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Evidentemente el presidente Daniel Ortega ejerce mucho poder porque tiene gran influencia en la CSJ y en el CSE, y una Asamblea Nacional con mayoría de diputados de su partido. Sin embargo, resulta interesante saber que todos los actuales magistrados, contralores y otros funcionarios no fueron elegidos durante su gobierno sino durante nuestros gobiernos liberales y con los votos de nuestros diputados liberales que eran la mayoría, años antes de que fuera presidente en 2007. Posteriormente, de 2007 a 2012, Daniel Ortega gobernó con una Asamblea Nacional también de mayoría liberal: sandinistas: 38, no sandinistas: 54 (PLC: 25, ALN: 23, otros: 6). Una mayoría liberal cómoda y ventajosa para reelegir o sustituir unos treinta cargos cuyos períodos fueron venciéndose en ese tiempo. ¿Por qué no lo hicieron?

En 2008 los dirigentes opositores acordaron en dos reuniones (Metrocentro 1 y 2) no dialogar con la minoría sandinista para concertar la elección de magistrados u otros funcionarios con cargos vencidos. Quienes lo hicieran serían calificados de “pactistas”. De esa manera, siendo la mayoría parlamentaria, “se ataron las manos”. Actuaron así por el divisionismo y la desconfianza entre ellos. Al no elegir los cargos vencidos, se crearía un vacío institucional caótico para el país sin CSJ, sin CSE, sin contralores, etc. De allí que, para evitarlo, el Gobierno —legal o ilegalmente— mantuviese en sus cargos a los funcionarios hasta que se elijan sus sustitutos.

Daniel Ortega ganó en 2007 porque los liberales fuimos divididos en dos mitades. En el 2012 fuimos más divididos aún, pero además el pueblo nos pasó la cuenta y los sandinistas ganaron obteniendo la mayoría de diputados (con fraude o sin fraude, el resultado hubiera sido similar, ¡seamos sinceros!). Hoy Daniel Ortega gobierna con la CSJ, el CSE, contralores y demás funcionarios que están en esos cargos porque la oposición no quiso en su momento elegir a otros y con una Asamblea mayoritariamente sandinista por el actuar de una oposición dividida y errática.

Los dirigentes de la oposición (incluyendo analistas, periodistas y movimientos de la sociedad civil autodefinidos como antisandinistas) hoy protestan contra una concentración de poder en manos del presidente, en lo fundamental creada por ellos con sus actuaciones equivocadas. Sus tácticas hoy siguen siendo equivocadas, con acciones tales como querer atemorizar al pueblo especulando con teóricas amenazas por las reformas en el Ejército y la Policía, y sobredimensionando la autoridad del presidente como Jefe Supremo de las fuerzas armadas y del orden, autoridad normal en todas partes del mundo. Digo tácticas equivocadas porque las mayorías las rechazan. Al menos el 80% de ciudadanos —según encuestas— no ve ninguna dictadura y no cree en la oposición, mientras los sandinistas gozan de un fuerte apoyo popular. ¡Negarlo sería engañarnos a nosotros mismos!

Algunos opositores no aceptan las críticas y descalifican como traidores, oportunistas, etc., a quienes las hacemos con ánimo constructivo (naturalmente, ya conocemos la polarización, el fanatismo, la intolerancia de algunos que no soportan la objetividad ni la verdad). La división es el único error reconocido, aunque solo parcialmente, porque todos culpan a otros y nadie reconoce su propia culpa. Nicaragua necesita mejorar su democracia con un adecuado balance de poderes, pero el desbalance solo puede cambiar mediante una concertación política razonable. La oposición debería establecer una nueva estrategia de diálogo, concertando un CSE equilibrado y cuotas de poder realistas. O seguirá hundiéndose como hasta ahora en una confrontación ineficaz cosechando la impopularidad o la indiferencia de las mayorías, demostrada en encuestas, calles y votos.

 

*Abogado, periodista y escritor.

www.adolfomirandasáenz.blogspot.com