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“Si así fuere, ¡que la patria los premie o de lo contrario, que esta los juzgue!”, declamaba un orador durante la graduación de un grupo numeroso de egresados en Relaciones Internacionales el año pasado. Pero ¿por qué juzgar solo a los egresados?

¿Qué está sucediendo con la calidad de la enseñanza en esta carrera? ¿Es posible mejorar su calidad? ¿Por qué hay tantos desempleados graduados de ella? ¿Por qué muchos jóvenes que logran obtener un empleo no están dando la talla? Son preguntas de un nivel básico, parte de un problema muy arraigado en nuestra educación superior. Ni siquiera me refiero a la débil esperanza de ampliar el diminuto núcleo de expertos, que analicen, interpreten al sistema internacional y su complejidad, a la vez que discutan y aspiren a proponer acciones en nuestra política exterior.

Más de una decena de universidades ofertan la carrera de Relaciones Internacionales. Es una buena oportunidad lucrativa para el negocio empresarial en la educación superior. Desde las conocidas universidades de garaje, hasta aquellas con mayor inversión ofertan esta carrera.

¿Cómo hacen las universidades para mantenerse a flote con mensualidades de treinta dólares? ¿Puede este precio garantizar a los “estudiantes-clientes” una infraestructura adecuada, con medios de apoyo técnico? ¿Pueden tener una biblioteca con al menos cien obras entre las básicas y actualizadas al menos en español e inglés?

El costo de la matrícula y mensualidad oscila entre treinta y doscientos dólares. Lógicamente la calidad debe venir con el precio, pero en diversos casos esto no se cumple, pues hay universidades de bajo y alto costo cuyos pénsums son desfasados y sus bibliotecas carecen de la bibliografía elemental. Con esto deben lidiar los profesores, quienes reciben salarios entre 55 y 100 córdobas por hora-clase. Estos docentes trabajan de manera horaria y no tienen derecho a vacaciones, ni treceavo mes ni seguridad social.

¿Cómo hacen los docentes para impartir una materia que tiene por exigencia el seguimiento de la volátil situación internacional? ¿Con qué estímulo y ánimo llegan a dar sus clases? Con esa remuneración, ¿pueden nuestros docentes adquirir bibliografía costosa en varios idiomas y que en el país simplemente no se encuentra? ¿Quién debe proveer el material: el docente o la universidad?

No todas las universidades presentan estos problemas, pero eso lo saben los docentes y los alumnos, que han descubierto por dentro a su centro de estudios. Pero ¿cómo puede saber un padre de cualquier departamento del país que realmente la oferta no es competitiva?

El problema es muy serio y solo pocas universidades capacitan a su cuerpo docente, modernizan sus instalaciones y pénsums, y amplían las opciones en otras modalidades, que le permitan al alumno mayores oportunidades laborales. Otras se resisten al cambio y siguen impartiendo una carrera altamente costosa sin el menor esfuerzo.

El problema es mayor para los recién graduados. Ya la universidad no los necesita, si no es para invitarles a continuar la prolongación de su licenciatura a nivel de postgrado o maestría. Otros se frustran al no encontrar trabajo y sienten que, de encontrarlo, sus futuros jefes empleadores compararán su nivel de preparación ante otros.

La sociedad es un conjunto de actores diversos, que participan en la construcción de una nación, y las universidades juegan un enorme papel, que deben asumir a cabalidad. De lo contrario, que la misma sociedad las juzgue, y si esta no se da cuenta, por lo menos que sea por los propios egresados y docentes.

 

* MSc. Relacionista Internacional.