Jorge Eduardo Arellano
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El lenguaje, dice Talleyrand, “le ha sido dado al hombre para ocultar el pensamiento”. Y el hablante nica es un especialista en disimular las ideas disfrazando las palabras y asignándoles otros significados. De tempranear, por ejemplo, un verbo que significa adelantarse a la ejecución de algo, ha ampliado el significado con otra acepción: “Antes de que el enemigo se defendiera, lo tempraneó”. Y parece que no quiebra un plato, porque antes de hacerse humo, se hace el chancho, el dundo, el sueco o el loco. O simplemente “se hace”, a secas.

Por eso dice Humboldt que “la lengua es el órgano creador del pensamiento”. Pensamos con palabras y a su vez nuestro pensamiento se refleja en las palabras. Expresiones como “me paso el día centaveando en el Mercado Oriental”, “estoy acabado y lleno de jaranas por todos lados”, “ya no se aguanta esta palmazón”, “no he podido encontrar pegue”, “cada día está más cara la jama”, “no he podido ganarme unos cuantos chambulines”, “no es fácil estar hambreado y en la perra calle”, “he vivido una vida en la pura lipidia”, etc., reflejan no solamente un elemento subjetivo, un estado de ánimo, sino un elemento objetivo, una determinada situación socioeconómica.

La palabra va íntimamente vinculada con nuestros juicios, valores, intereses. Dice Mario Urtecho en “Mitos” (END/02/08/07) que a Tacho hijo “varios cepillos --del montón que proliferan en todos los gobiernos-- lo llamaron Huracán de la Paz, título que más bien nos pareció un apodo propicio para la burla, la risa y la jodedera que nos agarra para ponerle al mal tiempo buena cara”.

O simplemente manifiesta la simpatía o el desagrado. Así, pegoste, mazate y garrapata son palabras que aluden a una persona cuya compañía resulta impertinente: “Es un pegoste insoportable”, “Ya me tiene de un bate este mazate”, “Una garrapata que no hallo cómo quitármela de encima”. En cambio, yunta y mancuerna son designaciones benévolas que nos recuerdan un compañerismo y una solidaridad, porque se refieren a esa misma compañía, con la diferencia de que puede contar con nuestra complacencia o nuestra complicidad: “Es mi yunta y no puedo dejarlo solo”, “Los dos son mancuerna y hasta estuvieron juntos en la cárcel”. Dice Edén Pastora (END/15/03/07): “¿Y el Vicepresidente Morales Carazo, qué pito juega en esta yunta?
Invisible, incoloro, insaboro. ¡Oh, mi hermano Jaime! No es el Jaime que yo conocí, cosas del tiempo, aunque se enoje la Lupita, con todo y el cariño que le tengo”.

Y es que designamos una misma realidad, pero con otras palabras y con matices diferentes, porque esa realidad la determinamos o condicionamos según nuestros juicios y sobre todo prejuicios. Cochón, por ejemplo, puede resultarle un poco incómodo al oído; por eso prefiere en muchos casos las palabras cocheche o cochonete: “Es un cocheche que goza de nuestra amistad”, decimos, como si no fuese merecedor de toda consideración. “Un cochonete de quien nadie quiere ser amigo”, sentencia otro, olvidando el respeto obligado por su condición humana. “Es una resbalosa”, decimos alegremente, porque agarramos carreta con ella, pero no paró bola a las empeñosas carreteadas.

Un güevón puede ser un tipo arrojado y valiente: “Es un tipo güevón, que no necesita carretilla porque él solo se echa los güevos a tuto”. O un holgazán: “Es un güevón de marca mayor que no hace nada, porque la alforja le pesa una tonelada”. De algo podemos decir que es pencón: “El trabajo te quedó pencón”, celebramos, o “Te quedó chanfaina”, condenamos. Porque una palabra basta para elogiar o descalificar: “Te felicito: redactaste una carta cachimbona”. “Más cachimbiado no podía haberte quedado el trabajo. Un verdadero pegoste”.

“La capacidad de liderazgo de su hijo --le decimos a alguien por pura pipencia-- lo convierten en un verdadero tayacán”. Y tal vez no es más que un culista, un pusilánime, a la hora de las decisiones administrativas. O al revés: “Es un jincalayegua”, sólo porque no aplaude nuestras barrabasadas o lo que es peor: andamos detrás del hueso pero no lo podemos desburrumbar.

Y así, con la fuerza de la palabra y el criterio de valor de nuestro juicio, podemos encarecer las virtudes o condenar los hechos. Una persona puede salir muy de mañana a peguear honradamente o a vinagrear con productos de dudoso origen. Puede ser que se faje mayoreando en el mercado para mantener a su familia o se arrecueste como un vivián acostumbrado a vivir sin brete. Una misma persona puede ser, según nuestro juicio, moridora, responsable y disciplinada en el trabajo, o arriada, que sólo vive de salón en salón y no trabaja. Una acción puede ser tan limpia y transparente como el agua de un crique sobre la montaña, o arrastrar la suciedad de un brujul que esconde el fraude y el engaño.


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