, el grupo de hombres de tu colonia que se ponen a jugar cartas por la cancha de béisbol. Puede ser cualquiera. En la calle hay diversos tipos de acosadores y de acoso. En la casa puede ser el padre, el hermano mayor, el tío, el abuelo.

Significa vivir cada día con cuidado/arrechura, esquivando calles, dependiendo de cómo cada quien lo viva. Darle vuelta a este tipo de experiencias en forma de autodefensa y de más poder implica romper con la apacibilidad y reinventar la palabra y el cuerpo como herramientas de defensa individual y colectiva.

El acoso sexual callejero es un tipo de violencia que afecta la cotidianidad de las mujeres y de las personas que lo experimentan; se trata de derechos y ciudadanía, el cuerpo como el primer espacio de defensa y de delimitación.

El acoso sexual funciona en muchos casos como la antesala de un abuso sexual o de una violación. En estas primeras semanas me he dado cuenta de que es útil seguir evidenciando el acoso en el espacio público, para mí misma y para otras mujeres. A los acosadores yo los registro: M016400, MO6939, M057555, M071306… y los fotografío.

Las placas son de carros particulares, algunos taxis, y para las fotos algunos se esconden, otros empiezan a caminar rápido, algunos posan y sonríen. Así tienen un rostro estos acosadores y ya no quedan en el anonimato absoluto.

La vez pasada acababa de subirme en la ruta 111, iba de pie y se subieron tres hombres. Uno de ellos, al pasar cerca de mí, dijo: “¡Qué rica!”. Le contesté: “¿Rica qué?”, viéndole a la cara; se hizo el que se estaba riendo de algo; la gente de la ruta se fijó. Al bajarme del bus lo registré, él sonrió. Cuando me volteé, una mujer y dos niñas estaban atentas viendo lo que yo hacía. Las miré y me fui caminando. Puede que no cambie nada en ese tipo de la ruta al tomarle la foto, pero al menos estas tres mujeres algo se quedaron preguntando.

*Antropóloga social.

http://gabrielakame.blogspot.com/