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La siguiente frase es de los tiempos de la primera guerra civil nicaragüense (Cerda-Argüello), una época que marcó la historia militar de la naciente Nicaragua; una historia que con matices diferentes se ha repetido en toda la vida republicana del país. Una especie de espiral en retorno, la cual —estamos seguros— ha llegado a su fin.

“Se enamoró mi hija de un leonés, pues que se case, al fin y al cabo este país tiene doscientos años de maldición, hoy gobierna mi familia, mañana gobernará la de mi futuro yerno, mejor que gobiernen las dos y tal vez así nos salvamos de estos dos siglos a los que estamos condenados”.

La misma pudo haber sido pronunciada en la frescura del trópico de una hacienda ganadera granadina o en el corredor de una casa solariega de León o frente al retumbar de las olas del Cocibolca en Rivas.

Simón Bolívar aparece en la historia de Nicaragua poco después de la independencia de Centroamérica, en la persona del militar guayaquileño Juan Francisco Casanova, quien con su prestancia personal e inteligencia natural hizo gala de su apellido ante las damas de la sociedad nicaragüense.

A pesar de su juventud, era un militar graduado con amplia experiencia, sobreviviente a toda la campaña de Independencia, incluso a la batalla de Ayacucho. Fue escogido por Bolívar para traer a Centroamérica —bajo el manto de la masonería— los frescos ideales bolivarianos de la Gran Colombia, que buscaban —como hoy— el sueño de una unidad latinoamericana.

Casanova, considerado por algunos historiadores como el primer militar de carrera en Nicaragua, pudo convertirse en el instructor y creador del ejército nicaragüense, misión truncada por una trama traicionera, montada por los eternos detractores del progreso.

Capturado en Masaya bajo engaños —al igual que Sandino—, fue llevado y fusilado en la plaza pública de villa de Nicaragua, hoy Rivas, lugar que lo había acogido como hijo. Sus restos fueron ocultos y todo vestigio de su legado, borrado de la historia. A lo sumo, aparece en versiones noveladas o en el único documento firmado por él en 1929, en un intento frustrado de terminar la guerra fratricida. Dato recogido en las biografías del historiador Jerónimo Pérez.

Contratado por Manuel de la Cerda, primer jefe de Estado de Nicaragua, pasó a ser el jefe del primer ejército netamente nicaragüense. De la Cerda se enfrentaba a su primo Juan Argüello, ambos representantes del poder criollo posindependencia, recién llegados del exilio, exrevoltosos de 1811 y posiblemente compañeros, en la cárcel de Cádiz, del prócer Francisco de Miranda, quien muriese en 1816, un año antes del masivo indulto que benefició a los condenados.

La historia de Casanova “es sumamente interesante por la fuerza dramática de una trama de violentas pasiones”, antes y después de su muerte, pero hoy cobra relevancia cuando se cuestiona el necesario fortalecimiento institucional del Ejército de Nicaragua por la vía de la reforma constitucional.

Nicaragua posee por primera vez en doscientos años un ejército nacional pacífico, que goza de aceptación generalizada. He escuchado de boca de jóvenes el deseo de pertenecer a él con una naturalidad que nos enorgullece a todos los que estuvimos ligados a las armas en un momento determinado. Unos por convicción, otros por obligación en cualquiera de los bandos o desde el exilio; somos parte de nuestra historia militar porque todos fuimos víctimas de un conflicto.

Cuánto cuesta la preparación de un militar de alto rango. ¿Por qué mandarlo a su casa a una edad temprana? ¿Cuánto pierde el Estado al negar la entrada a sus filas civiles la experiencia de un ciudadano disciplinado y formado con ética, tan necesaria en estos tiempos?

A propósito de la frase del inicio, he escuchado otras frases relacionadas con el tema: “—General en retiro, ¿por qué tan joven? ­—No, es que yo soy general conservador y el gobierno es liberal”. Una más reciente: “En diez años el primer cadete de la nueva academia fundada por doña Violeta será jefe de la Policía”.

Esta última, pronunciada desgraciadamente por un rivense, alto funcionario de gobiernos pasados. Rivense como lo fueron Francisco Casanova y sus descendientes, hermanos míos, Silvio y Luis Casanova Fuertes, fundadores del ejército actual e igualmente primeros instructores del mismo, caídos en combate en 1983, por defender las mismas ideas bolivarianas de su antecesor, hoy más vigentes que nunca.

 

*Catedrático en Derecho Internacional.