Jorge Eduardo Arellano
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Cuentan, a manera de chiste, que en cierta ocasión venía un productor esteliano a ofrecer sus productos a la ciudad de León. En la entrada de esta ciudad se rompió una de las llantas de su camión y se quedó anclado a la orilla de la carretera. Cuando buscó dónde reparar la llanta, le dieron un nombre: Cara de palo. El productor se rio del nombre, pero tuvo que buscarlo por necesidad. Cuando llegó al taller, preguntó: ¿se encuentra el señor rostro de madera? Todos se rieron de la ocurrencia, pero ninguno apareció. El ejemplo ilustra una realidad que llevamos en nuestra personalidad.

Ciertamente, el apodo, palabra que viene del latín appositum, aditamento, epíteto; de apponere, aplicar, añadir, es el nombre que suele aplicarse a determinadas personas tomándolo de sus defectos, virtudes o de alguna otra circunstancia. Llamado también alias, remoquete, mote o sinónimo, se constituye en un rasgo de la personalidad del individuo y en un elemento de su identidad. Algunas personas a quienes se les llama por su verdadero nombre no responden porque no se sienten identificados. Otros, como El cuervo, uno de mis alumnos, hacía mofa de su propio mote, diciéndose ¡cuec, cuec!, onomatopeya del ave que le gritaban sus compañeros.

El uso del apodo es tan antiguo que su origen debe buscarse entre los primeros pobladores. El nombre propio de cada individuo es a la vez un verdadero apodo, puesto que es un epíteto de sus defectos o virtudes externas e internas. Todas las naciones, las épocas, las culturas y las literaturas, han usado el apodo para designar castas y linajes de las personas. Pensemos en Adán, por ejemplo, cuyo nombre en hebreo significa varón o hijo de la tierra.

En la literatura bíblica abundan los apodos. Por ejemplo, Abraham significa padre de los creyentes; José, el que cree; Isaac, risa; Abircelech, hijo del rey; Moisés, salvado de las aguas; Cristo, ungido; Mesías, enviado; Jesús, salvador. Valioso sería encontrar el apodo de Magdalena, Juan, Pedro, Tomás, Esther, Abner, Noé, Jacob, Elías, David, etc.

En la literatura grecolatina la mayoría de nombres son apodos o epítetos que indican cualidades de los sujetos mencionados. Por ejemplo, Demóstenes significa vigor del pueblo; Aristóteles, excelente; Menandro, ira del hombre; Calístenes, vigor de lo bello; Anaxágoras, rey de las tribunas o del foro. Interesante sería descubrir el apodo de Homero, Dante, Virgilio, Eneida, Odiseo, Pitágoras, Venus, Triptolemo, Calíope, Eratos, Terpsícore, Leda, Telémaco, Penélope, Sófocles, Esquilo, Eurípides, Píndaro, Horacio, Belerofonte, etc.

El Cristianismo también conserva algunos nombres de la antigüedad hebraica, griega y latina, a los que se han agregado voces célticas, sajonas o lombardas y que se relacionan con el honor de sus altares. Por ejemplo, Jerónimo significa nombre sagrado; María, estrella de mar; Isidoro, don de igualdad; Leovigildo, héroe vigilante; Rodrigo, lobo audaz. Bueno sería descubrir los apodos de Miguel, Gabriel, Isabel, Carmen, Benita, Martha, Sigfrido, Rita, Guadalupe, Eulogio, etc.

El nombre de pila, entonces, es un apodo que refleja un rasgo de la personalidad. Por eso, desde la antigüedad, al nombre con que era conocido un personaje se le agregó un apodo que nada tenía que ver con el nombre o gentilicio que después originó el apellido. Así, algunos personajes toman su nombre de: a- una virtud o cualidad: Tolomeo Filopator, amador de su padre; Alfonso el Sabio; b- de la patria o región de su nacimiento: Hierón de Siracusa, Margarita de Borgoña; c- de una hazaña o proeza: León el iconoclasta, Jaime el Conquistador; d- de un defecto físico: Julio César (de la cesárea), Lázaro, el Mudo; e- del nombre de su estirpe: Faraones, Julianos.

El apodo o epíteto burlesco o denigrante tiene mucha presencia en nuestros días. En Nicaragua son muy conocidos los apodos de El Gordo Man, El Tamalón, El Bachi, El Gordo Diablo, El Ratón, El Feo, El Siete Puñales, El Churruco, Soborno, Cero a la Izquierda, El Infiltrado, etc. Otros reflejan una cualidad, como El General de Hombres Libres de Augusto C. Sandino y El poeta Niño de Rubén Darío. También, los hay para los países y ciudades: Nicaragua, tierra de lagos y volcanes, Nicas y Pinoleros; Costa Rica, la suiza centroamericana de los rottwailer, Ticos; Francia, la ciudad del amor; León, Ciudad Universitaria; Masaya, Ciudad de las Flores; Rivas, Ciudad de los Mangos; Chinandega, Ciudad de las Naranjas; Chichigalpa, la tierra del ron y del azúcar; Jinotega, Ciudad de las Brumas, Telica, Cuna de Miguel Larreynaga.

En Telica, mi tierra natal, existen muchos apodos o epítetos relacionados con las cualidades o defectos de las personas, cuyo fin persigue la denigración, la broma hiriente, algunas veces de origen desconocido. Veamos algunos:
Ramón Oviedo, Moncho Pistola (a su padre le gustaban las películas de vaqueros y él lo imitaba con una pistola de palo en el patio); Orlando Flores, El Chancho (su bisabuela tuvo doce hijos en un parto); Napoleón Sevilla, El Pollo (su abuela se dedica a la venta de sopas, especialmente la de pollo); Félix Pedro Duarte, El Venado (a su padre le gustaba cazar venados en la montaña y cuando regresaba a casa le preguntaban: ¿Y el venado?); Isidro Bordas, El Pajarito (se subía a comer los jocotes de la casa vecina).

Eduardo Canales, El Gavilán (de regreso a su casa y ya con sus tragos de guarón, gritaba: ¡cuídense mujeres que aquí va su gavilán!); Mario Montoya, Tambora (de pequeño tocaba un tamborcito que le hizo su padre, pero luego lo olvidó, pero ya grande, le creció la panza, por lo que la gente empezó a llamarlo tambora, relacionando el objeto con su barriga); Oscar Solís, El Plomudo (una vez contó el suceso que le ocurrió con una novia, en el cual se portó muy tímido y pesado); Manuel Mendoza, Conola (cada vez que se echaba sus tragos en la cantina de doña Bernarda Herrera o en cualquier otra, pasaba horas tras horas, poniendo música y bailando con la rokconola); José María Montoya, El Diablo (en Semana Santa se disfrazaba de diablo y asustaba a los chavalos en las calles el Sábado de Gloria de cada año); Vicente Castro, Cinco Pinos (por ser oriundo de Cinco Pinos, municipio de Chinandega).

Álvaro Parajón, El Guardia Boludo (es un agente de tránsito muy gordo y fuerte que camina despacio por su obesidad); Ernesto Escoto, Cara de papa (por su rostro con presencia de acné y barros, un tanto maltratado); Manuel de Jesús Arbizú, Peluquín (en su juventud poseía una cabellera frondosa, muy parecida a una peluca); Natividad Martínez, Ronrón (era un hombre con mucha picardía y siempre tenía un piropo a las damas, por lo que les ronroneaba al oído); José Venancio Reyes, El Perreño (hombre de carácter fuerte, consideraba que los perros eran los mejores amigos del hombre, por lo que se acompañaba de cinco perros).

Otros apodos son: Manuel Escoto Espinal, Chacanela; Francisco Toval, El Chocoy; Bayardo Chévez, Pelo de gallo; Ángela Membreño, Ángela Panda; José Estrada, El Ñato; Noel Mendoza, La Gata; Salvador Borda, El Burro; Ricardo Blandón, El Caballo; Néstor Sevilla, Mazamorra; Pedro José Chévez, Pescado; Luisa Mendoza, Catala, Porfirio Canales, Gallinita; Jerónimo Salmerón, Chombo Garrobo; Gilberto Andrés Carvajal, Pingo; Francisco Quezada, Morocho; Richard Gibourlet, La Muñeca; Ramón Munguía Díaz, Toño Pando; Justo Sáenz, Porrón; Félix Duarte Herrera, Chiltoma; Sara Escoto Urbina, Pelo de Maíz; Napoleón Mayorga, El Llantero; Natividad Mendoza, El Mecatero; Gustavo Durán, El Molinero; Gilberto Baca, Choreja; José Luis Delgado, Cascarita; Jorge Mendoza, Pachita; Hugo Gregorio Baca, Chupeta; Javier Ramírez, Patacón; Marcio Reyes, El Maestro Mono.

También los hay en familias enteras, tales como: los Figueroa, Los Zompopos; los Silva, Los Bueyones, los Corea Canales, Los Guachos; los Mendoza, Los Valedores; los Areas, Los Cucharas, los Juárez Figueroa, Los Titones; los Calvo, Los Pitos; los Moncada, Los Monoengancho; los Bolaños Montalván, Los Cerro Negro; los Hernández, Los Chenchos; los García Soza, Los Patos.

Además, se agregan otros como El Cumiche, Racumín, Triqui, Tomatina, Cominillo, Catabufa, El Chacho, Pizarrín, Calimán, El Turro, Carburo, Guarito, Chueño, Arandú.

En fin, pues, el apodo de una persona refleja rasgos de su personalidad, como cualidad para enaltecer sus hazañas o defecto para herir su autoestima. El mote viene a ser parte de su identidad, lo que lo identifica y lo distingue del resto de personas. El sobrenombre es un aditamento propio de la cultura de los pueblos y debemos conocerlo para conocernos. No es extraño que un día de estos me digan Colocho, Aldifonso o Peter, en virtud de mi nombre de pila, que al final es lo mismo.


pedroalfonso_13@ytahoo.es