Jorge Eduardo Arellano
  •  |
  •  |
  • END

Cuando era adolescente jugaba de portero de fútbol, pero como no era tan bueno, me fui a otro equipo de los que siempre luchaban por no descender de categoría. Era la emoción de la lucha de los que están abajo, no se podía comparar la de salvar la categoría con la de ganar un título. Mucho mejor lo nuestro. Pero el caso es que ese equipo entrenaba en uno de los barrios más peligrosos de mi pequeña ciudad. Uno de los defensas, durante los entrenamientos, recibía la visita inoportuna de un primito, que no tendría más de siete años, que siempre le traía un puñadito de algo envuelto en papel de plata. El defensa lo guardaba en su bolsa y seguía jugando. Un día, alguno del equipo me advirtió de que lo que el niño traía a su hermano era droga. Mandaba al pequeño a un expendio cercano y luego lo vendía, o la consumía. A mí me dejó pasmado la facilidad con la que se daba todo, especialmente, que los niños pudiesen comprar tan fácilmente, acceder a ella, como el que va a comprar el pan. La gente de mi generación, al menos, siempre hemos convivido con la droga. Amigos, familiares, conocidos, nosotros mismos, tarde o temprano, hemos tenido algún contacto. En las fiestas, en la discoteca, en la calle misma, ha estado ahí.

Cuando ya la droga entra hasta esos límites, es muy difícil controlarla desde arriba, porque cuando ya hace mucho que ha penetrado precisamente arriba. Hace poco un amigo que en algún momento estuvo involucrado en política me decía: “Mirá, lo único que no podés controlar a la hora de gobernar un país, es el narcotráfico”. Y mirando los casos de Colombia, o Perú, y Méjico, y por qué no decirlo, también Nicaragua, parece muy cierto. Sino, miren el imperio organizado por aquel Pablo Escobar y su muerte aparatosa, y la guerra que ha seguido en Colombia en gran parte sostenida por los intereses del narcotráfico. Sino, miren los terribles acontecimientos que se están produciendo en las fronteras de Méjico, los crímenes con componentes de crueldad y sacrificios rituales, descuartizamientos, asesinatos selectivos, abuso, violación y muerte de mujeres, amenazas, coimas, etc. Nicaragua y sus autoridades no pueden guardar silencio y mirar para otro lado porque los carteles más poderosos de Méjico, como el de Sinaloa, no sólo no están lejos del resto de Centroamérica, sino que guardan estrecha relación con Nicaragua. Somos un país puente, como el resto de Centroamérica, es cierto, pero un puente más importante como denotan los alijos cada vez mayores, los nombres de los narcotraficantes detenidos y liberados de manera sospechosa, las pistas de aterrizaje ilegales que se encuentran en muchos lugares del país, un puente que ha crecido y que juega un papel decisivo.

Las divisas que genera el dinero del narcotráfico irresistiblemente se filtran desde abajo hacia arriba, y con ello quiero decir, desde los pequeños narcotraficantes y a veces consumidores hasta los jueces, políticos, autoridades, convirtiéndose al final en una larga adicción, no sólo a la droga, sino al dinero que genera.

Para venir a decir esto haría falta saber los nombres de todos los involucrados, pero como eso es aún más difícil, sólo diremos que lo que está ocurriendo a los ojos de todos no sería posible si no hubiera esa cadena de corrupción por la cual la droga allana su camino hacia donde quiere llegar, no a Méjico, sino al mayor consumidor del planeta, Estados Unidos de Norteamérica, cuya perspectiva sobre las drogas y el nivel de consumo sigue permitiendo que ocurran estas cosas.

A ningún organismo internacional parece interesarle estudiar los casos de países en los que la ilegalización del consumo y hasta cierto punto de la comercialización de droga, como en el caso de Holanda, podría arrojar resultados muy interesantes. La plusvalía que genera el tráfico de drogas (el comercio más rentable el mundo junto al de las armas y la trata de blancas) se debe en parte a su prohibición, a que está al margen de la ley. En el centro penitenciario de mi ciudad, donde había por entonces, unos tres mil reclusos, el 80% de las condenas guardaban relación directa o indirecta con el tráfico o el consumo de drogas que les había llevado a cometer algún delito (robo o asesinato en la mayoría de los casos). Probablemente no existe una única solución al problema, pero se debe reconocer que las respuestas actuales a nivel internacional y local no están dando muchos resultados que digamos. La droga sigue fluyendo de sur a norte, de este a oeste, y se sigue consumiendo. En todos los lugares sabemos dónde se vende, de dónde viene y adónde va. Ni toda la Policía, ni los ejércitos, ni las fumigaciones sobre campos de cultivos ilícitos, ni las luchas a sangre y fuego en las calles de Méjico impedirán que siga existiendo este tráfico enormemente rentable para quienes ponen sus manos en él. Todo eso no es más que una mascarada de los gobiernos para decir “estamos haciendo algo” y poner en peligro la vida de algunas personas y familias de la Policía y del sistema judicial, a los que todavía no les ha llegado la hora de la duda entre guardar silencio y seguir viviendo.

Y como siempre ha estado ahí, pero nunca con el poder actual que ostenta en América Latina ni en Estados Unidos, es hora de que se estime un esfuerzo internacional, no manchado, dirigido a poner una raya en el tiempo y en la historia de la lucha contra el narcotráfico. Y lo primero es limpiar la casa por dentro, aunque sé muy bien que para ello haya que jugarse la vida. Ahí están las víctimas de Méjico, de Colombia, y también las que empiezan a aparecer en Nicaragua. Ahí están hasta los niños tan cerca de ella, tan fácil y tan cerca.


franciscosancho@hotmail.com