Jorge Eduardo Arellano
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El año próximo se celebran los 150 años de la publicación del libro “El origen de las especies”, de Charles Darwin. El jolgorio de los evolucionistas es infinito, al igual que infinita es la indignación de los creacionistas. El líder turco creacionista Harem Yahya, seudónimo de Adman Optar, ofrece 6,240 millones de dólares a quien le presente un fósil intermedio para demostrar la evolución. Pareciera que Oktar no viviera en este mundo. A la par de esta medida propagandística del señor Oktar, el gobierno turco suspendió el acceso a más de 850 páginas Web, entre ellas la del llamado “rotwailer” de Darwin, Richard Dawkins. El argumento de la falta de fósiles intermedios es anacrónico, pues basta entrar a Internet, donde se encuentran montones, o simplemente revisar los volúmenes de la revista “Nature”, la cual muestra con frecuencia fotos de fósiles intermedios. En estos momentos en la provincia argentina de Chubut descubrieron un “cementerio” de fósiles del Jurásico Medio, eslabón clave en la evolución de los mamíferos.

El debate de los “fósiles intermedios” es estéril, si se compara con las evidencias genéticas más pertinente aún que la ciencia ha descubierto. La película de Spielberg “Jurassic Park” fantasea, pues adolece de prueba científica, la noción de revivir ancestros evolutivos con el ADN que nos proporciona un mosquito atrapado en ámbar. Los científicos no avalan esta técnica porque la cantidad de mosquitos que se necesitarían para llegar a la “masa crítica” para reproducir ADN es muy grande. Sin embargo, el descubrimiento del “mapa genético” (genoma) tanto humano como de muchos animales, muestra la posibilidad técnica que no logra la película de Spielberg. Los seres vivos tienen genes desactivados de miembros y funciones que tuvieron en un tiempo muy remoto de la evolución. En laboratorios se han manipulado aves genéticamente, y han podido desarrollarles características diferentes, como una cola más grande, a las que tenían sus antepasados evolutivos. Otra prueba genética que hace irrelevante a los fósiles intermedios es la mutación que regularmente presentan algunos seres vivos. Algunos humanos en un porcentaje bajo, pero relevante, presentan “atavismos biológicos”, lo cual consiste en nacer con características físicas que delatan ancestros evolutivos. Hay muchos casos documentados de bebés que nacen con cola, igualmente la Hipertricosis congénita, (muchos bellos en zonas atípicas humanas), algunos evolucionistas lo ligan a prueba de la evolución. En síntesis, se puede concluir que al ser el genoma un “mapa arqueológico” de los ancestros evolutivos, los seres vivos a nivel genético somos “fósiles intermedios” demostrativos de la evolución.

Las nuevas ideas para contrarrestar la teoría de la evolución se quieren “vestir” de ciencia alternativa. Las ideas creacionistas sobre el “Diseño Inteligente” (DI) tienen una base ancestral en la metáfora de William Paley de hace más de cien años. El reloj necesitado de un diseñador de Paley es refrescado con ideas nuevas de los creacionistas actuales. Implícitamente se montan en la evolución, pero llegan hasta lo que ellos llaman “complejidad irreducible” para apelar a un ser diseñador.

Muchos creacionistas creen en los “años bíblicos” (no más de 10,000 años) y no en los años geológicos, como lo establecen los científicos. Dos visiones del tiempo diametralmente opuestas. En términos geológicos se habla de millones y no de miles de años. Pero sabemos que esta brecha del tiempo algunos religiosos la acomodan con la interpretación de la diferenciación de los años de Dios.

Los creacionistas presentan a los humanos como la “cúspide de la creación”, lo mejor de lo mejor, pues fue hecho a imagen y semejanza de Dios. En términos evolutivos los humanos somos los “nuevos vecinos” del barrio llamado tierra. Los humanos tenemos menos de 3.5 millones de años de residir en la tierra, mientras que las medusas y los tiburones, por ejemplo, tienen más de 450 millones de años de vivir en nuestro planeta. Los científicos evolucionistas cuestionan “el diseño inteligente” humano. La ciencia observa que el ser humano presenta un diseño deficiente. La parte que nos diferencia de otros mamíferos es la neocorteza cerebral. El resto del cerebro muchos neurólogos lo ligan a un cerebro de reptil. Nuestros sentidos no son los más afortunados de la naturaleza. No olvidemos que con los sentidos es que recabamos la información que nuestra neocorteza cerebral procesa. El sentido de la vista está gobernado por los ojos y éstos, según los científicos, presentan un mal diseño. Los reptiles y aves tienen diseñados mejor sus ojos que los humanos, por ejemplo, el búho no tiene porqué temer a la oscuridad. El oído humano está atrofiado según los estándares de otros seres vivos, el sonar de los tiburones y el de los murciélagos e inclusive el de los perros, está mejor dotado. Los demás sentidos humanos siguen el mismo patrón comparativo con otros animales. También las deficiencias como especie se manifiestan en las dificultades que tenemos los humanos para sobrevivir sin asistencia de nuestros progenitores.

Pero el aspecto más negativo de los humanos con respecto a otros seres de la naturaleza es que es la única especie que se mata a sí misma por causa de sus creencias, muchas de ellas “fosilizadas en el tiempo” y la tradición.

Pero no todo es negativo en la humanidad. Las deficiencias de diseño que presenta el humano, el humano mismo tiene la capacidad de superarlas (como la potencia de cálculo de las computadoras). Para los ojos, la ciencia inventó “anteojos”, para ver tanto en el espacio celeste con variados tipos de telescopios como distintas clases de microscopios para el microcosmo. La ciencia, por la capacidad extraordinaria de aprender, ha comprendido las deficiencias humanas y para cada una ha creado un paliativo apropiado, la tecnología de un cerebro diferenciado.

La ciencia ha abierto la visión de la humanidad y presenta realidades objetivas extraordinarias tan grandes, que el Dios bíblico se empequeñece ante su inventiva. Si creemos que a veces la fe “mueve montañas”, la ciencia hace de “mover montañas” una realidad cotidiana demostrable. Pero los objetivos de la ciencia no son metafísicos, sino prácticos. Pretende explicar los eventos de la naturaleza y dar solución a problemas humanos. Pero es justo reconocer que la ciencia en la historia ha sido manoseada, y muchas veces por los mismos grupos de poder que la adversan. Es nuestro temor: la ciencia en manos de grupos fundamentalistas. Este debate entre creacionistas y evolucionistas ha alejado las posibilidades de un entendimiento humano. La ciencia y la fe son difíciles de reconciliar. Para que exista una armonía entre ciencia y fe, es necesario primero que se reconcilien las distintas creencias del mundo, Lo cual es improbable, en vista que cada religión no sólo dice ser la verdadera sino que acusa a las otras de falsas. Un edicto de tolerancia religiosa global se presentaría como requisito previo a un entendimiento entre fe y ciencia.


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