•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • elnuevodiario.com.ni

Los misterios de la fe están por encima de la razón, no en contra del conocimiento. Son incomprensibles para nuestra inteligencia y sentidos. En nuestra bóveda craneal solo cabe una masa encefálica reducida por arcanos infinitos, deseando vaciar el mar en un agujero de playa arenosa, opacado por la ignorancia espiritual de cierto medieval santo católico.

La fe es ciega, creer o no creer es el dilema de los suspicaces. La certeza del creyente no se balancea en truncadas ramas de un árbol evolutivo que explora nuestros orígenes, ni hilvana fragmentadas teorías que nos trasladan hacia un animalismo sordo atestado de fósiles primates. Tampoco es la fe del ateo represor comunista cuya doble moral --a escondidas-- lo hicieron protegerse del rencor de “los de abajo” y de la paranoia de “los de arriba” buscando babalaos o hechicerías porque “no creen en Dios pero le tienen mucho miedo”.

Una convicción fiel no está determinada por impulsos primigenios que denotan aceptar la posibilidad de error en creencias propias al desaparecer la verdad en las ajenas. Las pruebas de fe en Dios no desaparecen por cambios de opinión seculares ni científicos. Dios no se esfuma al caducar principios de ciencia que son desalojados por nuevas teorías. Las nociones infinitas de multiversos replicándose en una eternidad burbujeante solo lo defienden. Reafirman su evidencia.

Creer en Él no es una realidad simulada ni copia exacta de otro escenario. No es teogonía naturalista generadora del desarrollo divino y constante del mundo físico. No es vivir en la recreación de aquella realidad científica decadente entre un aquí y más allá de nebulosas de interminable especulación. Va más lejos de esa cifra jactanciosa del Big Bang: 13,700 millones. Emitiendo trémulos brillos galácticos cuya luz no ha tenido tiempo de alcanzar nuestras pupilas.

El diámetro de nuestra fe no se mide en sofisticados laboratorios de física cuántica colisionando en superficies de titanio donde haces de electrones se desintegran en fugaces nanosegundos y descifrados quarks. Sin dimensión molecular ni atómica. Ni aguarda ser descubierta en algún incógnito gen inmerso en la materia oscura de nuestro genoma.

Esa fe no navega ni reside en un amasijo de complejas uniones neurosinápticas evocadas por marañas de estímulos cerebrales. No se cobija en el culto masivo a la personalidad de un líder político. No es hueco mensaje de polvo estelar que arrastra el viento solsticial.

No se desgasta en vanas disertaciones filosóficas de un existencialismo nihilista, oscurecido por las circunstancias del cotidiano vivir que hunde en incierta depresión a hombre y mujer prometiéndoles un vacío humanístico. No se complica elucubrando si primero fue ¿el huevo o la gallina? Porque no niega los fundamentos de su eternidad que brotan como ríos de agua viva en nuestro espíritu, desvaneciendo dudas bizantinas.

Ni siquiera esquiva la materia que rechaza su origen perpetuo por amor de su nombre, del cual deriva su presencia. Ni habita en suntuosos templos o imágenes de mudas esculturas. No proviene de leyendas populares como la carreta náhuatl o excéntricas ceguas. Supera todo intelecto. Tal fe solo está en el camino recto de su Palabra que no se extinguirá como los cielos y la Tierra. Por eso, mi fe no es tu razón.

 

* Médico cirujano.