Jorge Eduardo Arellano
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Votar en la casilla uno o por ninguno, que es lo mismo que anular el voto, es la gran disyuntiva de la izquierda en Nicaragua en noviembre próximo.

Votar nulo es ponerle en bandeja de plata la silla edilicia al matrimonio dictatorial, no cabe duda alguna, pues bien sabida es la férrea disciplina de los fieles seguidores de Daniel Ortega. Éstos, indudablemente desde días previos a las elecciones, si fuese menester, se apostarían ante las urnas para ejercer su derecho al voto. Sabemos igual que la disciplina de los votantes de los denominados partidos de la derecha o sin partido o indecisos no es muy destacada que digamos, más aun si se echa a andar el rumor de disturbios el día de las elecciones para sembrar el miedo, a más de uno se le puede ocurrir refugiarse en las alejadas playas de nuestro pacífico mar o tras sus amuralladas viviendas. En este contexto la mayoría de los votantes serían los danielistas y, si la izquierda, en la que incluyo a la disidencia sandinista votase nulo, a quien estarían apoyando de manera ingenua o deliberada, me reservo el derecho a la duda, es al candidato de Daniel Ortega y Rosario Murillo, y con ello a la instauración y consolidación de la dictadura orteguista, a quienes por sus hechos ya conocemos.

Optar por el voto útil, es decir, votar por el único candidato con altas posibilidades de torcerle el músculo electoral al envalentonado Daniel Ortega, parece ser que está ganado más adeptos en el electorado que lo que pudieron haber previsto la jefa de campaña y sus asesores, indudablemente aquí hubo un error de cálculo.

Algunos compañeros ya expresaron su desacuerdo --y hasta tristeza-- con el respaldo que la dirigencia del MRS ha hecho para con la candidatura de Eduardo Montealegre, argumentando entre otras cosas que con ello se le está trasmitiendo a la juventud que no hay más maneras de hacer política que la tradicional, que esto en la práctica constituye una alianza con los enemigos históricos de la izquierda. Que pena ver a Hugo Torres abrazándose con Enrique Quiñónez; otros han expresado que no se vale sustraerle al electorado su voto por autoridades edilicias y traspasársela a un voto de censura en contra de Ortega. En otras circunstancias estos argumentos podrían ser válidos, pero este prurito político en las actuales circunstancias nos puede conducir de manera peligrosísima al fortalecimiento de las voraces y nunca saciadas ni bien ponderadas ansias de poder del ya experimentado y actual presidente de la República.

Lo ideal en un sistema democrático es que se hubiese contado con otra u otras opciones para el sufragio electoral, pero como “no hay que llorar lágrimas frescas sobre la leche derramada”, al parecer el único camino al que condujo el despótico gobierno de Daniel Ortega es a que la oposición, izquierda incluida, cierre filas en contra del proyecto de entronización en el poder que se nos vendría encima de ganar éste la mayoría de las Alcaldías, con especial énfasis la plaza de Managua.

La dispersión de la oposición al danielismo en las elecciones recién pasadas fue lo que le permitió a Daniel Ortega llegar a ser presidente, y es esta dispersión o bien la unión de todos los que rechazan el proyecto dictatorial de la pareja presidencial la que decidirá el resultado en las urnas electorales e incidirá de manera decisiva, para bien o para mal, en el futuro de nuestra nación y sus nacionales.