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Según las encuestas, la mayoría de los nicaragüenses, en un alto porcentaje, simpatizan con el Gobierno sandinista. Esta popularidad es mucho mayor en la clase social baja: campesinos, obreros y gente humilde. En la clase media baja y en la media-media también es mayoritaria pero algo menor. En cambio, en la clase media alta y en la alta hay más antisandinistas. En todas las clases sociales hay sandinistas y antisandinistas, pero cambia la proporción.

Generalmente nos relacionamos con gente de nuestro entorno social y a veces creemos que la mayoría de los nicaragüenses piensan como los de ese entorno, lo cual es un error. Las clases altas —integradas por pocas personas— se informan principalmente en medios de comunicación autodefinidos como opositores y tienen una opinión condicionada por lo que esos medios dicen. Las clases media-media, media baja y baja se informan más en medios sandinistas y les sucede igual, pero en sentido contrario. Tenemos pocos medios objetivos. Eso influye en que un sector considere perfecto, sin nada que criticarle, al Gobierno; lo apoye ciegamente y lo quiera con veneración. Mientras el otro sector aborrece a los sandinistas y considera al Gobierno como una tiranía cruel, una dictadura que gobierna muy mal. Ambas posiciones son extremistas, parcializadas y exageradas. Son pocas las personas objetivas, equilibradas, pues casi todos tienen una opinión polarizada: aman o detestan al Gobierno, tengan o no partido.

Cuando estudiaba en el Instituto Interamericano de Derechos Humanos nos enseñaron la importancia de ser objetivos para ser creíbles. Nos decía un profesor: si una persona dio un empujón, no digan que “golpeó”, sino que “empujó”; si dio un golpe, no denuncien “una paliza”, sino “un golpe”. Pero es difícil ser objetivo cuando de por medio están la pasión política, resentimientos, etc.

Naturalmente que yo, como social liberal de centro-izquierda, miembro —aunque ahora inactivo— de un partido liberal, preferiría tener un gobierno liberal. Me gustaría un presidente liberal como José Rizo, José Antonio Alvarado, Ramiro Sacasa Gurdián… Pero trato de no ser apasionado y —pese a mis preferencias— objetivamente no considero al gobierno actual de Daniel Ortega una dictadura. No tenemos una democracia madura, admirable —nunca la hemos tenido—, pero tampoco tenemos dictadura. Es verdad que en las pasadas elecciones hubo anomalías señaladas por la Unión Europea y la OEA, quienes también dictaminaron que de todas maneras Daniel Ortega hubiera ganado. Su gobierno desarrolla programas sociales en beneficio de los pobres, no solo asistencialistas, sino también estructurales; y su gobierno maneja bien la economía en concertación con los empresarios.

La prensa opositora exagera en los temas políticos porque está parcializada, aunque el Gobierno a veces ha sido autoritario irrespetando la institucionalidad. También hemos visto algunas acciones represivas contra ciertas protestas, aunque no contra la mayoría de ellas. Pero no veo tiranía en un país donde existe libertad de prensa y demás libertades públicas, no hay perseguidos ni presos políticos ni exiliados; Daniel Ortega tiene un 77.7% de opinión positiva y el pueblo mayoritariamente respalda al Gobierno. Recientemente unos policías sin autorización superior reprimieron una manifestación con balas verdaderas (algo excepcional), resultando un muerto y algunos heridos. Los expolicías están siendo procesados por homicidio y otros delitos, lo cual no sucedería si tuviéramos dictadura. Objetivamente, debo reconocer que Daniel Ortega está gobernando bien en casi todos los aspectos; pero hay deficiencias que superar y deben resolverse importantes temas institucionales, preferiblemente recurriendo al diálogo y la concertación patriótica, buscando mejorar nuestra todavía inmadura democracia.

 

*Abogado, periodista y escritor.

www.adolfomirandasaenz.blogspot.com