Augusto Zamora R.*
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Una película debe ser, sobre todo, divertimento, pero también cultura, conocimiento de otros pueblos, forma de aproximarnos a esos países que la geografía ha situado lejos de nosotros.

Desde sus inicios como industria, se hizo evidente que el cine era, también, un poderoso medio de propaganda. Un extraordinario instrumento para divulgar, sin decirlo, ideas e ideologías.

En EE.UU., el cine es niño mimado del stablishment. La consigna era —es— que la industria cinematográfica debía ser punta de lanza del “modo de vida estadounidense”. Ariete en la batalla ideológica mundial. Durante las guerras, el cine ha estado al servicio del Pentágono y la CIA.

La Alemania nazi fue la que más hábilmente aprovechó el poder ideologizante del cine. Dos nombres destacan, Joseph Goebbels, ministro de Propaganda, y Leni Riefenstahl, quizás la mejor cineasta del género propagandístico de todos los tiempos. Sus filmes “La victoria de la fe” (1933) y “El triunfo de la voluntad” (1935) siguen siendo referencias del cine de propaganda.

No obstante, fue el soviético Sergei Eisenstein, uno de los más grandes genios de cine de la historia, quien elevó el género a auténtico arte. “La huelga” (1924), “El acorazado Potemkin” (1925) y “Octubre” (1928) constituyen hoy filmes de culto y objeto de estudio en las escuelas.

El cine es cultura, debate de ideas, arte… Vivir condenados a ver solo cine estadounidense es condenarnos a la ceguera. El mundo lo forman 202 países. Aquí parece existir solo uno.

 

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