•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • elnuevodiario.com.ni

Ernest Bloch insistió en llamar “la simultaneidad de lo no simultáneo”, no solo a la superposición de diversos pasados, sino a una superposición de las diferentes tendencias del presente. Esos rezagos de épocas pasadas o esa superposición de tiempos diversos aparecen analizados a través de la obra ensayística de Octavio Paz.

“Las épocas viejas nunca desaparecen completamente y todas las heridas, aun las más antiguas, manan sangre todavía. A veces, como las pirámides precortesanas que ocultan casi siempre otra, en una sola ciudad o en una sola alma se mezclan y superponen nociones y sensibilidades enemigas o distantes”.

Estas heridas, en palabras de Fernando Braudel, son el pasado que no se ha rescindido, y que combinan más con el sentimiento conservador del siglo XIX. En México, y por ende en América Latina, esta simultaneidad y remanencia del pasado se presenta de diversas formas. En el arte, según Paz, como postmoderna, y desde el punto de vista político, social y moral como post-ideológica.

La superposición de diversos pasados, problemas irresueltos y superpuestos, es lo que produce la violencia. La expresión máxima de esta violencia la encuentra Octavio Paz plasmada en la masacre de octubre del 68 en la plaza llamada Tlatelolco. Esta masacre, según Paz, fue más bien un rito, un sacrificio, en el que la huella del pasado retorna cíclicamente.

En el pasado azteca y sus densos símbolos está cifrada la historia verdadera del mexicano: lo que sucede, el suceder visible; por ejemplo: esos 325 muertos, miles de heridos y encarcelados, son apenas una sombra sin vida de lo que se oculta en el fondo.

Según Paz, el mundo azteca fue una de las aberraciones de la historia, y esa masacre “es el fruto de un sistema de implacable e impecable coherencia, un irrefutable silogismo”.

A través de la identidad del ser mexicano, que Paz define como alguien “que busca su estirpe, sus orígenes” y al mismo tiempo no se arriesga a “ser él mismo”, el mexicano busca esa diversidad de pasados que viven en el presente. En un esfuerzo por definir al mexicano, trata de desenmascarar la identidad que oculta, captar su modo particular de ser, manifestarse, sentir y vivir, a través de la comparación de México con los Estados Unidos.

En el pachuco (una especie de punk mexicano que habitaba en los EE.UU. de los cincuenta y que representaba rebeldía y desadaptación) Octavio Paz encuentra esa máscara dolorosa y exhibicionista del mexicano que vive de los sentimientos más encontrados, en un viacrucis vital efusivo, amargo, exasperado, en el que al final de su camino se topa con el calvario de su propia soledad.

El pachuco es, pues, la manifestación explosiva de los elementos que definen la identidad mexicana: reservado, violento, ensimismado y solitario. “Y nuestra soledad aumenta porque no buscamos a nuestros compatriotas, sea por temor a contemplarnos en ellos, sea por un penoso sentimiento defensivo de nuestra intimidad”.

Esa obsesión de Octavio Paz por descifrar la realidad “invisible” de México a través del ser mexicano lo llevará al deseo de hallar excepcionalmente hechos sin antecedentes, encontrar en cada fenómeno político, social o cultural, su lado singular.

Por eso para Paz la historia se encuentra entre la poesía y la ciencia. El poeta, para Paz, aspira a una imagen única que resuelva en su unidad y singularidad la riqueza plural del mundo; por eso lo que escribe el poeta es al mismo tiempo singular y universal. Contrariamente, el científico reduce los individuos a seres, los cambios a tendencias y las tendencias a leyes.

Para Octavio Paz el reino del historiador son los casos particulares y los hechos irrepetibles. La historia no inventa ni explora mundos; reconstruye, rehace el pasado. Su saber no es saber más allá de ella misma, es rigor empírico y simpatía; estética, piedad e ironía. Más que un saber, para Octavio Paz, la historia constituye una sabiduría, y su concepción, según Álvaro Urtecho, es circular: “sus temas, decisiones y problemas giran en espiral, aparecen y desaparecen en una saludable dialéctica de conjunciones y disyunciones, como signos en rotación”.

 

*Historiador.