•  |
  •  |
  • END

El pasado 26 de octubre el doctor Rodolfo Sandino Argüello celebró sus ochenta años con una misa en la iglesia granadina de La Merced, a la que frecuentaba desde niño. “Rodolfito” --como se le llamaba para diferenciarlo de su progenitor-- era vecino de esa zona de la ciudad, donde residía el hogar de José Rodolfo Sandino Ubau (17 de febrero, 1893-20 de septiembre, 1958)y Emelina Argüello Bolaños (22 de junio, 1897-12 de enero, 1996). Su único hermano le acompañaba: el futuro médico especializado en oncología, René Sandino Argüello, (15 de octubre, 1930-5 de noviembre, 2005) y postgraduado en “Cultura y Amistad”, como lo llama Pablo Antonio Cuadra en la presentación de su libro Granada la desgranada, Historia-Poesía-Imágenes (2004) que lo reveló como el entusiasta granadinista que fue.

Su padre, José Rodolfo, era el undécimo de los catorce hijos legítimos de don Manuel del Rosario Sandino Fajardo (1834-26 de noviembre, 1918) --hijo de Manuel Sandino Cerda, establecido en Rivas, de padres colombianos y de Bárbara Fajardo-- con doña María Tomasa Ubau Argüello (hija de José Ubau y Santos Argüello Chamorro; y a su vez nieta del Vicejefe y luego Jefe del Estado, Juan Argüello). Aparte de sus trece hermanos de padre y madre, entre ellos mi abuelo materno don Leopoldo Sandino Ubau, José Rodolfo tuvo otros tres hermanos, todos reconocidos y no menos importantes: Salvador, José León y José del Carmen Sandino.

El abuelo de los Sandino Argüello, don Manuel Sandino Fajardo (bisabuelo materno del suscrito) fue alcalde de Granada en 1882, cuando dejó un informe de su administración progresista; y luego Procurador de Justicia por muchos años y uno de los benefactores de la Parroquia o Catedral de Granada. Por eso lo enterraron, junto a la primera columna derecha, dentro del presbiterio. Una placa señala el sitio y la fecha de su fallecimiento. Tenía al morir 84 años. Don Manuel había sido hombre de dinero, dueño de varias fincas: “Mecatepe”, “El Menco”, “La Punta”. Sus hijos que no fueron a estudiar a los Estados Unidos se quedaron en Granada viendo las propiedades, entre ellos José Rodolfo Sandino Ubau, administrando fincas ajenas. También fue uno de los más progresistas alcaldes de la ciudad durante el siglo XX. Así lo revela su informe de 1955-59: el más extenso e ilustrado en su género.

De esta estirpe de honestos servidores locales y abogados (como sus tíos Gustavo Adolfo Argüello, Salvador y Justo Sandino García, abuelo del doctor Guillermo Vargas Sandino) desciende el doctor Rodolfo Sandino Argüello, recientemente incorporado a la Academia Nicaragüense de la Lengua y hace dos años a la de Geografía e Historia de Nicaragua. En ambos casos como miembro honorario y en reconocimiento a su trayectoria como ciudadano y profesional ejemplar, proyectado en la docencia y dirección de la Facultad de Derecho en la UCA (de la que fue decano en dos períodos), en la Corte Suprema de Justicia, de la que fue Magistrado, y en la autoría de obras sobre su especialidad: el Derecho del Trabajo.

Su versación en esta disciplina, reconocida internacionalmente (acaba de asistir a un encuentro en Panamá), la inició con su tesis de egresado de la Facultad de Derecho de la Universidad de Oriente y Mediodía: Ideas para el Derecho del Trabajo (Granada, Imprenta “El Correo”, 1951). Pero su examen público (ya que ese año dicho centro de estudios fue clausurado por la estructura gobernante) lo sostuvo en León. La Universidad de esa ciudad aun no era autónoma. Desde luego, lo aprobaron por unanimidad, siendo el primer granadino estudiado en Granada que se recibió en León.

En sus palabras del 5 de septiembre, al ingresar a la Academia de la Lengua en Granada con José Joaquín Quadra Cardenal, el doctor Sandino Argüello evocó el estudio a fondo del Derecho en la Universidad de Oriente y Mediodía, donde se formaba al estudiante en los valores humanos, lo que se ha ido perdiendo en estos tiempos cuando se ha sacrificado la calidad por la cantidad, la política casi se ha reducido a prebendaria y se ha politizado partidariamente la Justicia.

Pero yo quisiera en este perfil develar su faceta literaria. Sandino Argüello me precedió en una tarea de rescate histórico-literaria el año de mi nacimiento: la primera aproximación crítica al Movimiento Nicaragüense de Vanguardia: “El Vanguardismo y la poesía actual”, trabajo inédito de 60 páginas mecanografiadas que presentó como tesis de bachillerato, dirigido por su profesor Ángel Martínez Baigorri y que obtuvo el premio ECCA (Exalumnos del Colegio Centroamérica en 1946).

Fue poeta también en su juventud. Y de alguna calidad perdurable. Basta recordar que figura con media docena de poemas en la antología Nueva Poesía Nicaragüense (Madrid, Seminario de Problemas Americanos, 1949), seleccionada por Orlando Cuadra Downing y con prólogo de Ernesto Cardenal; y, sobre todo, su poemario Muriendo abril (Granada, Imprenta Granada, 1954) bajo el cuido editorial de Ernesto Mejía Sánchez. Una revaloración merece Muriendo abril, que consta de 25 textos, sobresaliendo su ya exteriorista (o sea conversacional y objetivo) “Poema en dos medias lenguas”, de motivo neoyorquino, del cual citaré este fragmento:
“Viajero, hombre o mujer, mira:/los caminos subterráneos/y la gente interminablemente caminando:/vuelve al Central Park y al Rockefeller Center,/a la Calle Cuarenta y dos y otra vez al Times Square:/un canario inacable y todo, todo,/ágilmente raro, rarísimo, rarísimo.//Gentes de desconocidos vestidos,/vuelven las niñas de toda clase,/“Drinks” de todos los sabores y especies;/mujeres, mujeres feas, bonitas y bellas,/de todas las nacionalidades de la tierra;/francesas, italianas, húngaras, hindúes;/ninguna igual a mi gran amiga austriaca,/aquella infatigable bebedora de champán/que sonreía con un cigarro en la boca….”

Pero su mayor ejecución es la docena “Yo canto a las niñas en todas partes/Poemas con un coloquio final”. Ambos no desmerecen ser incluidas en una antología general de nuestra poesía contemporánea. Con precisión paralelística, el poeta ventiañero que era entonces planteaba:
“Niñas,/vamos a jugar rayuela,/miedo de voz que hiela.//Morena,/ yo quiero decirte eso/del mal y sol travieso,/yo quiero decirte eso.//Rubia,/celeste de calcetines,/alma de verde y blanco.//Niñas:/jueguen rayuela conmigo./Yo quiero jugar rayuela”.

El blanco --vale advertirlo-- era su color preferido, como lo demuestra significativamente un breve poema en hexasílabos que su autor ha olvidado y no encuentra en sus papeles, pero que se publicó en el diario Flecha a finales de los años 40 y un amigo generacional, hoy colega suyo en nuestra Academia, Guillermo Rothschuh Tablada, lo leyó para no olvidarlo. Su título es “Eucaristía” y dice: “Era una mañana/vestida de blanco,/vestida de blanco/la niña salió///a la blanca calle,/a comer pan blanco/que contiene a Dios.//Veintisiete lirios/la niña llevó,/veintisiete rosas/encendidas todas/del más blanco amor./Era una mañana/vestida de blanco,/vestida de blanco,/van la niña y Dios”.

Era, pues, un crítico y un poeta auténtico. Más aun: hizo correcciones en 1966 a mi primera monografía: la consagrada al cantor de la Guerra Nacional, Juan Iribarren (1827-1874). Desde entonces nos une una amistad intelectual, aparte del afectivo parentesco consanguíneo: primo hermano de mi madre y, por tanto, tío en segundo grado. ¡En hora buena, Rodolfito!

jarellano@bcn.gob.ni